Capítulo 132
132. Sentimientos que no pude expresar
10.01.2024.
—¿He hecho algo mal? Si cometí algún error, lo corregiré.
Ante la pregunta de Bleier, quien desconocía las circunstancias, Herdin soltó una risa amarga, incapaz de responder.
El error no era de ella, sino suyo.
El pecado de haberla amado y el pecado de haberla arrastrado al abismo de la magia negra.
—Si pasa algo, por favor, dígamelo con sinceridad. Soy su esposa.
Bleier preguntó con desesperación, con los ojos al borde del llanto. Sin embargo, incluso esa imagen resultaba tan adorable que, paradójicamente, no podía revelarle la verdad.
No podía permitir que ella temblara de ansiedad al saber que podría verse envuelta en su pérdida de control.
—No pasa nada.
Herdin respondió mientras acunaba sus mejillas. Luego, inclinó el rostro hacia ella como si fuera a besarla, manteniendo el contacto visual.
En esos adorables ojos violetas, como siempre, se reflejaba su propia imagen.
«Definitivamente te salvaré. Resolveré todos los problemas y volveré a tu lado».
—Todo saldrá bien.
Eran palabras dirigidas a ella, pero al mismo tiempo, constituían una promesa que se hacía a sí mismo.
Herdin besó sus labios, evitando la mirada de ella que anhelaba una respuesta. En ese instante, el dulce aroma corporal de la mujer lo envolvió, fundiéndose con los efectos del alcohol.
Su deseo, que había anhelado aquel calor y fragancia durante mucho tiempo, se encendió irremediablemente con un solo beso.
Arrastrado por sus emociones, Herdin abrazó apresuradamente a Bleier sin siquiera quitarse la ropa.
Bleier, que tuvo que aceptarlo antes de que su cuerpo estuviera preparado, se aferró a Herdin a pesar de sentirse abrumada.
Aquel pequeño calor, aquel gesto de anhelarlo tan fervientemente como él a ella, lo estaba volviendo loco.
Tras alcanzar el clímax, Herdin recuperó la razón tardíamente e intentó alejarse, pero Bleier lo retuvo. Ella lo rodeó por la espalda con sus delgados brazos y lo besó.
Ante la acción desesperada de ella por retenerlo a toda costa, la poca lucidez que había recuperado se quebró por completo.
Herdin poseyó a Bleier durante toda la noche.
Dejó sus huellas en cada rincón de aquella piel blanca y llenó su interior con su calor incesantemente. Una y otra vez, con obsesión, como si estuviera grabando la imagen de ella en sus recuerdos.
Aun sabiendo que ella correría peligro si él estaba a su lado, aun sabiendo que debía apartarla de sí una vez terminada la noche, en ese momento fue incapaz de detenerse.
Recuperó la consciencia a la madrugada del día siguiente, al despertar.
Al ver a Bleier dormida en sus brazos, Herdin se arrepintió de sus impulsos de la noche anterior.
Hasta que este problema se resolviera, tendría que mantener la distancia con Bleier y, como no podía explicarle el motivo, no debería haberse dejado llevar así por las emociones.
Sin embargo, mientras pensaba eso, le resultaba ridículo darse cuenta de que no quería separarse de ella.
Tras recomponerse a duras penas, Herdin se levantó antes de que Bleier despertara. Sentía que, si ella abría los ojos y lo miraba, podría actuar como un loco y querer quedarse a su lado.
Pero en el instante en que se levantó, Bleier abrió los ojos. Mientras Herdin se quedaba paralizado al hacer contacto visual con ella, Bleier parpadeó para espantar el sueño, tomó su mano y preguntó:
—… ¿Hoy también estará muy ocupado?
Como Herdin no respondía, Bleier apoyó su rostro en la mano que sostenía y preguntó de forma más directa:
—Si no está ocupado, ¿no podría quedarse conmigo un poco más?
Aquellos ojos que suplicaban su amor y el calor de la mano que lo retenía desesperadamente por miedo a que se marchara, lo entristecieron.
Herdin tragó sus emociones a duras penas y retiró la mano que ella sujetaba. Luego, cubrió con la manta los frágiles hombros de ella que habían quedado expuestos y dijo con una voz que fingía indiferencia:
—Siga durmiendo un poco más.
En el momento en que se dio la vuelta, aquellos ojos que temblaban lastimosamente quedaron grabados como una imagen residual en su pecho durante mucho tiempo.
Después de aquello, Herdin volvió a distanciarse de Bleier y buscó información más precisa sobre la magia negra, movido únicamente por la determinación de recuperar la vida cotidiana junto a ella.
Sin embargo, solo logró averiguar la información básica de que para anularla debía matar al lanzador del hechizo. No descubrió otro método ni logró localizar al responsable de la magia negra. Además, empezó a tener pesadillas incluso cuando Bleier no estaba a su lado.
Así pasó el tiempo y, al no haber avances durante mucho tiempo, la promesa de resolver el problema y volver al lado de ella empezó a tambalearse.
Fue entonces cuando Herdin dudó por primera vez de su elección.
«¿Habría sido mejor decirle la verdad y dejarla ir?».
Entonces, un día, Mason lo buscó apresuradamente y le dio una noticia inesperada.
—Excelencia, la señora… se ha desmayado.
Dijeron que Bleier se había desvanecido mientras intentaba someterse a una sesión de hipnosis tras llamar a un hipnotizador.
Cuando Herdin acudió inmediatamente a verla, afortunadamente Bleier ya había recuperado el conocimiento. Sin embargo, el rostro de ella mostraba una clara expresión de desconcierto tras escuchar al médico jefe.
