Capítulo 113
113. La he buscado por mucho tiempo, esposa
El ocaso, con tonalidades que evocaban el otoño, se filtraba por la ventana.
Bleier se trenzó el cabello en dos mientras escuchaba el tenue murmullo de la multitud que llegaba desde la distancia.
«Aunque solo sea una peluca…».
Tras terminar de arreglarse, Bleier se situó frente al espejo sosteniendo un sombrero de paja. Al ponérselo como toque final, emanó una atmósfera puramente otoñal.
Ya estaba lista para disfrutar de la víspera del festival de la cosecha.
Cuando terminó sus preparativos y descendió al primer piso, Anna, que la aguardaba, quedó admirada al verla.
—Vaya, si no fuera porque es un bebé, creería que es una jovencita.
—Hmm, creo que estás exagerando un poco.
—Siempre soy sincera. Pregúntele a Mikhail cuando lo vea más tarde. Estoy segura de que estará de acuerdo conmigo.
Seguramente eran palabras vacías, pero aun así se sentía bien.
Bleier dejó pasar la efusividad de Anna con una sonrisa y se dirigieron juntas a la plaza del pueblo. Habían acordado encontrarse con Mikhail en la fuente de la plaza para disfrutar del festival.
Sin embargo, independientemente de la emoción por la celebración, sentía una pesadez en un rincón de su corazón.
Era porque la confesión que Mikhail le había hecho hace unos días rondaba por su mente.
—No significa que quiera que acepte mis sentimientos de inmediato. Por supuesto, puede rechazarlos en cualquier momento si siente que no es lo correcto.
—Solo, deme una oportunidad.
—La oportunidad de acercarme a usted no como cliente y maestro del gremio, sino como hombre.
A este paso, esta noche asistiría al baile de máscaras que se celebraría en la plaza junto a Mikhail.
Y si él la encontraba, comenzarían a salir formalmente, tal como él había pedido.
Nunca había pensado que otro amor llegaría a su vida. Había decidido que, si el amor era algo tan doloroso y agonizante, terminaría con Herdin.
En el resto de su vida, solo se suponía que estaría Asiel.
«¿Podré yo amar a otra persona?».
Sin llegar a una respuesta, alcanzó la fuente de la plaza. Las dos localizaron a Mikhail a primera vista, sin necesidad de buscar a su alrededor.
Como Bleier siempre había crecido rodeada de hombres como Ivan y Herdin, no lo había notado, pero Mikhail también era más alto que la mayoría de la gente.
Además, poseía una apariencia atractiva y una expresión suave, por lo que resultaba inevitable que destacara entre la multitud.
Era totalmente diferente a la imagen temible que suele evocarse al pensar en un maestro del gremio. Para alguien que no lo conociera, su apariencia era la de un noble criado con delicadeza.
Justo cuando Bleier y Anna lo habían descubierto e intentaban acercarse, Mikhail las vio primero y caminó rápidamente hacia ellas.
—Como esperaba, hay mucha gente. Sería mejor evitar los lugares donde se agolpan las masas y mantener la precaución.
Mikhail, que había llegado primero y analizado el entorno, le pidió a Anna:
—Anna, ¿podría proteger a la esposa a su lado?
—Por supuesto. Eso es exactamente lo que pensaba hacer.
Así, Bleier comenzó a recorrer el festival flanqueada por estas dos personas tan confiables.
Cuando el sol se puso por completo y cayó la oscuridad, las tiendas empezaron a encender sus lámparas una a una. La luz tenue de los faroles brillando en la penumbra realzaba aún más la atmósfera festiva.
En las tiendas ofrecían diversos artículos, como máscaras para el baile de denne noche y juguetes para niños, mientras que en los puestos callejeros vendían principalmente una gran variedad de comida. Como era un festival de otoño, todo era abundante.
«Es una atmósfera similar al festival de los cerezos, pero extrañamente diferente».
Mientras Bleier rememoraba inconscientemente el recuerdo del primer festival que visitó hace medio año, se detuvo al evocar naturalmente un rostro. Acto seguido, recordó el calor de aquella mano grande que la sujetaba firmemente para que no se perdiera.
Justo cuando intentaba borrar el recuerdo que había surgido involuntariamente, un aroma familiar grabado en su memoria estimuló su olfato.
