Capítulo 26
26. ¿Habría sido diferente si así hubiera sido?
26.09.2023
Herdin, quien observaba la escena con ansiedad, la apremió sujetando sus delicados brazos. Acto seguido, se mordió el labio, sorprendido por el tono exaltado de su propia voz.
Los brazos que sostenía se sentían tan frágiles que temía que pudieran quebrarse con un ligero exceso de fuerza.
Herdin apaciguó sus emociones, relajó el agarre sobre los brazos de ella y habló.
—…Usted es una paciente ahora. Cálmese y deje de—
—No, no quiero.
Blair se resistió, zafándose de su presión incluso antes de que él terminara de hablar. Ante esto, las pupilas de Herdin vacilaron.
Blair continuó hablando mientras lo miraba fijamente a los ojos.
—Si recupero mis recuerdos y resulta que fue una acusación injusta, haré que quede libre de ella; pero si es la verdad, lo resentiré por el resto de mi vida.
No quería convertirse en una criminal ni vivir sumida en la injusticia, atrapada por un pasado que no recordaba y cuya verdad desconocía.
—Yo también estaba triste.
—Yo también lo pasé mal.
—Tener que dudar de esa persona que me amaba tanto y de mi madre, tener que confirmar la verdad… tenía miedo.
Al empezar a pronunciar las palabras que en su vida pasada había tragado por temor a enfrentarse a él, la tristeza acumulada afloró. Las lágrimas que se había esforzado por contener comenzaron a deslizarse por sus mejillas.
Blair tragó el llanto que subía por su garganta y siguió hablando para evitar que los sollozos interrumpieran su discurso.
—Pero como ya no puedo más, porque tengo miedo, no quiero seguir viviendo así, ocultándolo todo sin saber nada.
Incluso si se trataba de un vínculo destinado a terminar, en esta vida no quería rendirse y huir como lo hizo en la anterior.
Al mirar los ojos empañados de Blair, las yemas de los dedos de Herdin temblaron levemente. Él apretó con fuerza su propia mano para evitar que se moviera por instinto.
Aunque ella lo había mirado antes con ojos que parecían estar a punto de llorar, era la primera vez que veía sus lágrimas. El hecho de que ella fuera quien lo enfrentara primero también resultó una reacción inesperada.
Al verla así, dejó de querer pelear con ella. De hecho, ya no podía hacerlo.
—…He cometido un error.
Su voz, baja y ronca, resonó en la habitación silenciosa.
—Olvidé que nuestro contrato se basa en la cooperación. Y que esa cooperación requiere confianza.
—En adelante, no volveré a dudar de usted ni a interrogarlo como hoy.
Blair lo miró atónita mientras él se disculpaba con serenidad.
Se había enfrentado a él directamente porque no quería repetir la misma relación que tuvo en su vida pasada, pero nunca imaginó que él aceptaría y se disculparía con tanta facilidad.
Mientras sentía un alivio interno, de repente le surgió un pensamiento.
«Si en aquel entonces, aunque tuviera miedo, me hubiera enfrentado a ti».
¿Habría sido diferente nuestro final en aquel entonces? ¿Habríamos evitado tener que dar este largo rodeo?
Era una pregunta cuya respuesta ya no podía conocer.
—Descanse ahora. Está muy agotada.
Blair se acostó en la cama, tal como él sugirió. Había salido después de mucho tiempo, se había encontrado con un desconocido y, para colmo, se había desmayado. Sumado a eso, la discusión con Herdin la había dejado exhausta.
Una vez que vio que Blair se cubría con la manta, Herdin se levantó y se acercó a la chimenea.
Mientras Blair asomaba solo los ojos por encima de la manta, observando su espalda con curiosidad, lanzó su pregunta.
—¿Le da miedo que encienda la chimenea?
Ante la repentina pregunta, Blair no pudo responder de inmediato.
Había empezado a tener miedo debido al accidente, pero nunca había admitido en voz alta que temiera algo que para los demás era normal.
Además, como a Katrina no le gustaba que se mencionara aquel incidente, ella prefería mantenerlo oculto.
—Primero, duerma.
Herdin utilizó el encendedor que estaba junto a la chimenea para prender un papel y lo lanzó al interior.
Mantuvo la vista fija en la cama, dispuesto a apagar el fuego inmediatamente si Blair sufría otro ataque, pero poco después, contrario a sus preocupaciones, se escuchó una respiración regular. De vez en cuando, se intercalaba el sonido de una tos seca.
Cuando el fuego se estabilizó en los troncos, Herdin arrojó algunos más a las llamas y se sentó al lado de la dormida Blair.
Quizás gracias al calor que empezaba a llenar la habitación, las pálidas mejillas de Blair recuperaban un tenue color. Durmiendo plácidamente, parecía una niña.
Exactamente igual a como se veía el día que la conoció por primera vez.
Sobre la imagen de ella, que conservaba el rostro de su infancia, surgió repentinamente la voz de Esmeralda que había escuchado alguna vez.
«No es culpa de la niña. Blair es una niña buena, independientemente de cómo sea su madre. ¿Tú no piensas lo mismo?».
De repente, recordó el día que conoció a Blair.
Para ser exactos, fue una semana después del primer encuentro.
Una semana después del festival de año nuevo, Herdin visitó nuevamente el palacio de la emperatriz, llevando consigo los orejeros de pelo de conejo que Blair le había prestado.
Herdin le tendió los orejeros a Esmeralda. Ella ladeó la cabeza.
—Vaya, ¿de dónde sacaste algo tan lindo? No me digas que preparaste esto tan pequeñito como regalo para mí.
