Capitulo 231: Capitulo_231_ES_FINAL
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Capítulo 231
Capítulo 74: El poder del dragón negro (4)
—¿Gritos... dices?
Cuando Jin inclinó la cabeza con curiosidad, Misha abrazó a Murakan.
—¿Miau?
[¿Miya?]
—Y bajo ninguna circunstancia deben entrar a la habitación.
¿Cómo demonios será el tratamiento...?
La curiosidad se despertó, pero decidió no preguntar. Después de todo, si solo Misha podía revertir a Murakan en este mundo, de nada servía preocuparse.
«Sea cual sea el método, está claro que el tratamiento será terriblemente doloroso. Aguanta, Murakan».
Sin tener la menor idea del dolor que le esperaba, Murakan yacía dócilmente en los brazos de Misha.
—Le agradezco de antemano, señorita Misha.
—Nos vemos luego.
¡Clac!
El sonido de la puerta cerrándose fue inusualmente pesado. Jin y Shuri se miraron el uno al otro parpadeando.
Y, segundos después, se escucharon gritos de inmediato.
¡Miaaauuuhh!
Un chillido agudo, característico de un gato, se filtraba a través de la puerta bien cerrada. ¡Miaaau! ¡Miaaauuuk! Shuri, sobresaltada, arañaba la puerta como pidiendo que la abrieran; el ruido ponía los pelos de punta.
[¡Miyá...!]
—Oye, Shuri. Misha simplemente está tratando a Murakan. No te preocupes.
—... Ya veo que ha comenzado.
Kikantel, que pasaba por el pasillo, se detuvo junto a Jin y habló.
Jin le había dicho a Shuri que no se preocupara, pero en realidad él tampoco podía estarlo del todo.
Por eso iba a preguntarle a Kikantel si todo estaría bien. Después de todo, ella había hablado con Misha durante toda la noche; seguramente habría escuchado algo más.
Pero el rostro de Kikantel estaba sombrío.
Incluso tenía los brazos cruzados y se mordía las uñas; parecía tan ansiosa que cualquiera diría que había cometido un crimen.
—¿Señora Kikantel?
—Huuu. Esperemos que aguante bien.
—¿Que aguante qué?
La ansiedad se extendió rápidamente.
—Ah, ¿la señorita Misha no se lo contó?
—¿Contarme qué?
—Esta cirugía no se trata simplemente de devolver a Murakan a su forma original. Si fuera solo eso, no tendríamos que preocuparnos. Resulta que la señorita Misha planea restaurar también el poder antiguo de Murakan.
¡Kiyeeh! ¡Kiyaaak!
A través de la puerta, los gritos de Murakan continuaban. También se oía un ruido como de engranajes girando, pero la voz de Misha no se escuchaba en absoluto.
—¿Y eso significa que, si algo sale mal durante la restauración, Murakan podría morir? ¿Es eso lo que quiere decir con que debe aguantar?
—Ah, no es eso. Si fuera así, la señorita Misha no habría realizado el tratamiento sin decírtelo.
Kikantel negó con la mano.
—Entonces, ¿qué?
—Si la cirugía fracasa, no habrá riesgo para su vida, pero se dice que perderá todo el poder que le queda.
Los ojos de Jin se abrieron con sorpresa.
Por un momento, sintió una oleada de ira hacia Misha.
Porque pensó que, si la cirugía implicaba un riesgo tan grande, Misha debería haberlo consultado con él o con Gilly al menos una vez.
Pero, por otro lado, también podía entenderlo.
«Si fuera Murakan, con seguridad... habría aceptado la cirugía incluso sabiendo ese riesgo».
Su antiguo poder, que le habían descrito el propio Murakan y quienes lo rodeaban, no podía compararse en absoluto con el actual. Se decía que era tan grande que podía disputar un «duelo» contra Tema Runkandel.
También se decía que superaba a todos los dragones que existían en el cielo, y la fuerza que Jin mismo presenció cuando luchó contra Peitel, que se había encarnado en Yulian, era aterradora. Tanto que el título de «Gran Dragón Negro» no le quedaba nada corto.
Y ese Murakan, ahora, se encontraba en un estado en el que difícilmente podría decirse que fuera superior a Jin, su protegido, y mucho menos a Kikantel.
Si ambos se enfrentaran a una crisis desesperada, quien protegería a su compañero sería Jin, no Murakan.
Por lo tanto, no había forma de que Murakan no quisiera la cirugía.
No todos los dragones guardianes del mundo eran más fuertes que sus contratistas, pero al menos era una mentalidad común entre ellos el que debían ser «suficientemente» poderosos.
