Cap: 8
—¿…Podría repetirme lo que acaba de decir?
—Dije que te vayas, no haré nada de lo que me pidas.
Sonreí lo más que pude; a cambio, pude ver cómo el rostro del mayordomo se crispó al instante. Me dolían las piernas por solo estar parada frente a él. Decidí sentarme en la silla más cercana dado que el mayordomo se quedó inmóvil como una roca.
—Ni siquiera sabe la razón de por qué he venido.
Sus orejas estaban rojas como un tomate fresco debido a la actitud que mostré, la cual no debe haberle gustado para nada. Sonreí en tanto acariciaba mi cabello.
—Seguramente viniste para organizar los pendientes de mañana.
Parte de la razón por la que vino debe ser porque mañana es el día que me marcho de aquí, pero lo que realmente pretendía era crear una situación en la que pudiera burlarse de mí. No logré concebir otra razón por la que él haya venido hasta el ala este aparte de esa. Ese mayordomo solo se había presentado dos veces en mis aposentos desde que comencé a vivir aquí. El primer día cuando tomé esta habitación, y justo ahora era la segunda.
A los ojos del mayordomo, yo no era más que una plebeya que había ingresado al hogar del duque y que intentó seducir al mismo, una plebeya a la que podría ver largarse sin haber conseguido su objetivo.
—¿Cómo puede hacerme esto? ¡He venido hasta aquí por usted, señorita Cornelia!
—Habrías sido respetuoso conmigo si tu principal motivo de venir hasta aquí fuera yo.
Me reí a carcajadas. Ese mismo hombre que dijo que yo era su razón de venir, ni siquiera tocó la puerta y entró como si fuese el dueño de la mansión. Atónito ante mis palabras, las cejas del mayordomo se alzaron y sus ojos se abrieron de par en par sin saber qué decir.
—¿Tan siquiera recuerdas cuántas veces has venido al ala este?
No hubo respuesta de su parte, aunque parecía querer recordar la cifra de veces que lo hizo. Solo lo hiciste dos veces y aun así lo olvidaste.
—¿Olvidaste todas las ocasiones en las que te negaste a todo lo que te pedí?
El silencio volvió a hacerse presente. Si ni siquiera recuerdas las únicas dos veces que viniste, ¿cómo podrías no acordarte de eso?
Todo lo que pedí fue rechazado sin dudar; lo único que se me brindó fueron las medicinas de mi abuela y las solicitudes para convocar a un sacerdote. La mansión del duque Astorf era increíblemente hermosa y refinada. Pero requería mucha mano de obra dado que colindaba con el castillo del Emperador. Siempre habría un flujo constante de sirvientes, a excepción del ala este. Y por ello, incluso las barandillas de las escaleras jamás fueron reparadas o atendidas. Solicité incontables veces que las arreglasen, pero todas y cada una de las veces que lo hice fueron rechazadas por el mayordomo, diciendo que no tenía tiempo ni personal disponible para encargarse de mi petición.
“Esa barandilla la reparaste hasta que Bell estuvo a punto de caerse… ¿Y qué fue lo que dijiste? ¿Acaso no te defendiste diciendo que lo olvidaste?”
—Me descartaste inclusive cuando mi abuela se fue al lado de Dios.
Ese día lo único que hizo fue darme mi vestimenta de luto por medio de Bell. Hasta yo sabía que eso era lo mínimo que debía hacer para no ser castigado por Debron.
—¿Me falta algo más por mencionar?
Mis palabras cayeron como témpanos de hielo mientras me sostenía la quijada. El rostro irritado del mayordomo era más que notable.
—Ah, cierto. Dispersaste rumores acerca de mí tanto dentro como en las afueras de la mansión.
Todo lo que hice en la mansión siempre fue tergiversado y exagerado en forma de rumores. Si le mandaba una carta a Debron, dirían que yo, una plebeya, estaba seduciéndolo para hacerlo mío. Si cometía un error en mi comportamiento debido a que no conocía la etiqueta de los nobles, simplemente aseguraban que yo era una plebeya vulgar que trataba de convertirse en duquesa.
Siempre fue así. Aquellos que se entretenían con mis rumores siempre aceptaban todo lo que venía de la mansión para luego regarlo por toda la capital como si fuese su comidilla diaria.
“Un simple sirviente jamás podría regar esos rumores rápidamente… a menos que se tratase del mayordomo a cargo o de la ama de llaves”. No obstante, el puesto de ama de llaves estaba vacante en la mansión del duque.
—Los únicos culpables de ello son los sirvientes inadecuados. Ellos no me obedecerán por más que los eduque y entrene.
