Capítulo 162
162. Papá arrepentido (6)
2024.02.09.
Ante el vehemente rechazo del niño, no solo Herdin, sino también Bleier y Ruth lo miraron con asombro.
Entonces, Asiel, con su pequeño cuerpo, empujó a Herdin hacia el interior de la oficina. Él se dejó llevar a regañadientes.
—Asiel, ¿qué ocurre?
—¡Luth duele! Papá no.
Al decir esto, los ojos de Asiel se humedecieron, como si estuviera a punto de romper a llorar en cualquier momento.
Herdin observó al niño con evidente desconcierto y analizó la situación para interpretar el significado de sus palabras.
Asiel intentaba, por cualquier medio, mantener a Ruth y a él alejados. A juzgar por sus palabras y acciones, el pequeño parecía pensar que su padre hacía sufrir a Ruth.
—¿Por qué siente dolor Ruth?
—Papá lo hizo.
—Papá no lastimó a Ruth.
Pero a pesar de la protesta de Herdin, Asiel se mantuvo firme. Aquella actitud recordaba mucho a la de su esposa cuando disciplinaba al niño por hacer algo prohibido.
Herdin, que soltó una risa incrédula ante aquello, cruzó la mirada con Bleier, quien sonreía divertida, y rió él también, admitiendo su derrota.
—¿Así que intenta protegerme de Su Excelencia? Estoy conmovida—
—¡No, Luth!
Ruth, que se acercaba con rostro emocionado, tampoco pudo avanzar más ante la orden tajante de Asiel.
«Ahora que lo pienso, creo que ocurrió lo mismo la última vez…».
Probablemente se debiera a que Ruth fingía estar mal con demasiada frecuencia frente a Asiel.
Herdin no dio importancia a las palabras del niño y lo tomó en brazos.
—Está bien, no molestaré a Ruth.
Luego, se dirigió a Ruth, quien aguardaba ansiosa sin poder acercarse más a Asiel.
—Termina tu jornada por hoy.
—Termina jonda por hoy.
El niño repetía las palabras y el tono de Herdin balbuceando, sin siquiera comprender su significado.
Ruth, feliz por salir temprano, insistió preguntando si no podía al menos tomarle la mano una vez, pero terminó abandonando la oficina sin lograrlo, vencida por la insistencia de Asiel, que solo gritaba: «¡No!».
Bleier, que había observado la situación con diversión desde atrás, se acercó finalmente a su esposo y a su hijo.
—No interrumpo nada importante, ¿verdad?
—Estaba esperando a ver cuándo venías; ya es demasiado tarde. De ahora en adelante, ven más seguido.
Fue una broma que contenía una verdad sincera, pero Bleier simplemente sonrió. Era un deseo que su esposa, quien valoraba la cortesía y la responsabilidad, difícilmente concedería.
Aunque era una lástima, decidió agradecer el desvío de sus obligaciones en aquel momento.
En ese instante, Asiel, que estaba en brazos de Herdin, señaló con su pequeño dedo un dibujo colocado sobre el escritorio.
Ante la voz del niño, las miradas de Herdin y Bleier se dirigieron naturalmente hacia allá. Lo que Asiel señalaba eran los planos del crucero que Ruth había dejado hace un momento.
—Así es, es un barco. Un barco muy grande.
Herdin, quien respondió con dulzura mientras acariciaba la cabeza del niño, recordó el plan que había ideado justo antes de que ellos llegaran y preguntó:
—El próximo mes es el cumpleaños de Asiel. ¿Qué les parece si lo pasamos en Ribren?
—¿En Ribren?
—Me informaron que el barco estará terminado pronto, así que pensé que sería buena idea ir a verlo juntos.
—Papá hizo el barco.
Ante la voz de Asiel, quien parloteaba orgulloso los logros de su padre, Herdin soltó una risita y añadió:
—Por supuesto, también quiero mostrarle a nuestro hijo la imagen de un padre genial.
Bleier miró con ternura los ojos de su esposo, que aguardaban respuesta, y pronto, con una sonrisa, asintió complacida.
No había razón para negarle el deseo de querer ser un padre ejemplar.
La familia de tres llegó a Ribren tres días antes del cumpleaños de Asiel. Era la primera vez que regresaban desde que Asiel nació y partieron.
El primer y segundo día permanecieron en la mansión para recuperarse del cansancio del viaje, y al tercer día, solo Herdin salió a revisar el barco terminado.
Mañana era el día del cumpleaños de Asiel.
Como tenían planeado ver el barco durante el día y celebrar una fiesta por la noche, había ido con antelación para verificarlo.
