Capítulo 16
Capítulo 16. El primer encuentro
16.09.2023.
—Me informan que la señora ha ido al gremio.
Esa fue la primera frase que Ruth dirigió a Herdin, quien había regresado tarde por la noche y se encontraba revisando documentos en su despacho.
Herdin, que fumaba un cigarro sin apartar la vista de los papeles independientemente de quién entrara, miró a Ruth ante aquella noticia inesperada.
—¿Qué significa esto, de repente?
—Sir Jerome, mientras patrullaba la mansión, vio a la señora salir a escondidas con una sirvienta hace aproximadamente una hora. Al seguirlas, informó que entraron en la calle del gremio.
Herdin se quitó el cigarro de la boca y preguntó:
—¿Ahora? ¿A estas horas?
—Sí. Acaban de regresar a la mansión.
Una risa irónica escapó de los labios de Herdin.
Quién diría que su esposa, que parecía ser la mujer más dócil del mundo, tendría el pasatiempo de realizar escapadas tan traviesas. El golpe inesperado lo dejó bastante aturdido.
—¿Desea que averigüe cuál era el objetivo de la solicitud?
—¿No es posible que esté tramando algo en colaboración con la familia imperial? Quizás planee absorber a Delmarck.
—Si ese fuera su objetivo, no se arriesgaría a movilizar a la princesa. El emperador dispone de gente más que suficiente para lograrlo.
—Bueno, tiene razón en eso.
—Y aunque pueda estar planeando algo así en un futuro lejano, no creo que sea ahora. El emperador necesitará mi poder.
Un peón poderoso que le otorgara la victoria en la guerra de conquista.
Herdin podía intuir vagamente el propósito de Ivan al impulsar este matrimonio gracias a la conversación mantenida durante el almuerzo anterior en el palacio imperial.
—Entonces, ¿por qué fue al gremio?
Ante la pregunta de Ruth, Herdin se pasó la mano con irritación por su cabello negro aún húmedo y se presionó las sienes, que pulsaban debido a una cefalea.
Eso era precisamente lo que él quería saber.
Qué demonios estaba pensando esa pequeña cabeza y qué estaba tramando.
Sin embargo, era improbable que el gremio revelara el objetivo de un cliente tan fácilmente, y forzarlos a hacerlo haría que el asunto escalara. Si Blair se enteraba, ocultaría sus propósitos por completo.
Tras permanecer sumido en sus pensamientos fumando en silencio durante un rato, Herdin ordenó con voz grave:
—Por ahora, solo escoltala. Sin llamar la atención.
Sin darse cuenta, el Festival de Año Nuevo estaba a solo un día de distancia.
También era el último día del año.
Blair bajó al comedor para desayunar, como de costumbre. El asiento de Herdin volvía a estar vacío hoy también.
—Su Excelencia salió de la mansión temprano por asuntos de trabajo —dijo Mason mientras le acercaba la silla, como justificándose.
Y era lógico, pues no había desayunado con Herdin desde aquel día del incidente con las sirvientas.
Sin embargo, para Blair aquello ya era algo habitual.
«Aun así, quería darle las gracias por lo de Lina».
No quería seguir teniendo una deuda moral con él.
Blair terminó su comida pensando que, si coincidía con él, debía darle las gracias antes de que fuera demasiado tarde.
Después, se probó el vestido para el Festival de Año Nuevo que había confeccionado la baronesa de Sionell y descansó un momento.
—Señora, la señora Loreline ha llegado.
Se había quedado dormida profundamente y despertó al escuchar la voz de Lina; era la hora del té acordada con Agnes.
Cuando se dirigió al invernadero donde ella la esperaba, Agnes la saludó afectuosamente.
—Hola, señora. Hizo mucho frío, ¿ha estado bien esta última semana?
—Sí. ¿Usted también ha estado bien, señora Loreline?
—Por supuesto, gracias a usted.
Habiendo fijado la cita en el primer té de la semana pasada, hoy era el segundo encuentro, por lo que técnicamente era la primera vez que tendrían una consulta formal.
Blair acarició el borde de su taza de té, sintiéndose algo nerviosa.
Originalmente, no le gustaba mucho conocer a personas extrañas, pero generalmente no solía inquietarse. Al haber nacido como princesa, había tenido que conocer obligatoriamente a muchos desconocidos, aunque no quisiera.
Como excepción, antes de regresar en el tiempo, tratar con la gente de la familia ducal de Delmarck era difícil y estresante.
Sentía que sus miradas la juzgaban a cada momento, evaluando si era una persona digna de ser la duquesa o si estaba a la altura de Herdin.
Después de volver al pasado, esas miradas dejaron de intimidarla, pero extrañamente, enfrentarse a Agnes la ponía nerviosa.
Sentía que Agnes podía ver a través de todo su ser.
Le resultaba extraño contarle su historia a alguien. Desde que Esmeralda murió, no le había confiado sus asuntos a nadie.
Agnes bebió un poco de té caliente para calentar su cuerpo congelado y comenzó la conversación.
—Por cierto, parece que fue ayer cuando recibimos el año nuevo, pero en un abrir y cerrar de ojos ya es el último día del año. El tiempo vuela realmente.
Blair no quería responder con frases cortas, pero no sabía qué decir.
Era aún más evidente porque había vivido una vida en la que siempre había alguien que guiaba la atmósfera sin que ella tuviera que esforzarse en pensar qué decir.
