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Capitulo 106: Capitulo_106_ES_FINAL
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Capítulo 106

35. La tragedia de Colón (5)

—¿No te parece un buen plan? No habrá ninguna escolta ni acompañante. Si logramos captar la atención de Myuron, podremos echar un vistazo al sótano sin problema.

—No me gusta. Supongamos que llamas su atención y resulta que realmente hay experimentos de gólems biológicos en el sótano. Ahí conseguiremos algunas pruebas, pero tu seguridad no estará garantizada en absoluto.

—Yo solo tendré que hacer de compañero de copas y retirarme en el momento adecuado, después de que ustedes salgan del sótano primero, ¿no?

—No conoces bien a los magos. ¿Cuántos hechizos de vigilancia crees que habrá en el sótano? En el instante en que entres, Myuron lo notará. Y entonces estarás muerto.

—No he llegado hasta aquí investigando este lugar sin estar preparado para asumir esos riesgos.

—A veces conviene saber distinguir entre valentía y temeridad, amigo periodista. ¿De qué sirve morir antes de lograr la hazaña?

Jin no tenía intención de usar a Dino como una carta desechable. Ese valiente periodista era un ser humano que merecía sobrevivir.

Además, si Dino moría, el plan para crear un pretexto también se vendría abajo.

—Mejor hagamos esto. Tú nos presentas y nos hacemos amigos de copas de Myuron.

—¿Cómo?

—Digamos que vamos a beber juntos. Nuestra profesión es la de mercenarios errantes y narradores de historias. Tú nos conociste por casualidad, te parecimos interesantes y nos llevaste ante Myuron.

—¿Myuron se lo creerá? Seguro que le parecerá sospechoso.

Jin esbozó una sonrisa amarga.

—¿Qué clase de persona es Myuron para ti?

—Un demente. Alguien que obtiene placer viendo sufrir a los demás… se podría decir que es así.

—Dicho correctamente. Pero ¿eso es todo? Aunque parezca alguien que actúa sin pensar, es el sexto hijo de Jipel. Si te doy mi opinión, ese tipo ya sabe quién eres en realidad.

Dino negó con la mano, incrédulo.

—Imposible. Si supiera mi verdadera identidad, no me habría dejado con vida hasta ahora.

—Puede que no sepa tu identidad exacta. Pero vuelve a leer tu diario. No hay ni uno solo de los nativos con los que tuviste contacto que no haya sido arrastrado al sótano en el plazo de una semana. ¿Sabes lo que significa eso?

Las pupilas de Dino se dilataron.

Él había creído que el hecho de que los nativos fueran arrastrados al sótano era simplemente parte de los experimentos de Myuron, y jamás había pensado que pudiera tener relación con él.

Porque Myuron no le había hecho daño. Para el sentido común de Dino, a un poderoso jamás se le pasaría por alto alguien que hurga en sus asuntos a sus espaldas.

Ese era justamente el punto que nublaba su juicio lógico. A pesar de que existía un registro claro de que todos y cada uno de los nativos con los que se había encontrado habían sido arrastrados al sótano en el plazo de una semana.

—Además, como compañero de copas... ¿De verdad crees que Myuron estaba tan aburrido como para querer que lo acompañaras a beber? Imposible. Ese tipo ha estado observando a un ratón que no sabe que está encerrado en una trampa. Y ese ratón eres tú.

—¿Qué quiere decir con eso? ¿Que yo soy un ratón encerrado en una trampa...?

—Sí. Seguro que sintió curiosidad. Pensaría: «¿En qué se basa este tipo para ser tan descarado? ¿Cómo es que no se ha dado cuenta de que he estado arrastrando al sótano a los nativos con los que ha tenido contacto, uno por uno, enviándoles señales?». Eso es lo que debió de pensar.

—No puede ser... De hacer eso, ¿qué ganaría Myuron?

—Tú mismo lo dijiste. Que Myuron es un demente que disfruta con el sufrimiento ajeno. Entonces, ¿no crees que obtendría placer de eso?

Dino sintió que las fuerzas le abandonaban las piernas y, sin querer, dio un paso atrás.

Pensaba que las palabras de Jin eran una suposición demasiado descabellada.

Pero, por alguna razón, no podía refutarlas. Y, si eran ciertas, no sabía cómo podría disculparse ante los nativos que habían sido arrastrados por su culpa.