Asiel, que como de costumbre leía cuentos infantiles o jugaba con juguetes junto a Bleier, buscó repentinamente a Herdin al caer la tarde.
—¿A dónde fue papá?
—¿Extrañas a papá? ¿Lo esperamos juntas?
El niño soltó los juguetes con los que estaba jugando y asintió. Bleier lo tomó en brazos y se acercó a la ventana desde donde se divisaba la puerta principal de la mansión.
Al contemplar aquel paisaje, un recuerdo lejano surgió repentinamente.
«Ahora que lo pienso, en la vida pasada también esperé a Herdin así, junto a Asiel».
El recuerdo de un invierno excepcionalmente frío y gélido ahora se llenaba de calidez.
Aunque todavía no podía recordarlo simplemente con una sonrisa, ya había llegado al punto de no sufrir más por aquel suceso. Como un diario del pasado que abre de vez en cuando.
Bleier le explicó a Asiel un poco más sobre la ausencia de Herdin.
—Papá salió un momento para preparar el cumpleaños de Asiel de mañana.
—¿Cumpleaños? ¿Qué es cumpleaños?
—El cumpleaños es el día en que Asiel nació al mundo. Fue un día en que mamá y papá fueron muy, muy felices. Por eso es un día en que mucha gente se reúne para celebrar.
—¿Papá también viene?
—Claro, por supuesto que viene. Es el cumpleaños de nuestro hijo.
Al mismo tiempo que Bleier respondía, vio abrirse la puerta de la mansión y entrar el carruaje en el que viajaba Herdin.
Bleier señaló hacia el exterior de la ventana.
—Mira, ya llegó papá.
Asiel, que observaba a Herdin descender del carruaje, preguntó:
—¿Pero por qué no viniste hace mucho?
—¿Hace mucho? ¿A qué te refieres?
La primera fiesta de cumpleaños de Asiel se había celebrado con gran pompa en la casa de ciudad de la capital. La persona que había cargado a Asiel durante toda esa fiesta no fue otra que Herdin.
—El año pasado, papá te construyó una casita en tu cuarto como regalo.
Sin embargo, Asiel, pensando que su madre no comprendía sus palabras, sacudió la cabeza y añadió una explicación.
—No. Hace mucho, mucho tiempo. Papá no vino. Mamá lloró.
—¿Cuándo lloré yo…?
Bleier, que escuchaba el relato de Asiel, quedó atónita al recordar repentinamente un suceso de hace tiempo.
Si era más antiguo que el año pasado, ¿acaso…?
«Señora, Su Excelencia informa que su agenda se ha retrasado más de lo previsto. Por lo tanto, este cumpleaños pasará solo con usted y el niño…».
Las pupilas de Bleier comenzaron a temblar violentamente.
—Los ojos de mamá lloraron. Estaba muy triste.
Aquel día del pasado, ¿habría pensado Asiel que ella se veía triste al mirar sus ojos?
En el instante en que escuchó al niño, la posibilidad se convirtió en certeza.
Las lágrimas acumuladas en los ojos de Bleier cayeron pesadamente.
Solo entonces lo comprendió todo.
Por qué Asiel, en esta vida, le tenía miedo a Herdin.
Y por qué su crecimiento había sido más rápido y por qué era más sensible que en la vida anterior.
Porque eran cosas que ya había aprendido una vez en la vida pasada.
Si hubiera regresado con la mente de un adulto, sabría que eventualmente crecería y habría soportado aquel tiempo con paciencia.
Pero en aquel entonces, Asiel tenía apenas dos años.
Si regresó con sus recuerdos pero con la mente de un niño de dos años, debió ser muy frustrante tener un cuerpo que no podía mover a su voluntad.
Y para el niño, la única forma de expresar esa frustración era llorando.
«Aun así… Asiel sonreía cada vez que me veía».
El niño, desde el momento en que regresó en el tiempo y se reencontró con su madre, había estado diciendo con todo su ser:
Que él también había vuelto al lado de su madre.
Que amaba a su madre muchísimo.
—Eras tú, pequeño. Eras tú…
Incluso habiendo dado a luz y criado a Asiel en esta vida, en un rincón de su corazón siempre le había dolido pensar en el niño que quedó solo en aquel periodo de tiempo.
Pero en el momento en que supo que el Asiel de esta vida era el mismo ser que el Asiel de la vida pasada, una emoción indescriptible la invadió.
Al mismo tiempo que sentía alivio, se llenó de angustia y remordimiento por el niño que tuvo que atravesar dos vidas sin saber nada.
Bleier lloró mientras acariciaba repetidamente la pequeña espalda y la cabeza redonda del niño.