—La princesa me los prestó. Los traje porque ella quería que Su Majestad se los entregara.
—¿Blair? ¿Cuándo?
—…¿No se lo dijo?
—¿De qué hablas? Blair no dijo nada.
La princesa estaba ansiosa por caerle bien a su tía. Por eso, él naturalmente pensó que ella habría contado lo sucedido aquel día para recibir elogios.
De pronto, recordó las palabras que Blair le dijo mientras se alejaba de él aquel día.
«Mantendré lo de hoy en secreto».
Ella realmente no se lo había contado ni siquiera a Esmeralda, a pesar de ser la oportunidad perfecta para recibir los elogios que tanto anhelaba.
Herdin se quedó atónito ante ese hecho.
—¿Pasó algo con Blair? —preguntó Esmeralda con rostro lleno de curiosidad.
Herdin explicó brevemente lo ocurrido. Mencionó que Blair lo siguió cuando él salió al jardín para tomar un respiro —mintió en esta parte porque no quería que Esmeralda se preocupara— y que ella le entregó los orejeros diciéndole que se tapara los oídos.
Durante todo el relato, Esmeralda mantuvo una sonrisa en el rostro, como si no pudiera soportar lo adorables que le parecían los dos niños.
Tras escuchar todos los detalles, Esmeralda le devolvió los orejeros a Herdin.
—Entonces, llévaselos tú mismo.
—Quien recibe el favor es quien debe ir a agradecerlo. ¿Intentas pasarme la tarea a mí? Ahora que has crecido, parece que quieres usarme como tu mensajero.
La voz de Esmeralda estaba cargada de picardía, pero él sabía que sus palabras no eran una broma absoluta.
Incluso él pensaba que delegar el agradecimiento en su tía no era cortés con la persona que lo había ayudado.
Sin embargo, no quería ir a buscar a Blair por voluntad propia.
Después de todo, ella era la hija de aquella concubina imperial.
Su tía era una persona benevolente por naturaleza y parecía capaz de abrazar incluso a esa hija, pero él no era así. Si podía evitarlo, no quería cruzarse con ella. Temía que esa ingenua princesa llegara a considerarlo alguien cercano.
—Por cierto, ¿realmente usaste estos orejeros? Debiste verte muy lindo. ¿Por qué no te los pones una vez más frente a mí?
Mientras él reflexionaba seriamente, Esmeralda se acercó a Herdin sosteniendo los orejeros de pelo de conejo con una expresión traviesa.
Ante esto, Herdin reaccionó con horror.
—¡No los usé! Solo los tuve conmigo.
Esmeralda soltó una risita al verlo y dejó los orejeros con un gesto de decepción. Cuando volvió a mirarlo, sus pupilas estaban calmadas, a diferencia de hace un momento.
—Herdin. ¿Odias a Blair?
Herdin no pudo responder.
No es que odiara a la niña en sí. Solo odiaba su origen. Así que, si tuviera que elegir, estaría más cerca del odio.
Sin embargo, no tenía talento para mentir como para decir que no, y no quería responder que sí para no sentirse una persona estrecha de mente, a diferencia de su tía.
—Blair no es ruidosa como los niños que no te agradan, ni te odia o te insulta sin motivo, ¿verdad? Además, dices que te ayudó.
Tras escuchar en silencio a su tía, Herdin habló.
—…Pero es la hija de esa mujer.
—No debes pensar así. Eso no es culpa de la niña.
—Blair es una niña buena, independientemente de cómo sea su madre. ¿Tú no piensas lo mismo?
Herdin no pudo refutar esas palabras. Aunque era imposible separar a Blair de Katrina, la princesa era, tal como decía Esmeralda, una buena persona.
Simplemente se esforzaba por negar ese hecho porque, desde su posición, debía odiar a Blair.
—Siento que ustedes también se vean arrastrados por las estrechas relaciones de los adultos.
Esmeralda sonrió amargamente y Herdin guardó silencio mientras la observaba.
Su tía era una buena persona.
Alguien que lo había cuidado con esmero tras perder a sus padres a temprana edad. Para él, era como una madre.
Por eso, incapaz de desobedecer las palabras de alguien así, terminó yendo personalmente al palacio de la princesa con los orejeros.
Los caballeros que custodiaban la entrada del palacio parecían bastante desconcertados ante la inesperada visita del Duque de Delmarck.
—Recibí un favor de la princesa durante el festival de año nuevo y he venido a expresar mi gratitud.
Mientras Herdin hablaba con los caballeros, una pequeña sombra se proyectó desde arriba.
Al mirar instintivamente hacia arriba, vio a Blair en el balcón, frotándose los ojos que aún no se habían abierto del todo.
Blair, que parpadeaba con los ojos entrecerrados, de repente se dio unas palmadas en las mejillas con ambas manos, como intentando despertarse. Entonces, sus miradas se cruzaron.
Su cabello rubio platino, despeinado, brillaba bajo la luz de la mañana, y sus ojos violetas se abrieron de par en par sobre un rostro enrojecido por el frío.
Mientras un suspiro escapaba de sus pequeños labios entreabiertos, su diminuto rostro se contrajo en una expresión de angustia.
Se escuchó débilmente la voz de Blair mientras corría de regreso al interior de la habitación: «¡Qué hago! ¡El Duque de Delmarck ha venido! ¡Ni siquiera me he lavado la cara…!». Parecía no darse cuenta de que la puerta del balcón seguía abierta.
Herdin soltó una risita al escuchar aquellas palabras.
Los ojos muy abiertos, el rostro contraído por la angustia.
Fue una mañana de invierno en la que, solo con presenciar aquello, pensó que había hecho bien en hacer caso a su tía.