Jack siguió al hombre de traje oscuro más allá del umbral de luz, y el mundo cambió.
No fue gradual. No hubo transición suave ni cuenta regresiva. Un paso dentro del vacío, otro fuera, y de pronto había asfalto bajo sus pies.
Asfalto real. Sólido, negro, marcado con líneas amarillas desgastadas que se extendían en todas direcciones como venas sobre una superficie viva.
Jack se detuvo.
Frente a él se desplegaba una ciudad que no debería existir. Torres de cristal oscuro se alzaban contra un cielo perpetuamente anaranjado —sin sol, sin estrellas, sólo esa luz de atardecer eterno que bañaba cada edificio con un resplandor metálico—. En la base de las torres, circuitos de drift serpenteaban entre estructuras de hormigón, iluminados por tiras de neón azul y rojo que palpitaban al ritmo de motores lejanos. El olor era inconfundible: caucho quemado, gasolina, aceite caliente.
Era como si alguien hubiera tomado las pistas de CarX Drift Racing 2, las hubiera vuelto tridimensionales y las hubiera habitado.
—¿Qué es este lugar? —murmuró Jack.
—El Limbo de los Candidatos —respondió el hombre sin girarse, caminando con paso firme hacia el centro de la ciudad—. Un espacio construido por las reglas del sistema entre la vida y la muerte. Cada alma atrapada aquí tiene una habilidad central que el sistema evalúa. La tuya es la velocidad.
—¿Sistema? ¿Qué sistema?
El hombre se detuvo frente a una pantalla holográfica que surgió del suelo como vapor. En ella aparecía una lista de nombres. Junto a cada uno, un número.
Jack buscó el suyo.
JACK DE CHILL — Posición: 47 de 47.
Último.
Un frío distinto al del vacío le recorrió el pecho.
—¿Qué pasa si alguien termina último? —preguntó, aunque ya intuía la respuesta.
—Desaparece —dijo el hombre con la misma calma con que daría el pronóstico del tiempo—. No muere. Simplemente deja de existir en cualquier plano. El sistema lo borra.
Jack tragó saliva. Su mirada volvió al número 47.
—¿Y cómo se sube en el ranking?
—Corriendo. Ganando. O al menos, no terminando el último en cada eliminatoria.
—¿Cuántas eliminatorias hay?
El hombre lo miró por primera vez desde que habían cruzado el umbral. Sus ojos eran extraños, sin color definido, como si reflejaran el cielo perpetuo de aquel lugar.
—Las necesarias.
Y sin añadir nada más, continuó caminando.
Jack lo siguió porque no tenía alternativa.
La ciudad era más grande de lo que parecía desde el umbral. Había garajes en cada esquina, algunos abiertos, con mecánicos que no levantaban la vista de los motores que ajustaban. Había pilotos recostados en sus vehículos, conversando en idiomas que Jack no siempre reconocía, evaluando con miradas frías a cualquiera que pasara cerca. Había tiendas de repuestos con piezas que él reconoció de su simulador. Pantallas en cada fachada transmitían repeticiones de carreras que parecían sacadas de otro tiempo, otro mundo.
Nadie lo saludó. Lo miraron con la expresión que se reserva para el perdedor que todavía no sabe que lo es.
Posición cuarenta y siete de cuarenta y siete. Aquí, ese número lo definía.
Jack apretó los dientes y siguió andando.
Fue en la plaza central donde lo encontró. O más exactamente, donde él lo encontró a Jack.
Era alto, de hombros anchos, con el cabello rubio platino peinado hacia atrás con una precisión que rezumaba arrogancia. Vestía un mono de competición negro con una franja roja en diagonal, y se apoyaba en el capó de un Nissan Silvia S15 modificado que brillaba como si lo acabaran de pulir con luz. Tenía a tres personas a su alrededor que no hablaban: sólo observaban, como guardaespaldas que hubieran aprendido a parecerse a muebles.
Miró a Jack de arriba abajo. Una sola vez. Luego soltó una risa corta, sin humor.
—Mira quién llegó —dijo—. El cuarenta y siete.
Jack no respondió.
—Se nota que eres nuevo. Todavía tienes esa cara de no entender nada. —Se incorporó del capó con la lentitud de quien sabe que nadie lo va a apurar—. Soy Max. Posición dos en el ranking. —Una pausa calculada—. Por si quieres saber a quién deberías temer.
—No estoy aquí para temer a nadie.
Fue una respuesta más tranquila de lo que esperaba salir de su propia boca. Las memorias fusionadas del hijo de Ken Block no eran sólo técnica de conducción: también eran postura. La forma de pararse frente a alguien que quiere hacerte sentir pequeño.
Max sonrió. Era la sonrisa de alguien que ya ha visto ese farol antes y sabe exactamente cómo aplastarlo.
—Cuarenta y siete de cuarenta y siete —repitió, despacio, como si saboreara cada número—. La primera eliminatoria es en seis horas. Kami Road. —Se inclinó levemente hacia adelante, bajando la voz—. Te recomiendo aprender el trazado rápido. Los que no lo conocen no terminan.
Se giró y se alejó con su séquito sin mirar atrás.
Jack se quedó inmóvil. Luego buscó la pantalla holográfica más cercana, donde el contador ya había comenzado.
PRÓXIMA ELIMINATORIA: KAMI ROAD — 5:58:34
Seis horas.
Necesitaba un coche. Necesitaba conocer el trazado. Necesitaba entender qué era capaz de hacer con los reflejos que ahora lo habitaban.
Jack De Chill, posición cuarenta y siete de cuarenta y siete, caminó hacia los garajes con la mandíbula apretada y algo nuevo ardiendo en el pecho.
No era exactamente valor.
Era la negativa a desaparecer.
En el garaje que el hombre de traje oscuro le había señalado sin explicaciones, Jack encontró un Toyota AE86 de color blanco con una franja negra en el capó. Modesto frente a los monstruos que había visto afuera, sin alerones exagerados ni escándalos estéticos. Pero cuando abrió el capó, los recuerdos fusionados se activaron solos: motor 4AGE modificado, suspensión calibrada para derrape, distribución de peso casi perfecta. No era el coche más potente del circuito.
Era preciso. Era manejable. Era lo que alguien necesita cuando todavía está aprendiendo a confiar en sus propios reflejos.
Se deslizó al asiento del conductor.
El volante vibró levemente cuando encendió el motor, como si reconociera sus manos.
Jack respiró hondo. Cerró los ojos un instante.
Y dentro de esa fracción de oscuridad, escuchó algo que no esperaba: una voz. No la voz grave y sobrehumana del vacío. Era diferente. Más humana. Más cercana. El eco de un recuerdo que no le pertenecía pero que ahora vivía dentro de él.
No conduzcas con miedo. Domina el miedo.
Los ojos de Jack se abrieron.
Pisó el acelerador.
El motor rugió.
Y por primera vez desde que había cruzado aquel umbral, Jack De Chill sintió que tenía una posibilidad real.
Aunque el contador en la pantalla seguía cayendo.
5:41:20.
Y Max, en algún lugar de aquella ciudad imposible, ya estaba planificando algo que Jack todavía no veía venir.