La lluvia caía con una monotonía gris sobre los edificios desgastados de la ciudad, resbalando por los vidrios sucios de apartamentos viejos, calles rotas y anuncios luminosos que parpadeaban como si incluso ellos estuvieran cansados de existir.
En medio de ese escenario apagado caminaba Jack De Chill.
Las manos hundidas en los bolsillos de una chaqueta barata, la cabeza baja, los auriculares puestos, aunque no sonaba música alguna.
Había aprendido desde pequeño que el ruido del mundo era más soportable cuando fingía no escucharlo.
Jack no era un chico normal. Nunca lo había sido.
Desde que nació, parecía como si la desgracia lo hubiera marcado con una firma invisible. Su apariencia física, afectada por una rara condición genética, lo había convertido en el blanco favorito de burlas, desprecios y miradas de lástima. Su rostro no encajaba con el estándar aceptable de belleza, y en una sociedad que adoraba lo superficial, aquello era casi una sentencia.
En la escuela lo llamaban monstruo, en los trabajos lo miraban como si fuera un problema andante, en la calle, la gente evitaba sostener la mirada por más de dos segundos.
Con el tiempo, Jack dejó de molestarse en sonreír.
—La vida realmente me odia… —murmuró para sí mismo mientras pateaba una pequeña piedra mojada que terminó cayendo en una alcantarilla. Sin amigos, sin novia, sin un futuro que valiera la pena imaginar.
Lo único que poseía, lo único que de verdad le pertenecía, era una vieja computadora armada con piezas de segunda mano y un volante de simulación medio roto conectado por cables parchados. Su refugio. Su mundo: CarX Drift Racing 2.
Dentro de ese juego no importaba su apariencia, ni el desprecio ajeno, ni que en la realidad fuera un completo don nadie. En la pista virtual, Jack era libre.
Podía derrapar a doscientos kilómetros por hora en curvas imposibles, escuchar el rugido de motores modificados y sentir, aunque fuera por unos minutos, que tenía el control de algo en su miserable existencia.
Pero incluso allí la suerte parecía reírse de él, siempre quedaba a centímetros de la victoria, siempre cometía un pequeño error, invariablemente aparecía alguien mejor, algo se torcía en el último instante, era como si el universo disfrutara mantenerlo justo al borde de conseguir algo… solo para arrebatárselo.
La noche anterior había participado en un torneo online con premio económico. El dinero habría sido suficiente para pagar el alquiler atrasado de su pequeño apartamento y comprar comida decente por al menos dos semanas.
Perdió en la última curva, un derrape mal calculado, una colisión absurda contra la baranda.
Derrota.
Jack había apagado la computadora de un puñetazo.
Y ahora caminaba bajo la lluvia con el estómago vacío y la cabeza llena de pensamientos oscuros, su teléfono vibró.
Miró la pantalla.
Propietario: “Si mañana no pagas, te saco del apartamento.”
Jack soltó una risa seca.
—Claro… perfecto. Solo faltaba eso.
Guardó el móvil sin responder.
Siguió caminando sin rumbo fijo, cruzando avenidas, ignorando semáforos, esquivando charcos y personas. La lluvia empapaba su cabello, su ropa y sus zapatos, pero no le importaba.
De hecho, le gustaba.
La lluvia hacía que nadie notara si estaba llorando.
Pasó frente a una tienda de televisores donde una pantalla gigante transmitía una competencia profesional de drift. Los autos giraban con violencia controlada, dejando columnas de humo mientras la multitud rugía emocionada.
Jack se quedó inmóvil observando, sus ojos, cansados y opacos, brillaron por primera vez en el día.
—Algún día… —susurró.
Pero la frase murió sola… ¡Qué expresión tan ridícula.
Los sueños eran un lujo para la gente afortunada, no para alguien como él. Apretó los dientes y continuó.
El ruido de la ciudad se volvió distante: bocinas, motores, gente corriendo para no mojarse.
Sirenas lejanas. Todo parecía mezclarse en una masa confusa dentro de su cabeza.
Jack cruzó la avenida principal sin levantar la vista. No había semáforo en ese tramo, solo un cruce de tráfico pesado que durante el día mantenía activo el flujo de camiones de reparto entre el sector industrial y el centro. De noche, con la lluvia y los auriculares colgando, cualquier advertencia era invisible.
Un destello blanco surgió desde su izquierda, un claxon ensordecedor cortó el aire.
Cuando giró la cabeza, lo único que vio fueron dos luces gigantes acercándose a una velocidad monstruosa.
Un camión, sus ojos se abrieron, su cuerpo reaccionó tarde.
Demasiado tarde.
—¿Eh…?
El impacto fue brutal.
Sintió cómo el mundo entero se doblaba.
Su cuerpo salió disparado como una muñeca rota, girando en el aire entre lluvia, metal y cristales.
No hubo tiempo para gritar ni pensar en segundos… un segundo suspendido en el vacío…
…un segundo en el que Jack creyó escuchar su propio corazón detenerse.
Y luego…
silencio.
Un silencio absoluto. No sentía dolor, ni frío, ni nada. Solo oscuridad.
Una oscuridad tan densa que parecía tragarse incluso sus pensamientos.
Jack intentó mover un brazo, abrir los ojos, respirar… nada. Una presión helada recorrió lo que quedaba de su conciencia.
—¿Estoy… muerto?
Su voz no salió, pero la pregunta resonó dentro de aquel abismo sin forma.
Pasaron segundos o minutos, quizá horas, allí no existía el tiempo y entonces…
una luz apareció a lo lejos pequeña y titilante como una chispa flotando en el infinito negro.
Jack quiso acercarse, pero no pudo. Intentó gritar, pero la luz empezó a crecer… más brillante, más intensa, hasta convertirse en una presencia cegadora.
Una voz profunda, imposible de identificar como humana o divina, atravesó la oscuridad.
—Jack…
El nombre retumbó como un trueno.
Jack sintió un escalofrío que no debería haber podido sentir.
—¿Q-quién eres…? —pensó con desesperación.
La voz no respondió de inmediato, hubo una pausa pesada y solemne.
Como si aquella entidad estuviera observándolo desde todos los ángulos posibles.
Finalmente habló.
—Tu vida ha sido una cadena de desgracias.
Jack quiso reír.
“Vaya, eso ya lo sabía.”
Pero la voz continuó:
—Has sido humillado. Rechazado. Ignorado. Pisoteado por un mundo que jamás te ofreció una oportunidad justa.
La oscuridad vibró y la luz se volvió aún más fuerte.
—Sin embargo… todavía no puedes morir.
El corazón de Jack o lo que fuera que quedaba de él, se contrajo.
—¿Qué significa eso?
La voz resonó con una fuerza sobrehumana.
—Tu destino aún no ha comenzado.
De pronto, imágenes desconocidas explotaron frente a él:
carreteras infinitas… autos envueltos en fuego… velocímetros marcando cifras imposibles… gradas repletas de espectadores y un rugido de motores que hizo temblar todo el vacío.
Jack sintió vértigo, miedo, sintió una emoción salvaje que nunca antes había experimentado.
La voz habló por última vez:
—Corre… si quieres volver a vivir.
La luz lo devoró y Jack cayó… Cayó como si el universo entero se hubiera abierto bajo sus pies y cuando abrió los ojos… estaba sentado frente al volante de un automóvil desconocido que rugía a máxima potencia en mitad de una pista iluminada.
—¿QUÉ DEMONIOS…?
Frente a él, una curva mortal se acercaba y el contador marcaba:
200 KM/H