Como si hubiera leído sus pensamientos, Kikantel añadió una palabra más.
—Aunque parecía que la señorita Misha despreciaba a Murakan, en cuanto supo que estaba mal, vino corriendo. Hará todo lo posible, así que esperemos unos días con paciencia.
—¿Qué probabilidades de éxito dijo que había?
—Dijo que alrededor de cinco de diez.
—No es tan bajo después de todo.
—Cielos, ¿qué es ese ruido? Suena como si un gato estuviera dando alaridos. No me digas que el señor Murakan está...?
Esta vez fue Gilly quien pasó por el pasillo y se detuvo frente a la puerta.
Cuando Kikantel le explicó de nuevo, el rostro de Gilly palideció en un instante. Jin tomó su temblorosa mano.
Ella pensó exactamente lo mismo que Jin. Aunque pensó que deberían haberles avisado antes si era así, luego llegó a la conclusión de que, si se trataba del señor Murakan, seguramente habría actuado de esa manera.
Los tres no podían apartarse del pasillo.
Naturalmente, los compañeros fueron llegando uno a uno, y cada vez que lo hacían, había más personas de pie frente al pasillo.
—¡Ay, señor Murakan...! Solo de escucharlo, me duele a mí también. Mi señor, cuánta angustia debe sentir usted.
—Joven maestro, señor Gilly. Seguramente lo superará.
—Tomen esto y vayan comiendo algo mientras esperan.
Para el mediodía, todos los compañeros se habían reunido frente al pasillo.
Los gritos no cesaron hasta la noche. Cada vez eran más frecuentes los sonidos de algo rompiéndose y las explosiones.
Y justo antes de la medianoche, los compañeros escucharon por primera vez un gemido que era claramente humano.
¡Uuuuh, uaaahk!
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No tenía nada que ver con los desgarradores maullidos de gato que habían escuchado hasta entonces; era inconfundiblemente la voz de Murakan.
A partir de ese momento, se escucharon alternados maullidos y gritos humanos. Durante el tratamiento, Murakan iba y venía entre su forma humana y la de gato.
Mientras los compañeros se sentían cada vez más perturbados.
Los gritos cesaron de golpe y la puerta se abrió.
Los presentes pudieron vislumbrar brevemente el interior a través de la puerta abierta: estaba cubierto de manchas de sangre y masas de energía oscura flotaban por todas partes. No pudieron ver a Murakan.
—¡Fuuu!
Misha salió al pasillo secándose el sudor de la frente.
Al ver a sus compañeros reunidos frente a ella, sus ojos se abrieron con sorpresa por un instante antes de encogerse de hombros.
—¿Qué es? ¿Vinieron todos a ver el espectáculo? Al parecer Kikantel les contó. Si lo que quieren es reconvenirme...
—No tenemos intención de hacerlo. Seguro que tomó la decisión de operarlo porque conoce a Murakan mejor que nosotros. ¿Cómo está?
—De momento, bien. Pero faltan aún algunos días de esto. Aún no es momento de confiarse.
Su sonrisa malvada de antes había desaparecido por completo, y su rostro denotaba un enorme cansancio.
Jin, el contratista de Misha, era el único que sabía cuánta energía espiritual había gastado ella durante el día.
La imponente energía que había sentido cuando la conoció se había reducido considerablemente. Eso demostraba que ella se había entregado por completo al tratamiento.
—Estoy cansada. Voy a comer algo y descansar.
—Prepararé algo de inmediato, señorita Misha. ¿Hay algún platillo que prefiera?
Para sorpresa de todos, la respuesta de Misha a la pregunta de Gilly fue:
—Pastel de fresa. Si no hay, cualquier otro pastel hecho con frutas ácidas.
Eran hermanas, después de todo.
* * *
Misha comenzaba el tratamiento todos los días al mediodía y terminaba cerca de la medianoche.
Así pasó una semana. Con el paso del tiempo, en esa habitación, los gritos humanos se volvieron más frecuentes que los maullidos.
—Hoy es la última prueba de fuego. No sabes cuánto sufro por culpa de mi estúpido hermano menor.
Misha miró a Jin y a sus compañeros con el rostro demacrado.
Superara o no esa prueba, a partir de hoy Murakan podría volver a convertirse en dragón y estar con sus compañeros.
¡Kiyaaahk!
Apenas comenzó el tratamiento, se escuchó un grito más desgarrador que nunca.
Pero no se oyó ningún maullido de gato. Porque la transformación inestable que iba y venía entre humano y gato ya no ocurría.
