Jack sintió que el aire le era arrancado del pecho en una caída interminable. No había suelo, no había cielo, no había un punto de apoyo al que aferrarse. Solo la sensación de ser tragado por una fuerza invisible que lo empujaba cada vez más profundo hacia una realidad desconocida. Quiso cerrar los ojos, pero ya estaban abiertos. Quiso gritar, pero el rugido ensordecedor que lo rodeaba devoró cualquier intento de voz. Entonces todo se estabilizó de golpe.
Sus manos estaban aferradas a un volante, un volante real de cuero frío vibrando con violencia bajo sus dedos.
Jack inhaló bruscamente y casi se atragantó al sentir un olor espeso a gasolina quemada mezclado con caucho caliente. Frente a él, una pista nocturna iluminada por hileras de reflectores se extendía como una serpiente de asfalto. Las barreras metálicas pasaban a los costados convertidas en líneas borrosas por la velocidad, y el rugido del motor parecía perforarle los tímpanos.
—¡¿Qué demonios está pasando?! —gritó esta vez con voz real.
Miró el tablero.
200 km/h. Cualquier pista del mundo real habría sido suicida a esa cifra. Pero aquello no era el mundo real, y algo en sus entrañas lo sabía.
El corazón le explotó dentro del pecho.
La curva que tenía enfrente era cerrada, mortal, una de esas curvas que incluso en el simulador exigían precisión quirúrgica. Pero esto no era un simulador. El temblor del chasis, la presión del asiento contra su espalda, el olor del humo y la vibración brutal del motor eran demasiado reales.
Jack movió el volante por instinto, el coche respondió.
La parte trasera comenzó a deslizarse.
Las llantas chillaron con un grito agudo mientras una nube de humo blanco cubría momentáneamente los espejos. El vehículo se inclinó peligrosamente hacia un costado, y durante un segundo Jack creyó que iba a salir despedido contra la barrera.
—¡No, no, no, no!
Pisó el freno demasiado fuerte.
Error.
El coche perdió estabilidad.
El morro se fue directo hacia el muro.
Jack abrió los ojos con horror, pero en el último instante, algo extraño sucedió.
Su cuerpo se movió solo —o algo dentro de él lo movió—, sus manos giraron el volante con una destreza que no le pertenecía.
Su pie soltó el freno, rozó el acelerador y corrigió el ángulo con una precisión casi sobrenatural.
El auto recuperó la línea y la curva fue tomada.
Perfecta.
Jack quedó helado.
—¿Qué…?
Su respiración era caótica. Ni siquiera comprendía cómo seguía vivo. Sentía como si una memoria ajena hubiera tomado el control durante ese instante crítico. Como si alguien dentro de él supiera exactamente qué hacer aunque su mente estuviera completamente en blanco.
No tuvo tiempo de procesarlo.
Otra curva.
Luego otra.
La pista parecía un laberinto de muerte.
Jack apretó los dientes y se obligó a concentrarse. Si aquello era una pesadilla, morir en ella seguramente no sería agradable. Si era real… entonces tenía todavía más razones para no estrellarse.
Volvió a sujetar el volante con fuerza.
—Bien… bien… solo conduce… solo conduce…
El coche rugió al entrar en una recta descendente. Jack sintió cómo la adrenalina le atravesaba cada nervio. La velocidad ya no era solo una cifra en un tablero; era una presión salvaje que lo empujaba contra el asiento, una bestia invisible queriendo arrancarle el control.
Y, sin embargo… algo dentro de él comenzaba a sincronizarse, sus ojos calculaban distancias, sus manos reaccionaban más rápido, sus pies parecían recordar una coreografía desconocida.
Era imposible.
Jack jamás había manejado un coche real a esa velocidad.
Ni siquiera tenía licencia.
Pero su cuerpo actuaba como si llevara años haciéndolo.
Una curva en S apareció adelante. Jack giró, dejó deslizar la parte trasera, contravolanteó y aceleró con una naturalidad que hizo que su propio miedo se mezclara con asombro.
El derrape fue limpio y preciso… Hermoso.
—No puede ser…
Una carcajada nerviosa escapó de su garganta.
