Capítulo 155
155. Culpa
2024.02.02.
Herdin recorrió el puerto junto al responsable general de la construcción.
Debido a que en invierno soplan fuertes vientos y los trabajadores se vuelven más torpes, lo que provoca numerosos accidentes, las obras del puerto se encontraban temporalmente suspendidas.
Herdin planeaba identificar los puntos débiles de los planos y detallar el diseño antes de que terminara el invierno, de modo que, en cuanto llegara la primavera, pudieran reanudar la construcción de inmediato.
El responsable general, mientras caminaba junto a Herdin y le informaba sobre el plan de obras, pasó al siguiente asunto.
—Ah, y sobre el astillero que mencionó anteriormente, la conversación terminó satisfactoriamente. Aseguran que comenzarán con el diseño del navío tan pronto como reciban el depósito.
—Llevará tiempo hasta que el puerto esté terminado, así que no hay prisa, pero cuanto más tiempo dediquen a revisar los planos, mejor. Por cierto, ¿confirmaron que podían implementar mis requisitos?
—Sí. Simplemente no se habían hecho así hasta ahora, pero crear más camarotes de pasajeros no es una tarea difícil.
Herdin había solicitado al astillero el diseño de una embarcación de gran calado. Después de todo, un puerto sin barcos carecía de sentido.
Su objetivo era construir un navío de gran envergadura a nombre de Delmark para poder importar y exportar mercancías directamente desde el continente al otro lado del mar.
No solo eso; también decidió construir un enorme crucero especializado en el transporte de personas, uno más vasto y lujoso que cualquier crucero existente hasta el momento.
Ese barco sería el primero en Ardel en conectar el reino con las tierras transoceánicas.
«Cuando sea mayor, ¿podrás llevarme al mar?».
Bleier siempre había anhelado ir al mar, al vasto mundo que se extendía más allá del horizonte.
Sin embargo, él no pudo cumplir la promesa de llevarla, y ella terminó llegando allí por sus propios medios.
Aunque falló en aquella promesa, deseaba ser quien construyera el camino hacia ese nuevo mundo al otro lado del océano.
«Te daré este mar».
«El mar te sienta bien».
Aquella promesa que le hizo mientras contemplaban las aguas el día anterior a separarse de Bleier era, al menos, algo que debía cumplir.
El día que el puerto esté terminado y cruces este mar en un crucero… ¿Qué expresión pondrás mientras contemplas la inmensidad del océano?
Herdin, quien inconscientemente sonrió al imaginar la alegría de Bleier, desvió la mirada al sentir que alguien se acercaba.
Era uno de los sirvientes de la mansión. Al ver su rostro pálido y desencajado, percibió que algo grave había sucedido.
Y tuvo el presentimiento ominoso de que se trataría de algo relacionado con Bleier.
Antes de que Herdin pudiera preguntar qué pasaba, el sirviente gritó apresuradamente mientras jadeaba.
—La señora… ha comenzado con los dolores de parto.
Ante esa noticia, su mente quedó aturdida.
Tras enterarse de la situación de Bleier, Herdin regresó a la mansión inmediatamente a caballo.
El mayordomo de la mansión, Ribren, que justo vigilaba la entrada, se quedó desconcertado al verlo llegar.
Herdin, que había salido junto a Ruth, regresaba solo, mucho antes de lo previsto y con el aspecto totalmente descompuesto, mientras que Ruth no aparecía por ninguna parte.
Pero lo que más lo sorprendió fue la expresión de Herdin, más gélida que nunca; sin embargo, al mismo tiempo, se veía vulnerable. Su aura era completamente distinta a la que proyectaba al salir de la mansión.
Herdin no dirigió palabra al mayordomo y subió directamente al segundo piso, donde estaban los dormitorios. Era preferible confirmarlo con sus propios ojos que perder tiempo preguntando.
La respiración de Herdin se volvió agitada mientras atravesaba a grandes zancadas el pasillo del segundo piso. Al mismo tiempo, su rostro se contrajo en una mueca de dolor.
No sabía con qué estado mental había logrado regresar a la mansión. Desde que escuchó que Bleier había comenzado con los dolores de parto, había perdido la razón.
En el instante en que recibió la noticia, los recuerdos de su vida pasada afloraron.
—¡Excelencia! ¡La señora ha dado a luz al joven maestro!
El recuerdo de no haber podido estar a su lado en aquel momento, el instante en que más miedo debió sentir y en que más necesitó a su esposo.
Al pensar en la Bleier de su vida pasada, que murió sola y solitaria mientras él estaba ausente…
Sentía que se volvía loco. Era como si aquel recuerdo le apretara la garganta, impidiéndole respirar correctamente.
Durante todo el trayecto de regreso a la mansión, rezó fervientemente.
Por favor, que no sea demasiado tarde.
Que esta vez pueda estar a tu lado…
Tras recorrer el pasillo, que se sentía tan largo como una distancia infinita, Herdin llegó finalmente frente a la puerta y entró directamente sin siquiera llamar.
Al pasar por la sala de estar y entrar en el dormitorio, lo primero que vio fueron a Melli y Rina, quienes lo miraban con ojos desconcertados.
Y detrás de ellas, estaba Bleier, sentada y apoyada en el cabezal de la cama.
Sorprendida por su regreso anticipado, Bleier lo miró con los ojos muy abiertos.
