Capítulo 30: El Oficial Fornido
Una semana después de haber resuelto el caso del Piano Maldito, Huang Xiaotao me llamó para decirme que había recibido un reconocimiento formal por su labor en el caso… ¡y una gran pila de dinero como bonificación!
En el informe que entregó, hizo especial hincapié en mis métodos de autopsia y en mi valiosa contribución para resolver el caso. Gracias a eso, yo también recibí una bonificación. Como no era policía, solicitó para mí un puesto especial como “Consultor Especial”, que, debo admitir, sonaba bastante genial.
Poco después, se transfirieron 18.000 yuanes a mi cuenta. Para un estudiante universitario pobre, eso no era precisamente poco. Le di la mitad a Dalí, que lo aceptó con reticencia.
—¡Esto es demasiado! Ni siquiera te ayudé tanto.
—Considéralo una fortuna inesperada. Y como toda fortuna inesperada, es mejor compartirla que guardarla. Por cierto, también tengo que darle mil yuanes a Lao Yao.
—No, no, no —dijo Dalí—. ¡Déjame dárselos de mi parte! ¡Tú hiciste casi todo el trabajo! No podría vivir conmigo mismo si me quedara con más dinero que tú. ¡No discutas, insisto! De hecho, voy a buscar el dinero ahora mismo.
Como Dalí no cedía, no tuve más remedio que aceptar. Un rato después volvió y me dijo:
—Lao Yao te llamó hombre malvado.
—¿Por qué? —pregunté—. ¿Acaso no quería el dinero?
—Dijo que te ha estado ayudando desde el principio y que merecía más de mil yuanes.
—Ese bastardo codicioso —bufé—. Como si el dinero fuera lo más importante en una investigación criminal…
Nueve mil yuanes no era una suma tan grande, pero me alcanzaba para comprar algunos materiales y guardar un poco para futuras necesidades.
Compré un montón de hierbas medicinales y le pedí prestado un laboratorio a un profesor del departamento de ingeniería química para preparar algunos elixires secretos. Al final, casi no me quedó nada de ganancia por haber resuelto el caso. Pero eso no me importaba, porque lo que más deseaba era tener la oportunidad de participar en una investigación.
El hecho de poder usar lo que había aprendido para limpiar el nombre de los falsamente acusados, como lo hacía mi ancestro Song Ci, y de paso adquirir más experiencia y conocimiento, era todo lo que podía pedir.
Dos días después, recibí una llamada de Huang Xiaotao a medianoche.
—Song Yang, ¿puedes venir ahora? —preguntó—. Estamos investigando un caso extraordinario y necesitamos desesperadamente tu ayuda.
—¿Ahora? —pregunté sorprendido por su tono urgente—. Pero ya son las once, y a esta hora ya no hay autobuses en la puerta del campus.
—No te preocupes por eso —dijo—. Puedo mandar a alguien de mi equipo a recogerte. Espera afuera, en la entrada del campus, en media hora.
Antes de que pudiera responder, colgó.
Me eché agua fría en la cara para despertarme y despejar la mente, luego traté de despertar a Dalí. Pero apenas toqué su manta, noté algo raro: al levantarla, vi que ese idiota ni siquiera estaba en la cama. Había metido unas almohadas debajo para simular que estaba durmiendo. Maldije a Dalí por lo bajo. Seguramente estaba usando el dinero que acababa de recibir para escaparse a jugar League of Legends otra vez.
Me vestí, empaqué todo lo que creí necesario y salí del dormitorio.
Al llegar a la puerta principal de la universidad, vi al idiota en un cibercafé que frecuentaba. Llevaba auriculares y charlaba con una chica como si nada. Frente a él había platos descartables vacíos con palillos de bambú y varias botellas de bebida.
Le toqué el hombro. Se dio vuelta y se quedó boquiabierto al verme.
—¡Song! —chilló—. ¿Qué haces aquí? ¡Ah, ya sé! No podías dormir y viniste a jugar un rato, ¿no? ¡Vamos, justo hay una libre! Te enseño a jugar Demacia Championship.
—¡Olvídate del juego, idiota! —dije—. ¡Van a hacer una inspección sorpresa en los dormitorios en cualquier momento!
—¿¡Qué!? —exclamó Dalí—. ¡Pero ya casi es medianoche! ¿Están locos?