Afortunadamente, Agnes no parecía darle importancia.
—Habíamos acordado hablar de cosas del pasado a partir de hoy, ¿verdad?
—Sí. ¿Por qué historia empezamos?
—Hmm, sería difícil si solo intentamos recordar al azar… ¿qué tal si hablamos de recuerdos sobre el Festival de Año Nuevo?
—Sobre lo que ocurrió en el Festival de Año Nuevo del año en que sucedió el accidente. ¿Hay alguna anécdota que recuerde? No importa si es algo insignificante.
Blair recordó aquel día sin dificultad.
Porque ese fue el día en que conoció a Herdin por primera vez.
Un día antes de cumplir once años.
Hoy, siendo el último día del año, solía reunirse con parientes que no veía a menudo para intercambiar saludos de año nuevo por adelantado.
Blair visitó el palacio de la emperatriz habiéndose esmerado en su arreglo más que nunca. No sabía exactamente por qué, pero era porque últimamente Esmeralda había estado ocupada y era difícil verla.
«Le pediré a Su Majestad la Emperatriz que juguemos a las cartas. Hoy ganaré sin falta».
Entró al palacio de la emperatriz con el corazón lleno de ilusión.
Sin embargo, ya había un invitado presente.
—Vaya. Llegas justo a tiempo, Blair.
Al lado de Esmeralda, quien la recibió con su rostro afectuoso de siempre, estaba sentado un niño desconocido.
Un niño hermoso y pulcro, con el cabello negro y fino similar al de Esmeralda, el rostro pálido y unos ojos azules gélidos.
Blair reconoció al instante quién era.
Era el joven jefe actual de la familia ducal de Delmarck y el único sobrino de Esmeralda, Herdin Delmarck.
Esmeralda le había hablado de Herdin en varias ocasiones.
«Es un niño muy solitario. Sería estupendo que tuviera una buena amiga como nuestra Blair».
Ante las palabras preocupadas de Esmeralda, Blair, queriendo tranquilizarla, había prometido que se haría su amiga cuando lo conociera.
Pero, al encontrarse cara a cara con Herdin, Blair lo miró con ojos llenos de recelo. No le agradaba aquel intruso que interrumpía su tiempo tranquilo con Esmeralda.
—Preséntate, Herdin. Ella es la Princesa Imperial.
Esmeralda presentó a Blair mientras rodeaba suavemente el hombro de Herdin.
El niño, de expresión fría, se levantó de su asiento y mostró respeto.
—Herdin de Delmarck saluda a la estrella brillante del imperio, la Princesa Imperial.
La actitud del niño al saludar era impecable y educada, pero en su mirada se revelaba un aburrimiento imposible de ocultar.
Blair se estremeció al ver esa mirada.
Para Blair, que siempre había vivido rodeada de personas amables, la indiferencia de aquel niño, que era tres o cuatro años mayor que ella, resultaba extraña y temible.
Sin embargo, no podía huir tras recibir el saludo ni decepcionar las expectativas de Esmeralda, así que respondió al saludo con titubeo.
—H-hola. Lord Delmarck.
—Pensé que sería bueno que se conocieran alguna vez, me alegra que suceda así.
Esmeralda estaba feliz por el encuentro de los dos niños, pero Blair solo se sentía incómoda con la presencia de Herdin. Por fortuna o desgracia, el niño no parecía interesado en Blair.
Esmeralda, observando a los dos niños que ni siquiera se miraban, propuso primero:
—¿Jugamos a las cartas hoy también?
Blair se emocionó con la idea de jugar, y aunque Herdin mantenía una expresión indiferente, accedió a acompañarlas en el juego.
Sin embargo, a medida que avanzaban las partidas, la expresión de Blair se volvió progresivamente apática. Era la cuarta partida y solo Herdin seguía ganando.
Herdin, que ganaba constantemente, también empezó a aburrirse al no sentir tensión alguna.
Una Blair que deseaba ganar a toda costa y un Herdin que no tenía la menor intención de dejarse ganar.
A pesar de ello, ni siquiera intercambiaban una palabra, mucho menos se miraban a los ojos. A ese paso, aunque jugaran muchas veces más, parecía difícil que los dos niños se acercaran.
Esmeralda, sintiéndose incómoda, ideó otro método.
—Parece que se están aburriendo de jugar siempre al mismo juego. ¿Qué tal si probamos a jugar al ladrón?
Así comenzó el juego del ladrón.
Al principio, las cartas iguales salieron en parejas una tras otra y el juego avanzó rápido; pronto quedaron tan pocas cartas que llegó el momento de iniciar la guerra psicológica.
Esmeralda, a quien Herdin le quitó una carta, dejó escapar una pequeña exclamación. Significaba que Herdin había robado la carta del ladrón.
Ahora era el turno de Blair de elegir una carta de Herdin. Herdin, con su habitual expresión indiferente, le extendió sus cartas.
Sin embargo, Blair vaciló y no pudo elegir una carta de inmediato.
«Esta persona da miedo…».
Para hacer guerra psicológica, debía observar el rostro del oponente para deducir la carta, pero le aterraba mirar directamente a los ojos de Herdin.
En parte era por su gélida impresión, pero también era porque recordó los rumores sobre el poder que se transmitía en la familia ducal de Delmarck.