Capítulo 34: El hombre que temía la luz del sol
Poco después, se oyó alboroto afuera de la habitación. Pensé que era el gerente del hotel, pero Dalí asomó el cuello y comentó:
—Es el equipo contra la prostitución. Se están llevando al gordo y a la chica.
—Juzgando por el estado de la víctima —dijo Huang Xiaotao—, ¿crees que ella y el asesino tenían ese tipo de relación también?
—No podemos asumir eso a la ligera —respondí—. Tengo que comprobarlo.
Inhalé profundamente.
A decir verdad, aún era virgen. Examinar los genitales de un cadáver con siete días de descomposición no era tarea fácil. Pero como no había más forenses en el equipo, si no lo hacía yo, no lo haría nadie.
Al notar mi vacilación, Huang dijo:
—Que lo haga Xiaozhou. Seguro tiene más experiencia.
Xiaozhou se negó al instante.
—¡No! Soy experto en recolección de pruebas, no soy forense.
—Está bien —suspiré—. Lo haré yo. No es tan difícil.
Abrí las piernas de la víctima. Todos dieron un paso atrás enseguida. Me agaché, me animé mentalmente… y metí los dedos en cierto lugar.
No describiré el aspecto, el tacto ni el olor. Solo diré que desde ese momento, dejé de ver pornografía.
Le pedí a Dalí mi linterna. Iluminé el interior de los muslos de la víctima y asentí:
—Sí, hubo actividad sexual.
Pedí a Xiaozhou unos hisopos. Saqué un frasco de mi mochila y mojé los hisopos en el polvo medicinal que contenía.
—¿Qué es eso? —preguntó Huang.
—Un remedio que preparé yo mismo. Contiene extractos de perilla, magnolia, fruta wampee, raíz de thorowax y kudzu.
—No entiendo nada de medicina china. Solo dime qué hace.
—Este polvo drena los fluidos corporales retenidos en el cuerpo.
Introduje los hisopos profundamente. El asco se apoderó de los presentes. Dalí no se contuvo:
—¡Song! ¿De verdad eres virgen? ¡Actúas como si esto no te afectara nada!
—¡Cállate! —le espeté.
No tenía ni idea de lo traumático que era para mí. Y lo peor aún estaba por venir…
En ese momento llegó el gerente del hotel.
—Iré a interrogarlo —dijo Huang—. Song Yang, tú… sigue con lo tuyo.
Asentí. Ella llevó al gerente a otra habitación para no interrumpir mi trabajo.
Mientras tanto, usé pinzas para examinar las dos marcas en el cuello de la víctima. Noté un leve oscurecimiento en la piel —una posible infección bacteriana.
—¿Crees que el asesino era un vampiro? —bromeó Dalí.
—Imposible. Estoy cien por ciento seguro de que es un ser humano.
Tocaron a la puerta. Era el fornido oficial de policía que nos recogió en la universidad.
—¿Dónde está el líder del equipo?
—Interrogando. Puedes decirme lo que tengas.
—Identificamos a la víctima. Era una prostituta de un salón cercano. Lleva desaparecida una semana. Como no es raro en ese ambiente y el negocio es ilegal, no lo denunciaron.
—¿Qué más sabes de ella?
—Se llamaba Ma Lizhen, tenía veintitrés años. Vino a la ciudad hace cinco años desde una familia rural.
—¡Wow! —exclamó Dalí—. ¡Empezó a prostituirse a los dieciocho!
Lo miré fijo. Bajó la cabeza de inmediato, avergonzado.
Era hora de sacar los hisopos. Advertí al grupo que podría haber una “explosión” y que quien no aguantara debía salir.
—Yo estoy bien —dijo Dalí—. ¡Tengo estómago de acero!
—Como quieras. Pero te lo advertí.
Retiré los hisopos. De inmediato, un líquido blanco y espeso salió disparado con fuerza. Hubo varias oleadas: una primera ráfaga, pausa… y otra más.
El horror fue general. Gritos, gemidos, y algunos salieron corriendo. Dalí corrió al baño a vomitar, pero ya estaba lleno. Vagueó un rato, hasta que encontró una bolsa y vomitó allí. El hedor en la sala era insoportable. Hasta podía distinguir el aroma del omelette de cebolla que Dalí había cenado.