«¿Será alguna enfermedad grave?».
En el momento en que su corazón se hundió por un mal presagio, el médico habló con voz muy emocionada:
—Felicidades, excelencia. La señora está embarazada.
El médico se retiró discretamente para darles privacidad en su momento de alegría, dejando a los dos solos en la habitación.
Tras recibir la noticia inesperada, Herdin miró atónito a Bleier y al vientre de ella, donde aún no se notaba nada.
En el vientre de ella crecía un niño que se parecería a ambos.
Al pasar tantas noches con ella, había pensado vagamente que en un futuro cercano serían padres. Y no dudaba que ese niño, parecido a los dos, los haría aún más felices.
Pero a pesar de recibir la noticia que esperaba, no podía alegrarse plenamente.
¿Por qué precisamente ahora?
¿Por qué ahora, cuando ni siquiera puedo estar a tu lado?
A pesar de ser una situación para alegrarse, la preocupación llegó primero. Predominó la ansiedad de que quizás este niño también tuviera que sufrir un destino tan terrible como el suyo.
Al mismo tiempo, sintió una ira creciente ante la impotencia de su situación y el hecho de que ella, no estando sola en su cuerpo, hubiera intentado la hipnosis. Esa rabia que no pudo reprimir terminó explotando en la dirección equivocada.
—¿Por qué demonios intentó la hipnosis?
Bleier, que iba a hablar primero sobre el bebé, se desconcertó por el tono cortante de él y respondió como justificándose:
—Sé que está investigando la verdad sobre el incendio del palacio de la emperatriz de hace diez años. Yo quería ayudarlo…
Al escuchar las palabras de Bleier, Herdin sonrió amargamente.
Parecía que alguien le había contado a ella que él estaba investigando el incendio del palacio.
Probablemente, al escuchar eso, ella intentó forzar recuerdos que le resultaban aterrorizantes.
Pensando que así calmaría el corazón de él. Porque quería retener desesperadamente su afecto, que se alejaba.
Al imaginar con qué sentimiento ella había intentado la hipnosis, se le hizo un nudo en la garganta.
Más que el hecho de que ella supiera que él investigaba el incidente del palacio, predominó en él la idea de que debía evitar que volviera a intentar algo tan peligroso.
—¿Después de diez años de ignorarlo, ahora siente remordimientos?
—No haga nada más. Simplemente, quédese quieta. Tal como lo ha hecho hasta ahora.
Bleier lloró desconsoladamente por primera vez.
Aunque solía poner expresión de querer llorar, nunca lo había hecho frente a él, pero aquel día no pudo ocultar sus lágrimas. Esa imagen era sumamente lastimera.
Quería abrazarla.
Quería consolarla diciéndole que eso ya no era importante, que no había nada más preciado para él que ella.
Pero no podía permitir que una emoción momentánea la pusiera en peligro.
Porque debía considerar incluso la posibilidad de que, si todo salía mal, ella cortara sus sentimientos hacia él.
Tras salir de la habitación dejando atrás a la llorosa Bleier, Herdin se desplomó en el sitio en cuanto cerró la puerta.
Fue entonces cuando recordó que nunca le había dicho que la amaba.
Los sentimientos que no pudo expresar regresaron como una daga que se clavó en su pecho.
Ante la cruel realidad, una risa similar a un sollozo escapó entre sus dientes.
Poco después, Herdin se dirigió a la fortaleza principal de Delmark, donde se conservaban más registros de sus ancestros.
Dejando sola a Bleier, quien llevaba a su hijo.
El tiempo transcurrió rápidamente, incluso en medio de un dolor similar al de haber dejado su corazón atrás.
Desde el verano en que dejó el lado de Bleier, pasando por el otoño y llegando hasta el invierno, la investigación sobre la magia negra no tuvo grandes avances.
Herdin llegó a desear que Bleier lo odiara y lo resentira. Pensaba que, si con eso podía romper el ciclo de este poder terrible y hacer que ella estuviera a salvo de él, entonces estaría bien.
Que aunque ella ya no lo amara, bastaría con que él la amara eternamente.
Sin embargo, los sentimientos de ella hacia él no se cortaron. Al igual que las cartas que ella enviaba cada semana.
«Herdin, hace unos días el bebé tuvo sus primeras patadas. En realidad no fue la primera vez; probablemente estuvo saludándome todo el tiempo y yo recién me doy cuenta.
Dicen que ahora puede escuchar las voces de mamá y papá. Sería maravilloso que tú también pudieras saludar al bebé…»
«Herdin, el viento se ha vuelto muy frío. He oído que en el norte hace más frío aún, ¿estará usted bien?
Nuestro bebé está creciendo bien. Últimamente sus movimientos son muy activos. Mmm, es mi opinión, pero por la fuerza de sus patadas creo que será un hijo parecido a usted. Por supuesto, que sea niña también estaría bien. Usted…»
A pesar de desear que el amor de ella hacia él desapareciera, se sentía tontamente feliz cada vez que recibía una carta. Al mismo tiempo, el pecho donde enterraba las respuestas que no podía enviar le dolía.
La extrañaba y quería abrazarla.
Quería acariciar el vientre de ella, que ya debía estar muy crecido, y saludar al niño.
Entonces, un día, llegó una noticia que lo obligaba a bajar a la capital.
—Excelencia, el verdadero culpable del incendio del palacio de la emperatriz… parece ser la Gran Emperatriz Viuda.