Capítulo 27: La Última Sonata a la Luz de la Luna
Quedaba una última cosa por hacer: quemar unas hojas de dinero para espíritus como señal de respeto hacia los fallecidos. Era una regla heredada en la familia Song, y debía cumplirse.
A Dalí no le gustaba nada la idea. Seguía insistiendo en que nos fuéramos cuanto antes.
—Vámonos de aquí —dijo—. ¿Y si ese fantasma vuelve para atormentarnos?
—¿Sabes? —intervino Huang Xiaotao, divertida por la reacción de Dalí—. A los fantasmas les encantan personas como tú. La señorita Xia Mo solía ser muy bonita en vida. Creo que tú y ella harían una pareja perfecta.
Huang Xiaotao y yo entramos al edificio mientras Dalí se quedaba unos pasos atrás. Dudó durante unos segundos, pero enseguida gritó que lo esperáramos y corrió para alcanzarnos.
Cuando llegamos al tercer piso, escuchamos un ruido que nos puso los pelos de punta. Dalí me agarró del brazo al instante. Incluso Huang Xiaotao se veía un poco pálida.
—¿Qué fue eso?
—Sabes —dije—, creo que los fantasmas no dan tanto miedo como los humanos.
—Eso fue profundo —respondió Dalí—. Pero igual estoy cagado de miedo…
—Hay una canción de Jay Chou que te describe perfectamente, Dali —dijo Huang Xiaotao.
—¿Cuál canción?
—¿Qué clase de hombre? —dijo ella, riéndose.
Pronto llegamos al salón de música. Las cortinas blancas ondeaban con el viento, proyectando sombras sobre el piano, testigo de un amor apasionado y de un odio desgarrador. El ambiente era lúgubre. Probablemente el sonido que habíamos oído fue el viento empujando la tapa del piano y haciéndola caer.
Estaba a punto de entrar cuando Dalí me sujetó con fuerza.
—Vámonos. Si ese piano empieza a tocar solo, ya estamos muertos.
—Son solo rumores —le aseguré.
—Pero esa noche las chicas lo vieron con sus propios ojos…
Entonces señalé los cuatro ventiladores de techo sobre nuestras cabezas. Aunque no me había subido a inspeccionarlos, tenía una buena idea de cómo Deng Chao hizo que los alambres del piano volaran por la sala.
—Deng Chao compró algunos alambres de piano, los cortó en diferentes longitudes y los ató a las aspas de los ventiladores. Luego los encendió y ¡voilá! ¡Cables voladores por toda la habitación!
—¡Joder, ahora que lo explicas así parece tan obvio que no puedo creer que no se me ocurrió!
Les dije a ambos que podían quedarse en la puerta si tenían miedo. Me acerqué al piano, y poco después ellos también lo hicieron.
Encendí el dinero para espíritus y recité el Mantra de la Reencarnación, esperando que eso pudiera calmar el alma atormentada de la señorita Xia Mo. El dinero se convirtió lentamente en cenizas, y una brisa fría se llevó los restos.
De repente, escuché a Huang Xiaotao jadear. Me giré y vi a Dalí colapsado en el suelo, echando espuma por la boca y con convulsiones. Me sorprendí, pero reaccioné rápido y me arrodillé para ayudarlo. Le presioné el pecho, y tras unos segundos, Dalí abrió los ojos y se incorporó bruscamente.
—¿Dali? —pregunté—. ¿Estás bien?
Su expresión era extraña. Huang Xiaotao también lo notó, porque ambos retrocedimos al mismo tiempo.
—¿Por qué me hizo eso? —dijo Dalí, pero su voz sonaba más como la de una mujer—. ¡Lo amaba tanto! ¡Era todo para mí! ¡Le di todo lo que tenía! ¿Por qué me mató? ¡He estado esperándolo aquí por tanto tiempo!
Quedamos atónitos. No esperábamos eso.
—Señorita Xia Mo —dije—, el amor no funciona así. El hecho de que le hayas dado todo no significa que él pudiera devolverte lo mismo.
Dali tropezó y cayó al suelo.
—¡Pero lo amaba! —sollozó—. ¡Con todo mi corazón! ¡Y él me dijo que se sentía presionado, que era infeliz a mi lado! ¡Y luego me mató, me despedazó y me metió dentro del piano! ¡Solo quería amor verdadero! ¿Por qué no puedo tenerlo? ¿Por qué este mundo es tan injusto?