Pasó la culpa a sus ayudantes como si fuera lo normal, y dado que no era su culpa, actuó de manera indiferente ante mis palabras. Aun así, no pudo ocultar sus manos temblorosas. Las comisuras de mis labios se elevaron para luego recordarle al mayordomo algo que él había olvidado.
—Se supone que tu trabajo es evitar que eso suceda.
Qué bien se escuchaba. Que él olvidase todo lo que correspondía a sus deberes debido a su aparente… inutilidad. El cuerpo del mayordomo se petrificó cuando me puse de pie. Caminé muy lentamente hacia él.
—Ser lo suficientemente bruto para ni siquiera tocar la puerta, la incapacidad de olvidar mis peticiones constantemente y la ineptitud de hacer tu trabajo correctamente.
Diciéndolo así, incluso yo sentía que era un completo inútil. Me detuve frente a él. El mayordomo me observó con su cuerpo temblando de rabia mientras me miraba.
¿De qué te sirve enojarte? Todo es diferente a lo que era antes.
—Debo de informarle a Sir Debron acerca de esto.
—¡…!
Sucederá tan rápido que parecerá que mis rumores eran tortugas al lado de lo que le pasará al mayordomo. Será despedido de la mansión de la que él se creía el dueño. Ya que es imposible que Debron tenga a alguien tan inepto sirviéndole. Me reí suavemente frente a él.
—Vete de una vez.
Lárgate. No necesité decir nada más. El mayordomo ya lo había comprendido.
—P-perdóneme…
El pálido mayordomo se marchó mientras dejaba detrás de sí su voz terriblemente temblorosa.
“Ahhh… debería haber hecho esto antes.”
Mi risa resonaría fuertemente en la habitación. Mañana era el día en que me marchaba. Tomaría más de cinco si fuese sola en caballo y más de diez yendo en carruaje. Debron me comentó que podría trasladarme con maná si él me ayudaba; el viaje se acortaría a dos días con ello. No obstante, ese favor nunca se cumplió, así que, incluyendo el tiempo del funeral en Yorkben… sería un mes en total.
Parpadeé lentamente para luego enterrar mi rostro en la almohada.
Un mes. Sin importar cuánto lo pensara, ese tiempo era suficiente para desaparecer a alguien.
* * *
Siendo temprano, me hallaría de pie frente a la mansión del duque. Un carruaje con un vagón mediano acompañado de tres caballeros que fungirían como mis escoltas. Eso era todo. Ajusté mi velo metódicamente.
“No está para nada mal”.
Una escolta y un vagón mediano. Primero pusieron a mi abuela adentro y luego un sirviente colocó mi equipaje en los interiores del mismo para luego retirarse. Era el momento de irme. Me giré para observar la mansión Astorf por última vez. Era una mansión tan grande que no podía contemplarse de un solo vistazo, y que además estaba adornada exóticamente para compaginar con su reputación. La primera vez que la vi sentí felicidad y esperanza. Mi mirada se posó en un lugar familiar. La oficina de Debron. Ahí era donde él pasaba la mayor parte de su tiempo y el lugar donde mi mirada parecía pertenecer.
De hecho, la ventana de esa oficina era visible desde la habitación donde yo me hospedé. La única manera en la que podía ver a través de la misma era levantando mi vista, pero sabía cuándo Debron estaba presente por la luz que se encendía en su presencia. Me lamí mis labios unas cuantas veces mientras observaba la ventana que podría dibujar incluso con mis ojos cerrados. Una intensa tristeza y amargura se apoderaron de mí.
—Debemos ponernos en marcha.
Uno de los caballeros me recordó gentilmente que ya era tiempo de irnos mientras mi mirada seguía puesta en la mansión.
Sí, ya era hora. Justo cuando me di vuelta y abrí la puerta del carruaje… escuché a alguien llamándome.
—¡Señorita Cornelia, no se vaya todavía!
Al girarme pude ver a Bell respirando agitadamente. Su rostro estaba sumamente enrojecido, ya que probablemente vino corriendo a pleno pulmón.
—Lo siento… Quería reunirme con usted a tiempo, pero el mayordomo me puso a hacer trabajo extra.
Lo sabía. Me reí en mis adentros. Era extraño que Bell no me viniese a despedir, pero ahora entendí el porqué.
Ese mayordomo es bastante rencoroso.
De seguro trató de vengarse con la única persona que se despediría de mí al marcharme de la mansión.
—Está bien, Bell. Tranquilízate, ¿sí?
Sonreí mientras palmeaba su hombro; Bell asintió mientras extendía una pequeña bolsita de entre sus manos. Cuando abrí la bolsita, pude sentir un olor muy casero escabullirse en mi nariz.