Al girar la vista siguiendo aquel olor, divisó un puesto que vendía pan de crema.
Al mismo tiempo, el recuerdo del dulce pan de crema que comió bajo los cerezos volvió a ella, y sintió un vuelco en el corazón.
Los recuerdos son realmente aterradores.
Una vez grabados, no se pueden borrar a voluntad, y en cuanto se presenta la más mínima grieta, brotan como si hubieran estado esperando.
Mientras Bleier esbozaba una sonrisa amarga por el recuerdo repentino, Mikhail, que notó hacia dónde miraba ella, intervino de inmediato.
—Iré a comprarlo. Quédese aquí.
Parecía haber malinterpretado que ella deseaba comer pan de crema.
—No, no es necesario. Está bi…
Bleier intentó detener a Mikhail, pero él ya se había alejado hacia el puesto. Era una consideración para evitar que Bleier, estando embarazada, fuera empujada por la gente frente al mostrador.
Anna, que observaba la escena, susurró:
—En momentos así, parece una persona realmente dulce y detallista.
—¿No lo es siempre?
—Por supuesto que es una buena persona siempre, pero lo de dulce y detallista… no estoy tan segura.
Mientras hablaban, sintieron una mirada. Era la del vendedor del puesto que las había descubierto.
Él miró alternadamente a Bleier y a Mikhail, y mientras añadía un pan más a la bolsa de panes de crema, dijo alegremente:
—Tenga, este es para el bebé en la barriga. Y este es para el papá, para que coma bien y cuide mucho a la mamá del bebé.
A diferencia de Bleier, que quedó desconcertada por el malentendido, Mikhail sonrió como si ya estuviera acostumbrado y recibió la bolsa que le entregaba el comerciante.
Mikhail regresó a grandes zancadas hacia Bleier y Anna con la bolsa de panes de crema y, lo primero que hizo fue ofrecerle uno a Bleier.
—Gracias. Debe haber sido molesto.
—Para nada. A mí también me gustan las cosas dulces.
Como para demostrar que sus palabras no eran mentira, Mikhail devoró un pan de crema rápidamente.
Bleier, que también le dio un pan de crema a Anna, le dio un gran mordisco al suyo. Ante aquel dulzor, sus mejillas se hundieron naturalmente.
Al ver esto, Mikhail soltó una pequeña risa.
—Es bueno ver que come con gusto.
Con la punta de los dedos, retiró ligeramente una migaja de pan que había quedado en la mejilla de Bleier.
Avergonzada por el gesto, Bleier le tendió la bolsa, y Mikhail, sin rechazarla, tomó otro pan de crema.
No sabía si realmente le gustaba el pan de crema o no, pero una cosa era clara: él era alguien capaz de compartir y disfrutar de las cosas que a ella le agradaban.
A diferencia de Herdin, que se limitaba a observar en silencio mientras ella comía.
—Ah, parece que hay una obra de teatro por allá. ¿Vamos a verla? —propuso Anna mientras miraba alrededor.
Era la primera vez que veía una obra de teatro en la calle y no en un recinto, por lo que la curiosidad de Bleier se despertó.
Mientras Bleier asentía con presteza ante la propuesta de Anna, la reacción de Mikhail fue extraña.
A diferencia de lo habitual, Mikhail, que miraba hacia el otro lado de la calle con ojos fríos, recién entonces miró a Bleier.
—Lo siento. Me he puesto irritable porque hay demasiada gente.
Diciendo esto, Mikhail se dirigió con ellas hacia donde se desarrollaba la obra. Sin embargo, su mirada seguía siendo afilada mientras vigilaba los alrededores.
«¿Habrá sido solo mi imaginación que sentí una mirada hace un momento?».
Pero dado que ya había ocurrido aquel intento de secuestro, no estaba mal mantenerse alerta.
La obra estaba basada en la leyenda de Nereha y Roen, que era el origen del baile de máscaras de esta noche.
Bleier no podía apartar la vista de la representación callejera. Cuando aparecía una escena graciosa, miraba a Mikhail y a Anna y reía radiantemente.
Ante esa imagen, Mikhail también relajó su guardia y sonrió.
Después de la confesión, ella parecía sentirse extrañamente incómoda con él, pero verlo olvidarlo rápidamente y disfrutar así le resultaba simplemente adorable.