—Por eso, si vamos a buscar a Myuron juntos, no desconfiará de nosotros. Pensará: «Mira, el ratoncito ha traído a sus amiguitos». Nos recibirá con los brazos abiertos. Para él, no deja de ser una diversión tener más juguetes.

Había tres razones principales por las que Jin hablaba con tanta seguridad.

Primero, dejando a un lado a Tika, los nativos que habían tenido contacto con Dino habían sido arrastrados en el momento exacto en que él los había conocido.

Segundo, las historias que había oído antes de su regresión. En esa época, los hermanos Runkandel habían dicho que, comparados con Myuron Jipel, los hermanos Tona, que en aquel entonces estaban siempre metidos en problemas, parecían ángeles.

Tercero, la conversación que había mantenido con Beradin en el campo de batalla de Cosmos, el último día. Esa noche, Beradin había estado hablando sin parar, y entre esas conversaciones, había mencionado que detestaba profundamente a Myuron Jipel.

—El hermano Myuron es especialmente asqueroso. No tiene comparación con el difunto tío Andrei. Cada vez que pienso en ese tipo, me dan náuseas hasta dormido. ¿En qué estaban pensando los ancianos para darle el puesto de señor de la Séptima Torre a un tipo como él?

—¡Vaya, vaya! Si tú, que eres tan buenazo, dices eso... ¿qué clase de monstruo debe ser?

—Dante, es un monstruo de las profundidades que jamás podrías imaginar, tú que eres tan bondadoso.

Jin se sorprendió al darse cuenta de que, sin advertirlo, estaba confiando en la opinión que Beradin tenía de Myuron. Y en ese momento, también sintió un poco de nostalgia al recordar a Beradin y a Dante.

—¿Y si... todo eso fuera una suposición equivocada? En este diario, hay una sola persona. Un nativo que, a pesar de haber tenido contacto conmigo, sigue con vida.

—Ratika Tika Matutika.

—Sí, ella es...

Dino se calló y apretó los dientes.

—Deseo de todo corazón que tu suposición esté equivocada. Porque, si tus predicciones son ciertas, creo que sabré por qué Myuron ha dejado con vida a Tika...

—Vamos a comprobarlo en un momento. Ya veremos si es que mi imaginación es demasiado fértil, o si Myuron es tan despreciable como creo.

—Oye, enano. Está bien, pero ¿qué piensas hacer cuando veas a Myuron?

—Qué voy a hacer... Le seguiré la corriente un rato y, en el momento oportuno, le daré lo que se merece. Según Dino, con matar a ese tipo está todo resuelto.

—Ya veo. Entonces, la razón por la que vas a ir a beber con él y a seguirle la corriente es para que Myuron baje la guardia. Seguro que no conoce nuestra verdadera fuerza. Y también quieres ver si tiene algún as o trampa escondida.

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Kajin asintió, comprendiendo la intención de Jin.

—Así es. Después de todo, si compartimos unas copas y charlamos animadamente, quizá llegue el momento de matar a ese asqueroso sin que se dé cuenta. Y aunque mi plan esté equivocado, la batalla es inevitable de todos modos.

Poco después, los cuatro se reunieron para trazar un plan.

Tras ponerse de acuerdo sobre sus nombres falsos y sus profesiones, definieron cómo reaccionar ante algunos imprevistos.

—En cuanto entremos, debemos localizar a los nativos. Y si empieza la batalla, nuestra prioridad será proteger a Dino y a los nativos.

—Y si cualquiera de nosotros tres tiene la oportunidad de ver a Myuron desprevenido, intentaremos matarlo al instante, sin necesidad de dar una señal.

Durante cinco minutos, Dino resumió toda la información que conocía sobre Colón.

—El sótano que está en el centro es a donde se llevan a los nativos. Recuérdenlo bien, no habrá ningún guardia ni acompañante. Yo no puedo participar en la batalla, así que les deseo buena suerte.

Cuando terminaron de repasar el plan, los cuatro se dirigieron hacia la entrada. Dino iba delante y los demás lo seguían. Por supuesto, Jin había liberado el sello de Mulla, y Kasimiro y Murakan se habían quitado las máscaras.