—Sé que no es mucho, pero pensé que podría darle hambre a medio camino. Así que le horneé galletas de bellotas trituradas.
Me asombré ante lo que Bell me regaló. Esto era un bocadillo normal en mi aldea, ya que era costumbre recolectar bellotas para hacerlas en galletas.
¿Cómo supo ella de este aperitivo cuando ni siquiera conocía nada más allá de la capital? ¿Acaso la abuela se lo mencionó cuando yo no estaba?
Las mejillas y ojos de Bell estaban ligeramente enrojecidos. Dada la frescura de las galletas, era más que seguro que se había despertado en la madrugada para así poder entregármelas y encontrarme antes de que me marchara. Sin embargo, me encontró justo cuando estaba a punto de irme por culpa del mayordomo y, aun así, ella se disculpó conmigo como si fuera la culpable de su tardanza. No tenía ningún motivo para culparse. El culpable era el mayordomo por darle trabajo extra.
—Se ven deliciosas.
Sonreí de extremo a extremo en tanto guardé la bolsita de las galletas. Soporté las ganas de querer llorar justo ahí. Sería muy deprimente si nuestra despedida estuviese repleta de lágrimas.
—Tengo algo para ti.
Saqué una horquilla adornada con joyas después de un momento de luchar por guardar la bolsita de galletas. Esa horquilla era algo que usaba frecuentemente y fue uno de los objetos que adquirí de Aktail. Lo coloqué en las manos de Bell. Aparte de esta horquilla, ya me había deshecho de las demás joyas, pero esta era mi favorita. ¿Por qué? Bueno, era lo más caro que alguna vez tuve. Sus ojos se abrieron de par en par para luego sacudir su cabeza frenéticamente.
—N-no p-puedo aceptarla…
—Tómala.
Cerré sus manos con una sonrisa en mis labios.
—Es mi manera de agradecértelo. La pasaste mal todo este tiempo por mi culpa y la de mi abuela.
¿Quién querría servir a una plebeya que estaba haciendo uso de la mansión del duque? Muchas sirvientas cambiaron de puestos la primera vez que llegué a la mansión. Sus excusas fueron que estaban enfermas o simplemente se marcharon… Esas últimas fueron las que me abandonaron a mí y a mi abuela mientras trabajaban tranquilamente en el ala principal de la mansión. Estaba más que consciente de que el ala este se había convertido en algo similar a una prisión para los sirvientes en general.
Si les hubiese dado una parte del tesoro que obtuve de Aktail, quizás las habría hecho cambiar de parecer, pero no quería desprenderme del mismo.
Hasta que un día conocí a Bell.
—Seré su sirvienta de ahora en adelante, señorita Cornelia.
Desde ese día, ella jamás faltó a su palabra. Ella fue la que cuidó de mi abuela incluso en su lecho de muerte.
Sin poder resistirlo, lágrimas comenzaron a escurrirse de mis ojos.
—Te estaré eternamente agradecida. Gracias por estar a mi lado incluso en los peores momentos.
—Señorita Cornelia…
Su mirada se posó en la horquilla en mi mano para luego tomarla entre las suyas. En los ojos café de Bell comenzaron a derramarse lágrimas, al igual que en los míos.
—Gracias… Disfruté pasar estos dos años a su lado y al de Hibi… Y…
Su voz se transformó en un susurro. Me habló tan suave que pensé, e incluso consideré, que iba a contarme un secreto suyo.
—La señorita Cornelia es una persona completamente diferente de lo que dicen los rumores.
—… ¿Eso piensas?
—¡Sí!
Bell me sonrió para luego asentir con su cabeza.
—La señorita Cornelia que conocí en estos años jamás sería capaz de hacer semejantes actos.
Hice a un lado mis lágrimas para así poder recibir esa lealtad que nunca recibí de nadie más que ella en la capital.
Así es, esa persona de los rumores no soy yo.
—Gracias por confiar en mí.
—¡Debemos irnos! ¡Si sigue retrasándose, no podremos seguir el horario establecido!
El conductor del carruaje nos interrumpió abruptamente con una voz furiosa; tras ello, Bell separó sus manos de las mías con un rostro empapado en tristeza.
Esta vez sí que tenía que marcharme.
—Adiós, Bell. Gracias por todo lo que hiciste por mí.
Bell pronunció mi nombre justo antes de que subiese en el vagón. Su voz apurada me hizo girarme una última vez.
—¡Señorita Cornelia! … V-vendrá de nuevo en un mes, ¿verdad?
No respondí a esa pregunta que sonaba como una afirmación. Solo le pude sonreír a Bell antes de adentrarme en el vagón.
Esta era mi última vez en la pacífica capital.
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