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- capitulo 3 - la fusión con el hijo de ken block
Jack permaneció inmóvil frente a aquella silueta durante varios segundos, con la respiración aún desordenada y el pulso golpeándole en las sienes. La plataforma metálica suspendida en la oscuridad parecía no tener fin, como si se encontrara flotando en un vacío donde ni siquiera existía el eco. La figura avanzó lentamente hasta quedar a pocos metros de él, y entonces la luz tenue que emanaba del suelo permitió distinguir su apariencia. Era un hombre de mediana edad, alto, de hombros anchos, con una expresión tan severa que parecía tallada en piedra. Vestía un mono de competición negro con detalles plateados, y en su pecho brillaba un emblema desconocido en forma de velocímetro atravesado por una llama azul.
Jack tragó saliva.
—¿Quién… quién es usted? —preguntó con la voz aún temblorosa.
El hombre no respondió enseguida. Lo observó de arriba abajo como si estuviera evaluando una pieza defectuosa de maquinaria.
—Sobreviviste a la primera inmersión —dijo finalmente—. Eso significa que tu sincronización no fue un fracaso.
Jack frunció el ceño, sin entender una sola palabra.
—No sé de qué está hablando. Hace un momento estaba… estaba en la calle, luego un camión me atropelló y…
—Y moriste a medias —interrumpió el hombre con una calma escalofriante—. Tu cuerpo sigue suspendido entre la vida y la muerte. Este lugar es la capa intermedia donde se decide si regresarás… o desaparecerás.
Jack sintió un frío recorriéndole la espalda.
—¿Desaparecer?
—No todos los que llegan aquí obtienen una segunda oportunidad.
El silencio volvió a extenderse. Jack observó a su alrededor buscando alguna salida, algún indicio de que todo aquello fuera una broma absurda, pero solo encontró vacío. Se volvió hacia el coche que acababa de conducir; seguía allí, inmóvil, emanando pequeñas columnas de humo del capó como una bestia recién domada.
—Yo no pedí estar aquí —masculló.
El hombre cruzó los brazos.
—Nadie lo hace.
Jack apretó los dientes. Su mente era un torbellino de miedo, incredulidad y rabia contenida. Quería exigir respuestas, despertar de un golpe, volver a su destartalado apartamento si era necesario… cualquier cosa antes que seguir atrapado en ese escenario sin sentido.
—¿Qué quiere de mí? —preguntó.
Los ojos del desconocido se afilaron.
—No es lo que yo quiero. Es lo que este sistema exige.
Antes de que Jack pudiera replicar, el suelo vibró bajo sus pies. Una serie de líneas luminosas aparecieron formando círculos alrededor del coche. El emblema del velocímetro llameante comenzó a girar debajo del vehículo, proyectando haces de luz hacia el techo inexistente del vacío.
Jack retrocedió alarmado.
—¡¿Qué está pasando ahora?!
—La integración de memoria —respondió el hombre.
—¡No sé qué significa eso!
Pero ya era tarde.
Un dolor agudo atravesó la cabeza de Jack como si una aguja ardiente le perforara el cráneo. Se llevó ambas manos a la cabeza y cayó de rodillas. Una oleada de imágenes comenzó a explotar dentro de su mente con una violencia insoportable.
Una pista de drift bañada por reflectores, el rugido de cientos de personas en las gradas, un garaje repleto de piezas de competición.
El olor del aceite y un hombre sonriendo mientras lanzaba unas llaves al aire.
Una voz grave diciendo: “No conduzcas con miedo. Domina el miedo.”
Jack apretó los ojos y gritó.
Las imágenes no se detuvieron. Vio manos distintas a las suyas modificando un motor V8, trofeos alineados en una repisa, una infancia entera tejida de circuitos, neumáticos y humo.
Vio un nombre repetirse una y otra vez en revistas, pantallas y titulares… Ken Block.
