Capítulo 27
27. Una noche cálida
Blair, que abrazaba la almohada mientras dormía, sintió algo extraño y abrió los ojos de golpe.
Lo que creía que era una almohada resultó ser Herdin.
El hombre que se había convertido en su esposo tanto en su vida pasada como en esta.
Él yacía a su lado, sumido en el sueño. Tal como ocurría en su vida anterior, cuando él fingía amarla.
El calor que emanaba de su cuerpo era reconfortante. Tanto, que deseó dejarse llevar nuevamente por el sueño en esa posición.
Por eso lo odiaba.
Temía acostumbrarse una vez más a ese calor.
Temía confundir esa calidez con amor.
Blair intentó incorporarse para abandonar la cama. En ese instante, la chimenea entró en su campo de visión.
Llamas rojas que ardían con intensidad mientras consumían la leña.
Al contemplarlas, Blair soltó un jadeo involuntario.
El desastre que incineró sus días felices.
La sensación de terror, el miedo a que aquellas llamas volvieran a consumirlo todo, la invadió. Poco a poco, su respiración se volvió agitada y su vista comenzó a nublarse.
Entonces, una mano grande cubrió su visión y la recostó nuevamente.
Para cuando Blair logró recuperar el sentido, el rostro de Herdin se encontraba frente al suyo.
—¿Tiene miedo?
Normalmente debería ser así. Ella albergaba un terror pavoroso hacia el fuego.
Sin embargo, su corazón, que latía aceleradamente, se calmó gradualmente. Su respiración también volvió a la normalidad.
Simplemente por el hecho de que él estuviera a su lado.
Era extraño.
Tras verificar el estado de Blair, Herdin cerró los ojos y habló con una voz grave y ronca.
—Siga durmiendo.
Blair vaciló un momento e intentó apartarse, pero el brazo que rodeaba su cintura se mantuvo firme, como si no tuviera intención de soltarla.
Al notar que Blair permanecía rígida, Herdin abrió los ojos y sentenció:
—Hoy haré uso de la cláusula de compartir habitación que mencionamos en el contrato.
Blair se sobresaltó ante sus palabras.
Había previsto que llegaría el momento en que él exigiría compartir habitación, pero no imaginó que sería hoy. Ambos acababan de discutir y reconciliarse, y ella acababa de despertar tras perder el conocimiento.
Sin embargo, si él lo deseaba, no tenía intención de rechazarlo. Si él pretendía exigirle compartir habitación cuando ella tuviera a Asiel, ella también debía aceptar sus peticiones sin negarse.
—Entonces… primero iré a asearme. No he podido hacerlo desde que regresamos…
Ante las palabras de Blair, la mirada de Herdin se volvió fría y dejó escapar una risa incrédula.
—Parece que me ve como una basura que intenta saciar su lujuria con una paciente.
—…No pensé eso. Como esto es parte del contrato, debo cumplir la promesa—
Otra vez el maldito contrato.
Al escuchar la palabra contrato fluir por los labios de Blair como un hábito, el ceño de Herdin se frunció por un instante, pero pronto relajó la expresión.
Después de todo, él había sido quien mencionó primero la cláusula del contrato.
—Me refiero a que, literalmente, solo durmamos juntos.
Al no comprender su intención, Blair lanzó una pregunta silenciosa con una mirada confusa.
Herdin soltó un suspiro y añadió una explicación.
—No podrá dormir si se queda sola con la chimenea encendida.
Los ojos de Blair, que lo observaban, parpadearon lentamente.
Era extraño. No obtener ningún beneficio por el simple hecho de dormir juntos carecía de sentido para él.
Por lo tanto, esto era únicamente por ella.
—No haré nada, así que solo duerma.
Como si hablara en serio, él volvió a cubrirla con la manta que se había deslizado de su cuerpo, retiró la mano y se acostó a una distancia prudente.