Nadie supo cómo pasó el tiempo hasta la noche. Todos contenían la respiración, reprimiendo apenas la ansiedad, mientras miraban fijamente la puerta cerrada.
Aunque Murakan perdiera su poder, eso no cambiaría la actitud de los compañeros hacia él.
Pero, ¿podría el propio Murakan soportar ese hecho? Esa era precisamente la duda que no los dejaba tranquilos.
—Ya casi es medianoche, joven amo. Por favor... Espero que esté bien.
En ese momento, los gritos desde el interior cesaron. Al mismo tiempo, el ruido de las herramientas de sanación también se detuvo.
Los compañeros, conteniendo la respiración, esperaron a que la puerta se abriera.
¡Click!
En cuanto la puerta se abrió, apareció un hombre de larga cabellera oscura como la noche: Murakan.
Al ver a sus compañeros, esbozó una sonrisa.
—Vaya, cuánto tiempo, todos.
—¡Murakan!
—¡Señor Murakan!
A diferencia de antes, su voz tenía un dejo de autoridad indefinible.
En cuanto Jin vio a Murakan, recordó la primera vez que lo conoció en el sótano del Castillo de la Tormenta. En ese entonces, como el joven Jin lo había sentido, una energía abrumadora emanaba de su mirada y sus ademanes.
La cirugía había sido un éxito.
Los compañeros lo supieron al instante, incluso antes de que Misha pudiera anunciar el resultado.
—¡Jajajaja! ¡Así es, yo soy Murakan!
De repente, Murakan estalló en una carcajada demencial. Sus compañeros no pudieron evitar dar un paso atrás, sobresaltados, por la poderosa energía que emanaba de él.
¡Crac, cruaaack!
Aunque era solo una risa, en el grueso muro de piedra del pasillo se estaban formando grietas. Algo que habría sido imposible para el Murakan de hacía cuarenta días.
—¡Esto es, esto es! ¡Este soy yo! ¡Keukeu, keuha! ¡Buaaahaha!
¡Pum!
El cuello de Murakan se dobló de repente. Un golpe que habría sido letal para un humano.
Era porque Misha, al salir de la habitación, le había propinado un fuerte golpe en la nuca.
—¿Te has vuelto loco? ¿Quién te dijo que gritaras así? Ya he tenido suficiente con tus gritos toda la semana, casi se me revientan los tímpanos.
Murakan se dio la vuelta de golpe, fulminó con la mirada a Misha, y luego soltó una risa entre dientes.
—De todos modos, gracias. Gracias a ti, sigo con vida. Ya que estoy agradecido, ¡te daré un abrazo! ¡Ven aquí!
—Lárgate.
—Está bien, solo era un decir. Tampoco es que quiera. Bueno, entonces, vuelve a tu casa. Yo tengo que celebrarlo con mis amigos. Te pagaré por tu trabajo después.
—Ey, sigue hablando y verás. Parece que con recuperar el poder se te ha subido a la cabeza. Cálmate, te lo digo en buen plan.
—¿Sigo aquí...? ¡Ugh! ¡Ug!
¡Pum! ¡Pum! ¡Pum!
Misha, lanzando una serie de puñetazos, hizo volar a Murakan por el pasillo. A simple vista, se notaba que sus golpes y patadas tenían una fuerza de al menos ocho estrellas de nivel.
Murakan recibía todos los golpes sin derramar ni una gota de sangre. Los compañeros no sabían si sorprenderse por los golpes de Misha o por la resistencia de Murakan.
—Solo has recuperado el cuarenta por ciento de tu antiguo poder, hermano menor. Ten cuidado o podrías morir si te pasas de listo.
Después de asestarle unos veinte golpes, Misha arrojó a Murakan como si fuera un trapo, sin cuidado.
—Ugh... ¡Tú! ¡Lo hiciste a propósito, no restauraste más del cuarenta por ciento! ¡Si me devolvieras todo mi poder, yo sería más fuerte que tú!
—Mira quién habla. Te doy cinco segundos. Si no te arrodillas y me das las gracias ahora mismo, te convertiré de nuevo en gato.
¡¿¡Y yo por qué!?
En el momento en que Murakan estaba a punto de protestar, Jin y Gilly lo atraparon al mismo tiempo. Luego, lo obligaron a postrarse.
—Te hemos dado muchas molestias, señorita Misha.
—Ustedes también deben de estar cansados de esperar. Pero, aunque me fastidie, tengo que admitir que el idiota tiene razón, ya es hora de que me vaya.