Herdin se acercó rápidamente a ella. Lo primero que notó fue su vientre, redondo y prominente, tal como estaba antes de que él se marchara.
Al ver el vientre y comprobar que Bleier estaba a salvo, finalmente pudo soltar el aire que había estado reteniendo.
—¿Por qué regresó tan rápido?
—Ah… parece que alguien se lo informó.
Bleier puso una expresión apenada. Parecía que esperaba que la noticia no llegara a él. Ante esa actitud, la mirada de Herdin se volvió fría y profunda.
Bleier hizo una señal a Rina y Melli para que salieran, y luego le explicó lo sucedido para tranquilizarlo.
—Son falsas alarmas. Como puede ver, el bebé todavía está bien.
—¿Cuál es la causa de los síntomas? ¿Por el viaje largo de hace poco? ¿Porque ayer te exigí demasiado? ¿O acaso—?
La voz de Herdin se elevaba gradualmente y sus manos temblaban. Al ver esto, Bleier tomó sus manos.
—Herdin, cálmese. Estoy bien. Nuestro bebé también está bien.
A pesar de las palabras de Bleier, Herdin no podía detener el temblor de sus manos. Mirándolo con compasión, Bleier bajó la manta que cubría su vientre.
Justo entonces, se pudo ver claramente el movimiento del bebé agitándose sobre el vientre abultado.
—Mire esto. ¿No ve que nuestro bebé también dice que está bien?
Bleier lo tranquilizó guiando la mano de él y colocándola sobre su vientre.
—No es culpa suya, es un síntoma común cuando se acerca la fecha del parto.
—¿Se asustó mucho? Pensé que sería así, por eso pedí que no se lo informaran.
Saber que Bleier había intentado soportarlo sola sin avisarle hizo que sintiera que su corazón se rompía una vez más.
Al mismo tiempo, recordó repentinamente la expresión decaída de Bleier antes de salir de la mansión por la mañana.
Había sido desde entonces. Desde entonces presentaba los síntomas.
Había soportado el dolor en silencio, por miedo a que él se preocupara si lo notaba o a que interfiriera en su trabajo.
Una risa amarga, similar a un sollozo, escapó de sus labios ante su propia torpeza por no haberse dado cuenta. Por más que reprimiera y tragara las emociones que afloraban, estas no se calmaban.
—Cada vez que dices que estás bien… siento que me vuelvo loco.
Fue así también mientras estuvieron en Icar.
Haber presenciado el embarazo a su lado fue un proceso mucho más difícil y agotador de lo que había escuchado vagamente. El cuerpo cambiaba día tras día, y surgían muchos problemas complejos incluso en ausencia de dolor.
Sin embargo, Bleier enfrentó esos cambios con naturalidad, sin mostrar signos de temor. Cada vez que veía esa actitud, sentía que el corazón se le desgarraba al pensar que quizás era porque estaba acostumbrada a prepararse sola en su vida pasada.
La culpa asentada en un rincón de su corazón arañaba y apuñalaba su pecho cada vez que encontraba una grieta, como un punzón escondido en el bolsillo.
Y ese punzón no desaparecería jamás, aunque ella no recordara su existencia.
—Por eso, por favor, deja que pueda hacer algo por ti.
—Que me digas cuando estés cansada, cuando tengas miedo, cuando sientas dolor… así.
—Dijimos que haríamos todo juntos. Que eso es ser esposos.
Bleier lo miró en silencio mientras él se derrumbaba por la culpa, y acarició suavemente sus manos, que aún temblaban levemente, mientras decía:
—La verdad es que tenía un poco de miedo, pero no me preocupé mucho porque sabía que vendrías pronto. Y realmente viniste muy rápido.
—Ahora mismo lo estás haciendo lo suficientemente bien como esposo y como padre.
Ella debía ser quien más estuviera sufriendo, y él no tenía excusa para culparse a sí mismo mientras superponía el pasado, pero ella, en cambio, lo estaba consolando a él.
—Solo estoy a tu lado, eso es todo.
—Eso es hacer las cosas bien.
Herdin miró fijamente los ojos de Bleier mientras ella decía aquello.
Los ojos de ella, que lo reflejaban, brillaban.
Tal como en aquel entonces, cuando lo amaba puramente y sin cambios.
—Venga aquí. Lo voy a elogiar.
Bleier sonrió mientras daba unos golpecitos en el espacio a su lado. No había forma de rechazar la orden, o casi orden, de su esposa.
Herdin se sentó junto a ella. Pero en lugar de un beso, la estrechó en sus brazos.
Bleier, aunque pareció sorprendida por el abrazo repentino, se apoyó dócilmente en él y lo rodeó con sus brazos.
Ante el tenue aroma a leche que emanaba de ella y la caricia reconfortante, el temblor de su cuerpo que se negaba a calmarse finalmente cesó.
Fue en ese momento cuando Bleier habló.
—Deje de pensar en las cosas del pasado. Yo ya lo olvidé todo.
Su voz suave descendió como si acariciara el corazón de él. Al escuchar esa voz, Herdin se dio cuenta una vez más.
Ama a esta mujer.
No había forma de no amarla.
Los dolores de parto comenzaron exactamente la noche anterior al día en que nació Asiel, como si el bebé recordara el día de su propio nacimiento.