Finalmente, la obra terminó con gran éxito.
En ese momento, sonaron las campanas a lo lejos. Era la señal de que faltaban treinta minutos para el inicio del baile de máscaras.
Al escuchar el sonido, Anna miró a Bleier y a Mikhail y gritó con voz exagerada:
—¡Vaya, pero qué distraída estoy! Me parece que dijeron que llovería esta noche y dejé la ropa tendida.
—¿Que va a llover? El cielo parece estar despejado…
—Me regresaré primero. Sigan paseando tranquilamente.
Para cuando Bleier se dio cuenta de la intención de Anna de dejar espacio para ella y Mikhail, esta ya había desaparecido entre la multitud.
Al percatarse de que se había quedado a solas con Mikhail en un instante, Bleier se quedó paralizada.
Pensó que había venido al festival sin haber llegado a una respuesta, pero en realidad, la respuesta ya estaba decidida desde hacía mucho tiempo.
Simplemente había estado posponiéndolo porque se sentía culpable de rechazar los sentimientos de alguien que había sido tan amable con ella.
En el momento en que mordió aquel pan de crema que guardaba los recuerdos de los días de primavera, enfrentó sus propios sentimientos, que ya no podía evitar.
En una situación así, no podía darle falsas esperanzas a Mikhail. Si no lo rechazaba adecuadamente, eso sería, en efecto, un engaño.
Finalmente decidida, Bleier levantó la vista.
Sin embargo, la mirada de Mikhail no estaba puesta en ella, sino dirigida al otro lado de la plaza. Tenía unos ojos fríos que ella nunca había visto.
—… Esposa. Lamento decir esto, pero ha surgido algo que debo verificar rápidamente.
—Regresaré antes de que comience el baile de máscaras, ¿podría esperar aquí un momento?
Ante el tono tan serio, Bleier asintió inconscientemente. Habiendo obtenido el permiso, Mikhail desapareció inmediatamente hacia el otro lado de la plaza.
Bleier, que se quedó sola frente a la fuente, se sentó en un banco cercano y esperó en silencio a Mikhail.
Pero pasaron diez minutos, veinte minutos…
Mikhail no regresó incluso cuando sonaron las campanas que anunciaban el inicio del baile de máscaras.
En medio de esa espera, comenzó el baile.
Entre la multitud de personas enmascaradas, solo Bleier permanecía allí inmóvil, sin llevar máscara.
«¿Debería ponérmela yo también?».
Mientras Bleier dudaba ante las miradas de las personas que la veían extraño, unos niños con máscaras se acercaron corriendo.
—Hermana, ¿tú no usas máscara?
—Tienes que usarla. ¡Si no usas máscara, el dios del mar podría encontrarte enseguida y llevarte!
—… ¿Ah, sí? Gracias por avisarme.
Cediendo a la insistencia de los niños, Bleier se puso la máscara que había comprado mientras miraba las tiendas hace un rato. No quería arruinar la atmósfera del festival.
—¡No dejes que el dios del mar te atrape!
Habiendo cumplido su misión, los niños se alejaron saludando con la mano y una sonrisa de satisfacción.
Detrás de los niños que se alejaban, se veían parejas que se encontraban y reían alegremente. Algunos se abrazaban y otros se besaban sin reservas.
La imagen de las parejas mirándose con ojos llenos de amor era tan hermosa que llegaba a darle envidia.
Mientras Bleier observaba la escena con una sonrisa inconsciente, de repente, una sombra se proyectó sobre ella.
—Ah, lo siento. Probablemente la persona que busca no soy yo…
Pensando que alguien que la había confundido con su pareja se había acercado por error, Bleier se quitó la máscara y levantó la vista.
En ese instante, el aliento se le escapó al encontrarse con los ojos azules detrás de la máscara que la miraban desde arriba.
En una noche donde el tiempo parecía haberse detenido, los labios rojos del hombre que la observaba calmadamente con ojos fríos como un lago de hielo se movieron.
—Parece que sí eres la persona que buscaba.
Junto con una voz grave y lánguida, la mano del hombre envolvió la mejilla de Bleier mientras ajustaba su mirada.
—La he buscado por mucho tiempo, esposa.
El calor familiar de la punta de los dedos que tocaba su mejilla resultaba escalofriante.