Estaban a una distancia tal que bastaría un pequeño movimiento para tocarse, pero él parecía tener la intención real de dormir así.
Blair miró fijamente el perfil de Herdin, quien mantenía los ojos cerrados.
El aire de la habitación calentado por la chimenea era cálido, la manta que él le colocó era acogedora y el calor de la persona a su lado, aunque no hubiera contacto, le brindaba una sensación de estabilidad.
«Aun así, sigo odiándote».
«Pero hoy ha sido un día realmente difícil. Estoy demasiado agotada. Así que…»
«Por hoy, ¿estaría bien?»
Mientras lo miraba y parpadeaba lentamente, Blair finalmente sucumbió al sueño.
Hacía mucho tiempo que no pasaba una noche tan cálida.
A la mañana siguiente, cuando Blair despertó, Herdin ya había salido de la habitación.
La chimenea estaba apagada, pero aún persistía el calor en el cuarto. Parecía que él había estado custodiando el fuego hasta hace poco.
Blair tiró del cordón de llamada y, tras esperar un momento, entró Lina cargando una palangana de plata con agua para lavarse la cara.
En cuanto Lina vio a Blair, sus ojos se llenaron de lágrimas. Su rostro reflejaba la angustia que había sentido la noche anterior.
—¿Por qué, por qué hizo eso? Usted, que le tiene tanto miedo al fuego… Si quería encender la chimenea, debería haberme llamado.
—Lo siento. Te preocupaste, ¿verdad?
Blair no mencionó con qué sentimientos había encendido la chimenea por su cuenta.
Insultar a Herdin terminaría por exponer sus propias debilidades y, además, el asunto ya se había resuelto favorablemente.
Tras consolar a Lina, Blair preguntó.
A menos que ocurriera algo extraordinario, Blair solía encargarse personalmente de la alimentación de la cría de comadreja.
Más que por responsabilidad u obligación, simplemente disfrutaba observar el crecimiento de esa pequeña criatura que se parecía a Asiel.
—Ah, hace un momento Melli fue a darle la leche.
Al escuchar la respuesta de Lina, Blair volvió a preguntar con expresión sorprendida.
—¿Así que perdonaste a Melli?
—…¿Debería no perdonarla después de todo?
Lina parecía dispuesta a despedir a Melli en ese mismo instante si Blair se lo ordenaba.
Blair negó con la cabeza mientras sonreía.
—No, no hagas eso. Mientras tú estés bien, yo estoy satisfecha. Me gustaría que te llevaras bien con las demás personas.
—Pero ella también se portó mal con usted, señora.
Blair tomó la mano de Lina y continuó hablando con voz suave.
—Lina, todas las personas cometen errores.
—Por supuesto, hay errores que no pueden perdonarse sin importar qué se haga, pero también hay otros que pueden corregirse aunque sea tarde.
—Si todo en una persona se decidiera por un solo error, la gente abandonaría todo tras fallar una vez, a pesar de que pudieran mejorar.
—Es cierto que Melli se equivocó, pero no creo que sea un error irreversible. Y sobre todo, ella misma se está arrepintiendo.
La noche anterior, en el trayecto desde la habitación de Blair hacia los dormitorios del servicio, Melli se había disculpado con Lina.
Al recordar aquella escena, Lina asintió lentamente, aceptando las palabras de Blair.
Blair preguntó con una sonrisa radiante:
—Entonces, ¿qué te parece si le damos la oportunidad de corregir su error?
—Ay, nuestra señora es demasiado buena, ese es el problema.
Lina suspiró y se quejó, pero una tenue sonrisa se dibujaba en su rostro mientras lo decía.
—Bueno, aun así… tal como dijo la señora, no parece ser una mala chica. Ella fue la primera en darse cuenta de que la señora se había desmayado y tomó las medidas necesarias.
—¿En serio? Tendré que darle las gracias a Melli.