—Él sufría porque le diste demasiado —dije—. Tanto que se sintió atrapado.
Dalí me miró con rabia y apretó los dientes.
—¡Tú eres igual que él! ¡Todos los hombres son iguales! ¡Voy a matarlos a todos!
Me quedé helado. Estaba empapado en sudor frío. Sospechaba que Dalí, después de escuchar tantas veces la historia del fantasma de blanco y estar en ese ambiente tan cargado, perdió momentáneamente el juicio, olvidó quién era y creyó ser la chica que murió ahí.
Este fenómeno no era nuevo. Mi abuelo presenció algo similar una vez. Una viuda, al limpiar la tumba de su esposo durante el Día de los Difuntos, fue “poseída” por él y llevó a un vecino a la policía acusándolo de asesinato. Luego se descubrió que ella y ese vecino eran amantes y habían matado juntos al esposo. La culpa la llevó a proyectar ese remordimiento como una posesión.
En estos casos, las personas pierden toda razón. Podrían incluso herir o matar a alguien.
Pero entonces Huang Xiaotao se acercó lentamente a Dalí.
—¡No te acerques! —le susurré.
Para mi sorpresa, Dalí no reaccionó. Huang Xiaotao se acercó más y lo abrazó.
—Pobrecita… sé cuánto has sufrido —susurró con dulzura—. Tu vida fue difícil desde pequeña. Y cuando por fin encontraste a alguien que te amara, lo diste todo por miedo a perderlo. Pero él también te traicionó… Qué vida tan trágica.
Las lágrimas corrían por las mejillas de Huang Xiaotao.
—No estés triste —dijo acariciándole la espalda—. Ese bastardo ya está muerto. Debes continuar hacia tu próxima vida. Encuentra una familia cálida, un hogar feliz. Recuerda esto: nosotras, las mujeres, debemos ser fuertes y mantener la cabeza en alto. Si un tipo no vale la pena, ¡a buscar otro! A veces hay que besar unos cuantos sapos antes de encontrar al príncipe, ¿sabes?
—¡Pero no puedo olvidarlo! —lloró Dalí.
—¡Él era un idiota! —dijo Huang Xiaotao—. ¡Tú estabas a otro nivel! Inteligente, hermosa, dulce… ¡La más popular del campus! Ya sufriste suficiente. ¡Ahora ve y encuentra a quien sí te merezca!
Los sollozos se volvieron llanto desconsolado. Dali lloró hasta que, de repente, su expresión cambió y cayó desmayado.
Huang Xiaotao lo recostó con cuidado y le secó las lágrimas.
—¿Qué te pareció? —preguntó, orgullosa.
—¿Eso fue todo un acto?
—Claro —respondió, secándose el rostro—. Las lágrimas le dan un toque más realista. Me impresiona mi propio talento.
—La verdad… Eso fue brillante —admití.
—Eres pésimo para esto —dijo—. ¿De verdad creías que razonar con alguien en ese estado iba a servir?
—Tienes razón… —asentí, humilde.
En ese momento, Dalí despertó y se sentó con el rostro confundido.
—¿Qué pasó? ¿Por qué tengo la cara mojada?
Huang Xiaotao y yo nos miramos. Pensamos que si le decíamos que había sido poseído por el fantasma de Xia Mo, se desmayaría de nuevo. Así que, sin decir nada, acordamos decirle que se desmayó del susto.
Si Dalí fue poseído o no, no podía asegurarlo. Pero me inclinaba más a pensar que el ambiente lo afectó tanto que cayó en un estado hipnótico temporal.
Dali insistió en que nos fuéramos, pero le dije que aún me faltaba algo por hacer. Saqué dos billetes más de dinero para espíritus y los encendí en el suelo. Ambos me preguntaron para quién eran.
—Uno para Ma Baobao y otro para Zhang Kai —respondí—. Examinar cadáveres siempre es un acto de profanación. Al menos debo hacer una ofrenda para disculparme.
—Ma Baobao, Zhang Kai —dije—. Espero que encuentren paz en su próxima vida. He limpiado sus nombres. Ya no tienen nada de qué preocuparse.
Bajo la luz de la luna clara, una brisa suave levantó las cenizas y las llevó por la ventana, elevándolas lentamente hacia el cielo nocturno.
Traducido por: Mel
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