El mundo giró a su alrededor, su respiración se entrecortó, sintió como si otra conciencia se estuviera incrustando dentro de la suya, encajando recuerdos, reflejos, conocimientos y emociones que jamás había vivido. Era demasiado. Demasiado real. Muy intenso.
—¡Basta! —rugió golpeando el suelo.
Pero la descarga continuó durante varios segundos más, hasta que, de pronto, terminó.
Jack quedó jadeando, con el cabello pegado a la frente por el sudor y las pupilas dilatadas.
Miró sus manos… temblaban no solo por el miedo, también porque las sentía… diferentes.
Conocidas y desconocidas a la vez, sabía cosas que hace un minuto no sabía, podía reconocer el sonido de un motor por su compresión, podía calcular la trayectoria ideal de una curva solo con verla, podía identificar piezas, cajas de cambio, suspensiones, tipos de neumáticos, configuraciones de drift.
Y sobre todo…
conocía un nombre.
Levantó lentamente la cabeza.
—Ese recuerdo… ese hombre… Ken Block…
El desconocido asintió.
—La sincronización fue completada con éxito. Desde este momento posees la experiencia residual del heredero del linaje Block.
Jack abrió los ojos.
—¿Heredero?
—El cuerpo con el que estás enlazado en este plano pertenece al hijo de Ken Block. Un prodigio de la velocidad. Un conductor moldeado desde la cuna para dominar cualquier pista.
Jack miró otra vez el coche, luego sus manos.
—Entonces… ¿yo estoy en su cuerpo?
—No exactamente. Estás fusionado con sus capacidades mientras dure la inmersión.
La información golpeó a Jack con tanta fuerza como el camión que lo había atropellado. Dio dos pasos hacia atrás, intentando ordenar sus pensamientos.
—No… no tiene sentido… esto no puede ser real…
—La realidad dejó de obedecer tus reglas desde el momento en que cerraste los ojos en aquella avenida.
Jack respiró con dificultad. Una parte de él quería negar todo, pero otra —una parte nueva, más aguda, más intuitiva— comprendía que no estaba soñando. Los recuerdos implantados seguían vivos dentro de su cabeza, mezclándose con los suyos como aceite y gasolina.
Revivió de repente una técnica de derrape conocida como feint drift; también el eco de miles de aficionados gritando el apellido Block desde las gradas, como si ese nombre llevara décadas grabado en algún rincón de su cuerpo.
Reconoció un taller con herramientas colgadas simétricamente y supo que ninguno de esos recuerdos le pertenecía.
—¿Por qué yo? —susurró.
El hombre lo observó sin pestañear.
—Porque eras un recipiente vacío.
Jack sintió el golpe de esas palabras… vacío.
Eso había sido toda su vida: un fracaso andante, sin talento visible, sin afectos, sin propósito. Pero ahora…
ahora había algo dentro de él: una chispa, una capacidad latente, una brutal certeza de que por primera vez podía convertirse en alguien.
El desconocido se dio la vuelta.
—Ven.
Jack tardó unos segundos en reaccionar.
—¿A dónde?
—A tu siguiente fase. Si quieres regresar a la vida, necesitarás algo más que un primer derrape afortunado.
Jack observó la inmensidad negra que los rodeaba. No tenía alternativas. Apretó los puños y caminó detrás de aquel hombre.
Con cada paso, sentía los recuerdos fusionados asentarse con más claridad en su mente. Era perturbador… pero también embriagador. El miedo seguía ahí, sin duda, pero por debajo de él nacía algo nuevo, algo casi peligroso.
Expectativa.
Tal vez por primera vez desde que tenía memoria, Jack De Chill no se sentía como una víctima.
Se sentía como alguien a punto de entrar en un mundo que había esperado por él.
Entonces, a varios metros al frente, la oscuridad se abrió revelando una inmensa ciudad iluminada, carreteras y circuitos. Jack se detuvo boquiabierto.
El desconocido sonrió apenas.
—Bienvenido al verdadero escenario.
Y en lo más profundo de su pecho, Jack comprendió que aquella locura solo acababa de empezar.