Kami Road no era un circuito.
Era una advertencia con forma de asfalto.
La carretera de montaña serpenteaba durante doce kilómetros de subidas ciegas, curvas de horquilla y descensos que caían sobre precipicios sin barandilla visible, donde la oscuridad del abismo empezaba exactamente donde terminaba el borde del pavimento. En el mundo liminal no había espectadores: sólo cámaras flotantes del tamaño de un puño que registraban cada segundo con indiferencia mecánica. Y la pantalla holográfica en el punto de partida, implacable:
ELIMINATORIA 1 — POSICIÓN MÍNIMA REQUERIDA: 40 — DURACIÓN: 3 VUELTAS
Cuarenta y siete candidatos al inicio. Los siete últimos al cruzar la meta final no cruzarían ninguna meta más.
Jack estudió el trazado durante las dos horas previas a la largada. Las memorias del hijo de Ken Block le dictaban cada curva como si las hubiera recorrido mil veces: cada frenada tiene su punto de entrada, cada bajada su eje de rotación, cada superficie húmeda una textura que el neumático lee antes de que la mente lo procese. Aprendió a distinguir el asfalto rugoso del resbaladizo por el sonido que producía al rozarlo con la suela. Aprendió dónde la curva se cerraba y dónde abría.
Aprendió dónde podía venir el ataque de Max.
Porque desde el momento en que Jack se alineó en la parrilla, supo que eso llegaría. Max lo había situado en el puesto cuarenta y tres, en la fila trasera, con tres candidatos entre ellos que parecían asustados y dos que lucían directamente resignados. No era una coincidencia de la organización. Era un mensaje.
Jack ajustó las manos al volante. Respiró dos veces.
El sistema emitió tres pitidos.
Al cuarto, el mundo explotó en humo y caucho.
Los primeros dos kilómetros fueron caos. Cuarenta y siete vehículos en una carretera de montaña estrecha era una ecuación sin solución limpia: roces, bloqueos, un BMW que perdió la línea en la segunda curva y desapareció por el borde con una calma que heló la sangre, como si el abismo lo absorbiera sin ceremonia. Jack mantuvo la trayectoria. No peleó por posiciones que todavía no podía ganar. Observó, calculó, buscó los huecos donde el tráfico delantero empezaba a abrirse.
En la tercera curva cerrada, apretó.
El AE86 respondió con la exactitud que los recuerdos le habían prometido. La parte trasera se deslizó y Jack no corrió a corregirlo: lo aprovechó, ampliando el ángulo, saliendo de la curva con más velocidad de la que había entrado. Tres coches quedaron atrás en un solo movimiento.
Posición treinta y nueve.
Dentro del límite. Por ahora.
El tramo recto de subida que seguía le permitió ver la distribución del pelotón. Max ya estaba segundo, pegado al líder con una distancia calculada, como si no quisiera adelantar todavía. Esperando algo.
Jack lo archivó en algún rincón de su atención y continuó.
La segunda vuelta fue más limpia. Empezó a leer el circuito como había aprendido a leer las pistas del simulador: no como una suma de curvas sino como un sistema vivo, con ritmo y lógica propios. Cada vez que el AE86 derrapaba y él contravolantaba, era menos instinto y más diálogo entre sus manos y el asfalto.
Llegó al puente.
Era el único tramo plano de Kami Road: trescientos metros de hormigón gris suspendido sobre el vacío, sin barandillas, con el ancho justo para dos coches en paralelo. En la primera vuelta lo había cruzado sin incidentes. En la segunda, había un Mazda pegado a su izquierda que no había estado ahí antes.
Siguió adelante.
El Mazda comenzó a cerrarse.
Fue gradual, milimétrico, la clase de movimiento que podría parecer un error de línea en cualquier otro contexto. Jack lo registró pero no reaccionó todavía, porque actuar antes de confirmar era el error de los impacientes. Esperó un segundo más.
El Mazda continuó cerrando.
Jack clavó los ojos en el espejo retrovisor: detrás del Mazda, más atrás, el destello inconfundible del mono negro con franja roja. Max no conducía el Mazda. Conducía su propio coche. Pero alguien en el Mazda recibía instrucciones, porque aquello no era una impericia de piloto.
Era un bloqueo coordinado.
—¡Maldita sea! —
Jack giró el volante hacia la derecha buscando espacio. No lo había. El borde del puente estaba a cuarenta centímetros de su neumático derecho y el abismo debajo no tenía fondo visible.
Pisó el freno.
Error parcial: perdió velocidad, pero no la suficiente. El Mazda completó el cierre y el impacto fue lateral, seco, brutal. El AE86 se sacudió con una violencia que le arrancó el control de las manos durante un instante devastador.
El coche patinó hacia el borde.
Las llantas derechas abandonaron el asfalto.
Jack actuó sin calcular, sin los reflejos del hijo de Ken Block ni ninguna memoria prestada: giró con todo su peso, aceleró en el preciso momento en que cualquier otro conductor habría frenado, y el AE86 volvió al hormigón con un golpe que le vibró en los huesos hasta la base del cráneo.
Pero el daño estaba hecho.
El neumático trasero derecho había rozado el borde. Reventó.