Por primera vez en toda su miserable vida, Jack sintió algo distinto a frustración… Sintió poder.
La pista comenzó a elevarse hacia un tramo montañoso. A la derecha había un barranco negro sin fondo visible. A la izquierda, roca viva. Un solo error significaba muerte instantánea. Pero ahora ya no estaba paralizado; estaba inmerso.
Cada curva se transformó en un desafío, cada recta en una descarga de adrenalina, cada chirrido de neumáticos alimentaba una euforia que le resultaba casi adictiva.
Jack empezó a respirar al ritmo del motor.
Entraba, derrapaba, corregía y aceleraba.
El mundo se redujo a eso, no existía el accidente, no existía la ciudad, las burlas ni su antiguo cuerpo.
Solo existían él y aquella máquina rugiendo en la oscuridad.
—¡Vamos! —gritó con una sonrisa salvaje que hacía años no aparecía en su rostro.
Una voz metálica sonó de pronto dentro del coche.
—Checkpoint superado. Distancia restante: tres kilómetros.
Jack miró a todos lados.
—¿Quién dijo eso?
No había nadie.
Solo el tablero, que ahora mostraba una serie de números rojos descendiendo.
3.0 km
2.9 km
2.8 km
—¿Checkpoint? ¿Distancia restante? ¿Es una carrera?
La idea lo golpeó.
Aquello no era simplemente conducir, era una prueba, la voz de la oscuridad.
“Corre si quieres volver a vivir.”
Jack tragó saliva.
Así que era eso… Tenía que terminar.
No sabía quién lo había enviado ahí ni por qué, pero entendió algo esencial: detenerse no era una opción.
Apretó el acelerador hasta el fondo.
El motor respondió con un rugido monstruoso.
La pista entró en su zona final: curvas consecutivas, puentes estrechos, conos, zonas con aceite derramado y saltos cortos. Parecía diseñada para destruir cualquier esperanza de un conductor novato.
Jack sintió un terror gélido recorriéndole la espina dorsal.
Pero, por encima de ese pavor, emergió una sensación más poderosa: determinación.
—No voy a morir aquí… ¿me oyes? ¡No voy a morir aquí!
Tomó la siguiente curva a una velocidad suicida. El coche casi rozó la barrera. Saltó un desnivel. Cayó con un golpe seco. Giró sobre una zona resbaladiza. Contravolanteó de nuevo. El humo cubrió por completo el parabrisas durante medio segundo.
Y aun así siguió.
1.2 km.
0.8 km.
0.4 km.
Al fondo apareció una estructura luminosa como un arco suspendido en medio de la noche.
La meta.
Jack sintió que el corazón se le iba a salir.
—Solo un poco más…
Una última curva cerrada apareció antes del arco. Entró demasiado rápido, el coche se inclinó, las llantas perdieron adherencia.
Por un instante el barranco quedó peligrosamente cerca.
Jack gritó y giró con toda su fuerza.
El auto derrapó lateralmente envuelto en humo, rozando apenas la defensa metálica.
Las chispas saltaron y atravesó la meta.
Todo se volvió blanco, el rugido del motor desapareció.
La presión del asiento se desvaneció, Jack jadeó violentamente mientras la luz lo envolvía por completo, cuando el resplandor disminuyó, el coche ya no estaba en movimiento.
Estaba detenido en una plataforma inmensa suspendida en la nada, Jack soltó el volante con manos temblorosas.
Su cuerpo entero vibraba por la descarga de adrenalina.
—Lo… logré…
Abrió la puerta con torpeza y bajó del vehículo. Sus piernas casi cedieron al tocar el suelo metálico. Respiró hondo una y otra vez, tratando de convencerse de que no estaba soñando.
Miró a su alrededor… oscuridad infinita y delante de él… una gigantesca puerta de luz comenzó a abrirse lentamente.
Desde el otro lado emergió una silueta humana, alta, inmóvil y amenazante.
Jack retrocedió un paso.
La figura dio otro, entonces una voz masculina, fría y desconocida, atravesó el vacío:
—Así que tú eres el nuevo candidato…
Jack tragó saliva.
Porque en ese instante comprendió que aquella carrera… solo había sido el comienzo.