Capítulo 32
32. Un trato aceptable
2023.10.02.
Bleier evitó su mirada mientras se arreglaba la ropa y le suplicó:
—Herdin, vayamos al dormitorio. Cualquiera puede entrar aquí.
—Entonces existe la posibilidad de que lo hagamos en el pasillo, ¿está bien con eso?
Herdin la estrechó fuertemente contra sí, como si añadiera una razón a sus palabras. A través de la tela pegada, ella pudo sentir el cuerpo de él, cargado de calor.
—Siento que no podré aguantar ni ese breve instante.
Los labios de Bleier se abrieron por la sorpresa. Al ver sus ojos, que la miraban como si fuera a devorarla en cualquier momento, sintió que no eran solo palabras, sino que realmente lo haría.
Herdin miró hacia abajo a Bleier, quien ya no podía insistir en ir a la habitación, soltó una risita y volvió a unir sus labios de inmediato. Luego, deslizó su mano entre la ropa que Bleier intentaba acomodar y la apretó como si moldeara una masa suave, mientras susurraba:
—Esto es lo que querías.
Que yo hiciera las cosas a mi manera, sin importar tu voluntad.
Porque, tal como dijiste, yo simplemente te deseo como cualquier otro macho.
Cuando Herdin bajó la cabeza para morderla, la espalda de Bleier se arqueó hacia atrás.
Herdin, que la atormentaba tenazmente con sus suaves labios, sujetó el tobillo de Bleier. Su mano, recorriendo un tobillo más delgado que su propio antebrazo, se deslizó dentro de la falda de ella.
Bleier intentó cerrar las piernas, pero Herdin ya las bloqueaba, dejándola sin posibilidad de moverse.
Bleier se mordió con fuerza los labios que se abrían involuntariamente. Tenía miedo de la puerta del despacho que veía frente a ella. Sin embargo, ese temor solo añadía un placer vertiginoso.
Ahora, casi recostada sobre el escritorio, Bleier miró distraídamente por la ventana sobre su cabeza.
El cielo de invierno, sin una sola nube, brillaba deslumbrante. Sus pupilas violetas, que capturaban aquel paisaje, parpadearon lentamente.
Sintió que, a estas alturas, ya no importaba.
Si esto era lo que él deseaba.
En ese instante, una gran sombra se proyectó sobre el cuerpo de Bleier y un peso abrumador cayó sobre ella. Bleier, incapaz de soportar la abrumadora sensación que la invadía, se mordió el dorso de la mano.
Pero Herdin atrapó ambas manos de ella con una sola de las suyas, inmovilizándola.
Bleier miró a Herdin con ojos llenos de resentimiento y se mordió el labio con fuerza para silenciarse. Al ver esto, Herdin frunció el ceño.
Definitivamente, es una mujer obstinada.
La mujer que ofrecía una resistencia inútil le resultaba ridícula y molesta, pero no odiaba esa actitud. Al contrario, era muy linda porque era propia de ella.
Herdin se inclinó hacia Bleier, quien contenía los gritos con tenacidad mientras sus ojos parecían estar a punto de llorar. Entonces, succionó ligeramente sus labios antes de soltarla y susurró:
—No te muerdas los labios.
Bleier, que había contenido la respiración por un momento, finalmente se rindió. Herdin, muy satisfecho con ello, besó repetidamente sus mejillas y el lóbulo de su oreja, que estaban encendidos por el calor.
Bleier lo llamó mientras lo abrazaba.
Le agradaba escuchar esa voz quebradiza que pronunciaba su nombre sin saber qué hacer. Le gustaba ese gesto de abrazarlo desesperadamente para no separarse de él.
Hasta el punto de que sentir que había reprimido su deseo hasta ahora le parecía patético.
Poco después, el despacho, que había estado ruidoso con todo tipo de sonidos mezclados, quedó en silencio en un instante.
En la quietud que finalmente llegó, resonaba la respiración agitada de ambos. El cuerpo de Bleier, atrapado en sus brazos, temblaba violentamente.
Herdin besó la zona de su mejilla mientras disfrutaba del eco del momento, y solo se levantó después de que el temblor de ella cesara.
En su campo de visión apareció la imagen de Bleier recuperando el aliento mientras lo miraba con ojos húmedos.
Una mujer seductora esparcida sobre su escritorio.
Y esa apariencia lasciva era asfixiantemente hermosa.
De repente, recordó las palabras que Yohan había dicho ayer.
«Bueno, sinceramente es hermosa. ¿Qué hombre no caería ante ese rostro y ese cuerpo?».
Viendo que todos los tipos se comportaban como idiotas a los que les falta un tornillo frente a esta mujer, darse cuenta de que él también la deseaba no debía ser un sentimiento tan especial.
Era simplemente la atracción instintiva hacia lo bello.
Sí, sinceramente era hermosa.
Tanto que cualquier hombre querría intentar tomar su mano o dirigirle una palabra.
Una mujer así se había convertido en su esposa por contrato. Y no solo eso, decía que entregaría incluso su cuerpo. Si él lo deseaba.
Tal vez, ¿esto también era por aquel hombre al que ella ama?
Por un instante pensó que aquel idiota daba lástima, pero pronto descartó el pensamiento.
«Pero, ¿realmente necesito saber la razón?».
De cualquier modo, esta mujer estaba ahora frente a sus ojos. Era su esposa, aunque fuera solo en apariencia.
Aquel estúpido que perdió a la mujer debido a su estatus social también perdería la noche de bodas con su mujer y no podría verla cuando quisiera.
Una mujer que, para asegurar el futuro con el hombre que ama, debe fingir ser pareja de un hombre al que no ama.