Myuron, que seguía hablando solo en voz alta, al sentir su presencia, los saludó alegremente con la mano.

—¡Oh! Dino, justo estaba deseando verte. Jeje, es que no hay manera de mantener una conversación con estos salvajes... ¿Has traído a tus amigos hoy?

En el momento en que vio la sonrisa radiante de Myuron.

Dino no pudo evitar sentir un escalofrío recorrerle la espalda.

«Tal y como dijo el chico... nos está dando la bienvenida, ¿no?»

Dino, que logró mantener la compostura, inclinó la cabeza cortésmente.

—Disculpe que haya traído a otras personas sin su permiso, señor Myuron. Los conocí por casualidad y pensé que a lo mejor le aburría beber siempre a solas conmigo... Si me he pasado de la raya, le pido disculpas.

—No pasa nada, ¡no pasa nada! ¿Dónde los conociste?

Myuron dijo mientras desviaba la mirada hacia la hoguera.

Parecía estar conteniendo una amplia sonrisa.

—Los conocí mientras recolectaba hierbas medicinales en la frontera de Perron. Me dijeron que eran mercenarios que operaban en la región norte de Perron y que estaban de regreso a casa de permiso.

—Encantado de conocerlo, señor Myuron Jiple.

—Encantado de con...

—Basta, basta. No hace falta que te presentes. Dejémonos de formalidades innecesarias. ¡Oye! ¡Trae más copas!

Entonces, uno de los nativos que estaba cerca corrió a buscar unas copas y se las repartió a los cuatro.

Gluglglug.

Myuron llenó las copas de sus invitados sin ningún interés. El vino se desbordó y se derramó al suelo.

—Dino... Dino Jegleun.

Myuron esbozó una sonrisa extraña mientras guardaba la botella. Luego entrecerró los ojos y acercó el rostro aún más a la hoguera.

—Sí, ¿qué desea, señor Myuron?

—Desde que te conocí hace dos semanas, he estado deseando saber cuál es tu verdadera identidad. Un plebeyo que entra sin inmutarse en la zona restringida de Jiple. Eso no puede ser.

—Lo siento.

—Ah, jeje. No es una acusación. En fin, desde entonces no he podido dejar de pensar en ti... ¡Y ni qué decir cuando te vi reuniéndote con los nativos a escondidas! Llegué a pensar que tal vez eras un espía torpe que me había enviado mi padre. Es que ese hombre tiene sus rarezas.

—Jeje, jeje, jejejeje.

Myuron soltó una risa ligera. Dino, sin saber qué hacer, esperó a que dijera algo más.

Jin y los demás aguzaron los sentidos. Porque tenían la sensación de que los acontecimientos se iban a precipitar antes de lo esperado.

—Pero ahora, resulta que has traído a tus amigos a la zona restringida sin mi permiso... ¡Ah, ah! Dino, pero ¿qué demonios te pasa por la cabeza? ¿En qué te basas para ser tan valiente? No lo entiendo. ¡Se me pone la piel de gallina!

Acto seguido, Myuron soltó una carcajada. Se reía tanto que el cuerpo le temblaba con violencia, y parecía que en cualquier momento iba a estampar la cara contra la hoguera.

—¿Señor... señor Myuron?

Plaf.

Myuron dejó de reír de golpe e, inclinando la cabeza, se bebió el vino de un trago.

—Pero ahora lo entiendo todo. Por fin entiendo por qué tenías ese valor.

—¿A qué se refiere...?

—El Jardín de la Espada. Lo que tienes detrás son ellos.

¡Sríng!

Jin fue el primero en blandir la espada. Casi al mismo tiempo, Kasimiro también atacó el costado de Myuron, y Murakan se puso delante de Dino para desplegar un escudo.

¡Clang!

Las dos espadas rebotaron contra algo.

Era un escudo que se había formado por la expansión de una energía mágica comprimida que estaba oculta dentro de la fogata.

«¿Una energía mágica de ese nivel, y yo no la he sentido en absoluto? ¿Era por eso que acercaba la cara a la hoguera desde hace un rato?»

Murakan también tuvo la misma impresión.

A pesar de que Myuron no era un usuario de la Energía de la Espada, parecía tener una habilidad que le permitía ocultar su energía mágica por completo.

—¡Jin Runkandel! ¡Parece que la sacerdotisa h