Xiaozhou se había puesto verde, pero aguantó. El único imperturbable era el oficial fornido, que ni pestañeó. Se ganó mi respeto.
Tomé los hisopos, los olí. Distinguí varios fluidos, pero nada de semen.
—El asesino tuvo relaciones con la víctima —dije—, pero sin contacto directo.
—Quizá usó condón —propuso Xiaozhou.
Volví a oler. Había secreción vaginal, sangre, orina, y el hedor de la putrefacción… pero nada de lubricante.
—No —dije—. No usó condón.
—¿Entonces… es impotente?
Miré el cadáver. El asesino no sudaba, tuvo relaciones pero no eyaculó. Todo apuntaba a una sola conclusión.
—¡Tiene una enfermedad rara! Su cuerpo no secreta ningún fluido corporal.
—¿Eso es relevante? —preguntó Xiaozhou.
—¡Muchísimo! Si no suda, no puede exponerse al sol. Tendría que vestir ropa gruesa, cubrirse por completo, usar gafas de sol y mascarilla. ¡Vive como un vampiro en esta ciudad! Ah, por cierto, ¿hallaron algún cabello?
—Solo de la víctima —respondió Xiaozhou.
—¡Exacto! Si su cuerpo no produce fluidos, su cabello se cae pronto. ¡El asesino es completamente calvo!
—E-entonces… —Xiaozhou palideció—. ¿De verdad es humano?
—Claro. Solo que su aspecto lo hará destacar. ¡Y eso facilita encontrarlo!
Huang tocó la puerta.
—Perfecto, están todos aquí. ¡Vengan, tenemos un gran hallazgo!
Me quité los guantes. Tenía las manos pegajosas por el sudor, y el olor en la sala era insoportable. Saqué pastillas de menta y me metí una en la boca.
Dalí, pálido, me miró como si estuviera loco. Le ofrecí una.
—¡Ni loco! ¿¡Cómo puedes comer algo después de eso!? ¡No quiero ver comida por días!
—¿Y quién era el del “estómago de acero”?
—¡Ya basta, deja de burlarte! —dijo casi llorando.
Quizá tenía razón. Desde el último caso, mi tolerancia al horror había aumentado.
Fuimos a otra habitación. Un joven con uniforme de botones estaba sentado cabizbajo.
—Él puso la cámara —explicó Huang, severa—. En cuanto lo presionamos, confesó todo.
—¿V-voy a ir preso? —preguntó el botones.
—¿Tú qué crees? ¡Violar la privacidad ajena es delito! Según el Código de Seguridad Pública, Artículo…
—Artículo 42 —dijo el oficial fornido, sin emoción.
—¡Eso! Artículo 42. Si alguien te denuncia, vas preso y te multan. Y nosotros también podemos denunciarte. Depende de ti ahora.
—¡Pero solo era un hobby! ¡Nunca compartí nada ni chantajeé a nadie!
—¿Hobby? —repliqué—. ¿Por qué no alquilas películas porno, entonces?
—No es lo mismo —dijo—. Las pelis son actuadas. Esto es real, crudo, emocionante… Siempre las veía antes de dormir, si no, no podía conciliar el sueño…
Notó las miradas furiosas. Bajó la cabeza, avergonzado.
—¿Tú pegaste el papel sobre el agujero de la pared?
—Sí. Vi el agujero mientras revisaba la habitación. Si mi jefe lo veía, descubriría las cámaras, así que lo tapé.
—¿No viste que alguien murió en esa habitación hace siete días?
—¡Señor, tengo cámaras en muchas habitaciones! ¡Hay más de cien horas de grabación al día! ¡No puedo ver todo! Solo reviso algunas en mis días libres.
—Tu vida debe de ser… fascinante —dije, con sarcasmo.
—¡Odio a esta clase de hombres! —gritó Huang—. No pueden conseguir una novia y usan a desconocidas para satisfacer sus deseos sucios. ¡Me dan asco!
Tal vez por ser mujer, este tipo de caso le afectaba más. Y considerando su belleza, quizá había vivido algo parecido.
Le dio una patada en la pierna al botones.
—¡Tráenos todas tus grabaciones, ahora!
Traducido por: Mel
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