—Mi bebé, ¿cuánta frustración habrás sentido sin poder hablar?… Perdóname por no haberlo entendido. Debió ser muy difícil para ti todo este tiempo.
Al ver a su madre llorar, el niño también puso ojos llorosos y frotó las comisuras de los ojos de Bleier con sus manitas.
—Mamá, no llores. Está bien. Está bien.
El niño imitó exactamente las palabras y gestos que su madre usaba para consolarlo.
Bleier sonrió entre lágrimas mientras tranquilizaba al niño que se preocupaba por ella.
—Lloro porque estoy feliz, Asiel. Mamá está bien.
Cuando Bleier forzó una sonrisa, Asiel abrazó fuertemente a su madre. Bleier lo estrechó con ternura y susurró:
—Gracias por volver a buscar a mamá, Asiel. Mamá te ama mucho, mi bebé.
Mi amor. Mi vida. Mi existencia.
Mi todo.
Habiendo recuperado todas esas razones, sería feliz por siempre de ahora en adelante.
Junto a los dos hombres amados que se habían convertido en su todo.
El maná negro agitó toda la habitación y, ante los ojos de Asiel, Bleier y Herdin se convirtieron en cenizas y desaparecieron.
El niño, que observaba la escena, salió gateando de la cuna sollozando.
En los pequeños pies del niño que caminaba hacia el lugar donde estaban su madre y su padre, se manchó sangre roja brillante. Era la sangre de Ruth, quien había muerto hace un momento a manos de Herdin.
Asiel recordó y repitió las palabras que Bleier decía cuando él se caía y se lastimaba, viendo la sangre brotar de la herida de su rodilla.
Al mancharse los pies de sangre roja, sintió miedo, como si él mismo estuviera sufriendo.
El llanto del niño, que sollozaba, se hizo cada vez más fuerte. Sin embargo, sus pequeños pies, que caminaban tambaleándose hacia el lugar donde estaban sus padres, no se detuvieron.
En el momento en que finalmente llegó al lugar donde estaban los dos, el círculo mágico y el maná negro que quedaban débilmente envolvieron al niño.
Era la magia aterradora que se había tragado a su madre y a su padre, pero el maná remanente era el que sentía en su padre, por lo que no le resultó tan aterrador.
Pronto, un maná suave como el tacto de su madre envolvió el pequeño cuerpo del niño.
Asiel cerró los ojos pacíficamente, como cuando se dormía en los brazos de su madre.
Y cuando volvió a abrirlos…
Estaba sumergido en agua cálida.
El niño se sorprendió brevemente por el cambio repentino de lugar, pero pronto recordó y se tranquilizó.
Este era un lugar pequeño dentro de sus recuerdos, que ahora se volvían borrosos.
Sin embargo, no veía a Bleier, a quien buscaba desesperadamente. Justo cuando estaba a punto de romper a llorar de nuevo:
—Bebé.
Una voz que parecía resonar llegó a través del agua. Era muy tenue, pero definitivamente era la voz de su madre.
Aunque Bleier no aparecía por ninguna parte, su voz se escuchaba a menudo después de aquello. Junto a ella, sentía un calor que parecía envolverlo suavemente.
Asiel esperó escuchando esa voz.
Porque en sus recuerdos borrosos, quedaba la memoria de haber esperado pacíficamente en este lugar hasta encontrarse con su madre.
Aunque a veces, incapaz de soportar esa opresión, pataleaba.
Así, el día en que creció tanto que el espacio dentro del agua empezó a sentirse estrecho, el espacio que envolvía al niño comenzó a contraerse.
Al mismo tiempo, Asiel se dio cuenta instintivamente.
Que si salía ahora, podría encontrarse con Bleier nuevamente.
Con la única determinación de reencontrarse con su madre, el niño salió al mundo exterior tras una larga lucha.
Apenas salió del vientre de su madre y recobró el sentido, sintió un olor familiar a leche y la calidez de alguien que lo sostenía. Al mismo tiempo, la voz que tanto había extrañado se escuchó nítidamente muy cerca.
—Hola, bebé.
Por alguna razón su visión era borrosa, pero Asiel notó que esa voz era la de la madre que tanto había anhelado, Rira.
Su cuerpo no se movía según su voluntad y respirar era incómodo y extraño, pero al escuchar esa voz dulce, su corazón inquieto se calmó.
Asiel le dedicó una sonrisa tímida a la madre con la que se había reencontrado.
Si estaba al lado de la madre que siempre lo abrazaba con dulzura, sentía que todo estaría bien.
Así, el niño regresó a los brazos de su madre.