Un hombre que, debido a su estatus innato, debe observar cómo la mujer que ama se entrega a otro hombre.
Y un hombre que, obteniendo otra compensación, es utilizado en el amor de ellos.
¿Quién sería el más digno de lástima?
Objetivamente, ese ser lamentable no era él.
Sin embargo, como los seres humanos son animales egocéntricos, se sentía mal. A pesar de haber obtenido el cuerpo de la mujer que deseaba, sentía que él era el más digno de lástima.
No estaba acostumbrado a compartir lo que ya tenía en sus manos con otros. Probablemente nunca se acostumbraría. Así nació y creció.
Herdin levantó a Bleier, que estaba recostada en el escritorio. Debido a las secuelas de hace un momento, ella no podía ni siquiera mantenerse en pie y se tambaleaba.
Él giró el cuerpo de ella, que colapsaba sin fuerzas, y la hizo apoyarse en el escritorio.
Solo entonces Bleier notó que algo andaba mal e intentó escapar de sus brazos, pero Herdin la mantuvo abrazada.
El cuerpo de Bleier temblando violentamente atrapado en sus brazos le brindó una extraña sensación de satisfacción. Abrazando a Bleier, quien parecía que iba a derrumbarse en cualquier momento, besó su espalda blanca que quedaba expuesta.
Esto es un contrato.
Uno donde ambos toman lo que desean hasta que el contrato termine.
No sabía qué era lo que Bleier deseaba, pero seguramente se lo quitaría a él, así que él también podía tomar de ella todo lo que quisiera.
Por lo tanto, esto era, sin duda, un trato aceptable.
En el palacio de la emperatriz hay un inmenso invernadero.
Era un invernadero construido por el anterior emperador para la emperatriz Katarina, a quien amaba profundamente.
No solo el invernadero, sino todo el actual palacio de la emperatriz, construido en lugar del palacio quemado donde residía Esmeralda, era básicamente un regalo que el anterior emperador preparó para Katarina.
Katarina amaba todo en este palacio. Al igual que a sus hijos.
Porque todo aquello era evidencia de que había recibido el amor del hombre que fue el gobernante de este vasto imperio.
La mañana que recibía en este invernadero, donde cantaban hermosos pájaros y crecían todo tipo de flores y árboles exóticos, era también una de las cosas que amaba por la misma razón.
Katarina revolvía el té negro con una cucharilla mientras escuchaba el canto de los pájaros. Su porte era tan elegante que nadie se atrevería a pensar que nació como una plebeya.
Dejó la cucharilla y levantó la taza. Sobre su rostro inexpresivo reflejado en el té, recordó repentinamente una voz que escuchó hace unos días.
«¿Me tiene miedo, Su Majestad?».
«Parece que me está lavando el cerebro como si fuera alguien que teme que yo descubra la verdad».
Katarina, que estaba por beber el té, se detuvo. Al recordar esa voz y a su dueño, la comisura de los labios de Katarina se elevó ligeramente.
—…Vaya, qué insolente.
Tras quedar sumida en sus pensamientos por un momento, Katarina dejó la taza de nuevo sin haber probado el té.
Condesa Magrid, que esperaba detrás, notó rápidamente el significado y se acercó a su lado.
—Debo plantar a alguien en la casa de Duke Delmarque. Tengo curiosidad por saber cómo está pasando los días esa niña, Bleier. También estoy preocupada.
La voz suave de Katarina era tan dulce como la de una madre que se preocupa genuinamente por su hija.
Herdin abrió los ojos al escuchar la tos seca de Bleier. Se sentía tan renovado como el día siguiente a una jornada completa de entrenamiento.
Su último recuerdo era el momento en que empezaba a clarear el alba, pero al ver la luz que se filtraba por la ventana, parecía que ya era bastante tarde.
Al sentir una presencia y girar la cabeza hacia un lado, vio a Bleier durmiendo.
Ayer por la tarde, después de haberse enredado varias veces con Bleier en el despacho, vino al dormitorio cediendo a las súplicas de ella.
Después de eso, la poseyó como una bestia. Incluso comieron en la cama. Después de alimentar a la mujer que no tenía fuerzas ni para mover un dedo, él se encargaba de devorarla a ella.
El deseo que había reprimido con esfuerzo, una vez que soltó las riendas, estalló de tal manera que ya no pudo moderarse. Como si hubiera bebido agua de mar, cuanto más bebía, más sed sentía.
Bleier, agotada, intentó calmarlo, suplicó e incluso lloró, pero esa imagen lo estimuló aún más.
Al recordar esa apariencia sollozante, su cuerpo reaccionó como si no hubiera sido suficiente haber saciado su deseo durante toda la noche.
Herdin se burló de sí mismo por actuar así y se levantó, reprimiendo el calor que subía por su bajo vientre.
Sus pies tropezaron con las prendas de ropa que estaban tiradas por el suelo. Al ser la habitación de Bleier, no había otra ropa que él pudiera usar.
Herdin estuvo a punto de tirar del cordón de la campana de servicio por instinto, pero bajó la mano. Por alguna razón, no quería romper esa paz silenciosa.
Se puso los pantalones y la camisa a apresura y se acercó a la chimenea para encender el fuego. Miró fijamente los troncos que se consumían y, por hábito, sacó un cigarro de su bolsillo trasero y lo encendió.
La mano de Herdin se detuvo justo cuando llevaba el cigarro encendido a la boca. Al mismo tiempo, frunció el ceño y dejó escapar un suspiro.
Antes de darle siquiera una calada, lanzó el cigarro dentro de la chimenea.
Hoy es noche de sexooo 🗣🗣🗣