Internamente, Blair se sintió orgullosa de que sus acciones, distintas a las de su vida pasada, estuvieran provocando cambios.
Blair se lavó la cara con el agua de rosas que Lina había preparado mientras escuchaba las pequeñas anécdotas de la mansión que la sirvienta le relataba.
Cuando Blair terminó de lavarse y se secó el rostro con la toalla, Lina soltó una pequeña exclamación como si acabara de recordar algo.
—¡Ah, es cierto! Su Excelencia pidió que le avisara en cuanto despertara. Quiere que compartan la comida que no pudieron tener ayer.
Aquello significaba que Herdin aún no había comido.
Blair se arregló ligeramente la piel, se cambió de ropa y bajó directamente al comedor. Mason, al verla, inclinó la cabeza en saludo y le abrió la puerta de inmediato.
En el comedor, él se encontraba sentado, vistiendo como de costumbre una camisa y un chaleco.
—¿Ha descansado plácidamente?
Aunque su atuendo era impecable y pulcro, el hecho de que inclinara la copa de vino con un rostro lánguido le otorgaba, de alguna manera, el aire de un libertino de la alta sociedad.
Esa naturaleza afilada del hombre no podía ocultarse, ni siquiera manteniendo la etiqueta o vistiendo con pulcritud.
Una atmósfera que, aunque se conociera su peligrosidad, o quizás precisamente por ser peligroso, resultaba inevitablemente fascinante.
Era una impresión que no había cambiado mucho desde la primera vez que lo conoció en su infancia.
Blair se percató de ese hecho una vez más mientras se sentaba a su lado.
—Sí, gracias a usted.
Una vez que Blair se sentó, los platos comenzaron a servirse. En la mesa solo resonaba el tintineo de los cubiertos.
Herdin no era alguien que soliera iniciar la conversación, por lo que para Blair aquel silencio era familiar. La diferencia con respecto al pasado era que, después de la noche anterior, ese silencio ya no resultaba incómodo.
Blair, que cortaba su bistec en trozos pequeños y masticaba detenidamente mientras observaba la reacción de Herdin, inició la conversación con cautela.
—Herdin. Sobre lo que hablamos ayer.
En lugar de una respuesta, él volvió su mirada hacia ella.
—Entiendo que, desde su posición, yo pueda resultar lo suficientemente sospechosa.
Ya lo habían hablado ayer, pero como todo terminó con la disculpa de él, sintió que debía brindarle una respuesta adecuada.
—Pero jamás haré nada que pueda perjudicarlo. Lo juro poniendo todo lo que tengo en juego.
La expresión de Blair al decir aquello era bastante solemne. Herdin, que la observaba fijamente, arqueó la comisura de los labios.
—¿En ese todo se incluye usted misma?
—¿Qué cosa en el mundo es más valiosa que yo misma? Si prometo poner todo en juego pero omito lo más preciado, el juramento no tendría credibilidad.
Blair lo miró con ojos confundidos.
Claramente, ayer él dijo que no volvería a sospechar, pero parecía cambiar de opinión en tan solo un día.
Sin embargo, al ver que su expresión estaba más relajada que de costumbre, no parecía que estuviera sospechando realmente o que estuviera de mal humor.
Aun así, Blair respondió con sinceridad.
—…Por supuesto que estoy incluida. También es sincero que deseo mantener una buena relación con usted.
Herdin soltó una risita al verla.
Una mujer que le pide que confíe en ella, aunque no puede decírselo todo con honestidad.
Es absurdo, pero… ¿debería confiar por ahora? Además, ayer no emanaba de ella el olor de ningún otro bastardo.
Justo cuando Herdin observaba a Blair con ojos interesados mientras daba golpecitos a su copa de vino, sonó un llamado a la puerta y entró Mason.
—Han llegado invitaciones para ambos.
La invitación que presentó llevaba el sello de la familia imperial. Era la invitación al banquete de cumpleaños de Katrina.