El coche perdió estabilidad de golpe, como si el suelo se hubiera convertido en aceite. Jack luchó por mantener la dirección mientras el AE86 describía un arco incontrolable hacia la barrera de neumáticos al final del puente.
El impacto fue inevitable.
No fue a gran velocidad —no más de ochenta kilómetros por hora cuando tocó la barrera—, pero fue suficiente para que el airbag explotara contra su cara y todo se volviera blanco durante un segundo que duró una eternidad.
Silencio.
Luego el sonido del motor agonizando.
Jack abrió los ojos. Tenía la visión borrosa, un zumbido grave en los oídos y el olor a plástico quemado mezclado con el ya familiar aroma a gasolina derramada. La pantalla del salpicadero parpadeaba.
Se forzó a mirar la clasificación holográfica que flotaba sobre el punto de impacto.
POSICIÓN ACTUAL: 43.
Todavía dentro del límite.
Pero el coche no iba a moverse de allí.
Se escucharon las llantas chirriantes en el asfalto. Jack giró la cabeza con esfuerzo y vio a los demas pasando a su lado sin detenerse, sin mirarlo, porque en este lugar nadie se paraba por nadie. Al fondo del puente, alejándose ya hacia la tercera vuelta, el destello del mono negro con franja roja.
Max no se había molestado en mirar atrás.
Jack intentó abrir la puerta. Cedió a la segunda intentona. Se bajó con las piernas temblorosas y permaneció de pie junto al coche destrozado mientras el pelotón lo dejaba atrás.
La tercera vuelta comenzó sin él.
El contador holográfico seguía corriendo.
Jack miró el abismo a su derecha. Miró sus propias manos. Luego cerró los ojos y dentro de ese espacio oscuro buscó el eco de la voz que había escuchado en el garaje.
No conduzcas con miedo. Domina el miedo.
Esta vez, la voz traía algo diferente.
Una imagen que Jack no había visto antes: un hombre de cabello castaño con entradas, con una sonrisa que irradiaba algo entre orgullo y nostalgia, sosteniendo las llaves de un coche sin que Jack pudiera distinguir cuál era.
La imagen se disolvió en el momento en que quiso retenerla.
El silbato final del sistema sonó a lo lejos.
La clasificación actualizada apareció en el aire frente a él.
POSICIÓN FINAL: 41. ELIMINATORIA SUPERADA.
Había sobrevivido. Por dos posiciones.
Pero la tercera vuelta había terminado sin que él estuviera en ella. Lo que significaba que alguien, en algún momento de esa carrera, había abandonado antes.
Miró la pantalla con más atención.
En el lugar cuarenta y siete de la clasificación había un nombre tachado. En el cuarenta y seis, otro. En el cuarenta y cinco…
Jack parpadeó.
Reconoció ese nombre.
Era el candidato que había estado a su lado en la parrilla. El que antes de la salida había mirado el abismo con la expresión de quien ya sabe cómo termina la historia.
Cuarenta y cinco. Tachado.
No había cruzado la meta.
Jack sintió el peso de eso con una concreción que ningún número en una pantalla podría haber preparado. No había presenciado el momento en que desapareció. Pero había desaparecido. El sistema borraba a las personas como se borra texto de una página: sin ruido, sin rastro, como si nunca hubiera existido ese nombre en ningún rincón del universo.
Y de pronto, la supervivencia dejó de ser una abstracción.
Se escucharon pasos detrás de él.
Jack se giró.
A veinte metros, apoyado en el pasamanos del puente con los brazos cruzados, estaba el hombre de traje oscuro. Lo observaba sin expresión, con la paciencia de quien ya ha visto esto demasiadas veces.
—¿Qué necesito para la siguiente eliminatoria? —preguntó Jack.
El hombre no respondió de inmediato.
Cuando habló, fue con algo que Jack no esperaba escuchar.
—Necesitas hablar con él.
—¿Con quién?
El hombre señaló con la cabeza hacia atrás, hacia el interior de la ciudad que brillaba a lo lejos.
Jack giró la vista.
Y ahí, al extremo del puente, había una figura que no había visto llegar. Un hombre mayor. Cabello castaño con entradas. Una sonrisa que irradiaba algo entre orgullo y nostalgia. Las mismas llaves que había visto en el destello de la visión, ahora sostenidas hacia Jack en silencio, como si llevasen esperándole toda la vida.
Jack sintió un terror gélido recorriéndole la espina dorsal.
Pero por encima de ese pavor emergió una sensación más poderosa: reconocimiento.
Porque las memorias en su interior lo identificaron antes de que su mente consciente pudiera procesarlo.
Aquel hombre no era un candidato.
Aquel hombre era la razón por la que Jack tenía reflejos que no le pertenecían.
Era el padre.
—¿Q-quién eres? —preguntó Jack, aunque ya lo sabía.
El hombre bajó las llaves despacio. Y cuando habló, su voz era exactamente igual al eco que había escuchado dos veces dentro de su cabeza.
—Soy el hombre a quien pertenecían los recuerdos que ahora llevas contigo —dijo Ken Block—. Y tenemos muy poco tiempo.
Las llaves brillaron bajo el cielo sin sol del Limbo de los Candidatos.
Jack tragó saliva.
Y el contador de la siguiente eliminatoria, en alguna pantalla de la ciudad a su espalda, comenzó su cuenta regresiva.