—¿Y por qué crees que se llaman “inspecciones sorpresa”, idiota? ¡Vamos, apúrate! Escuché que si descubren que no estás en tu habitación, ¡no te dejan graduarte!
Dalí dejó todo y salió corriendo conmigo. Por el camino no dejaba de murmurar excusas que podíamos usar para justificar nuestra ausencia. Al llegar a la puerta del campus, vi un Mercedes negro estacionado, y un hombre fornido apoyado en el auto, fumando. El brillo de su cigarro centelleaba en la oscuridad.
Ese debía ser el oficial que Huang Xiaotao envió a recogernos.
—¡Súbete al auto! —le dije.
—¿Qué auto? —preguntó Dalí—. ¿No vamos al dormitorio?
—No, te mentí —dije—. Huang Xiaotao me llamó. Hay un nuevo caso. Sabía que si no te mentía, no vendrías.
—¡Maldito traidor! —exclamó—. ¡Ni siquiera me despedí de la chica! No, espera, tengo que explicárselo. —Sacó su celular y abrió la app de QQ.
Al llegar al coche, vi al hombre fornido, que parecía tener unos cuarenta años. Llevaba un cigarro encendido, su físico era fuerte como el de un boxeador, su rostro duro y anguloso, su barbilla llena de rastrojo… pero lo más intimidante eran sus ojos: penetrantes como los de un depredador. Supe al instante que ese hombre había matado antes. Si no hubiese hablado con Huang Xiaotao por teléfono, habría pensado que era un mafioso.
En cuanto Dalí lo vio, se estremeció y se escondió detrás de mí.
—¿Eres Song Yang? —preguntó con voz grave y ronca.
—Sí —respondí.
No me atrevía a mirarlo a los ojos. Sentía que me atravesaban como dagas. Podía imaginarlo arrancando confesiones sin decir una sola palabra, solo con esa mirada.
—La líder Huang me pidió que los trajera —dijo, abriendo la puerta del coche—. Suban.
El extremo del cigarro brillaba como una pequeña bola de fuego.
Estaba por subir cuando Dalí me agarró del brazo.
—Song, ¿estás seguro de que este tipo es policía? ¡Míralo! Tiene algo raro. ¿Por qué no le pides la placa? ¡Podría ser un criminal queriendo vengarse!
Me reí.
—Solo resolvimos un caso, idiota. Y el único criminal que atrapamos fue Deng Chao, un universitario. Nadie va a querer vengarse de nosotros. Preocúpate menos. Súbete.
Dalí me siguió a regañadientes. Se sentó junto a mí en el asiento trasero. El oficial nos lanzó una mirada a través del retrovisor antes de arrancar.
—¿Cómo deberíamos llamarlo? —le pregunté.
—Mi apellido es Wang.
—Oficial Wang —dije—, ¿de qué trata el caso? ¿Podría darnos algún detalle?
—Eso, eso —añadió Dalí, lleno de curiosidad—. Si nos despertaron en medio de la noche, ¡debe ser algo grande!
—Lo verán cuando lleguemos… —respondió el oficial con tono monótono.
No dijo nada más durante todo el trayecto. Empecé a preguntarme por qué tanto secreto, e incluso llegué a sospechar, como Dalí, si realmente era policía.
Media hora después, circulábamos por una calle con negocios a ambos lados. La mayoría estaban cerrados, y las persianas cubiertas de anuncios. Vi muchos carteles que decían “productos para adultos” y “salud sexual”. La calle estaba llena de basura y había una zanja sin tapa con aguas sucias corriendo por ella. A juzgar por las apariencias, no era precisamente un barrio respetable.
El coche giró por un callejón estrecho lleno de pequeños hoteles con luces de neón. Uno de ellos se llamaba Hotel Yuelai. Había varios patrulleros estacionados y las luces rojas iluminaban el callejón. También había una multitud reunida.
—¿Has estado aquí antes? —me preguntó Dalí.
Negué con la cabeza.
—Llevo cuatro años estudiando aquí, pero casi nunca salgo del campus, así que esta zona me es desconocida.
—Este lugar me resulta muy familiar… —murmuró Dalí—. ¡Ya sé! ¡Es un distrito rojo!
—¿Y cómo sabes eso? —pregunté—. No me digas que has estado aquí…
—¡Claro que no, Song! ¡No soy ese tipo de persona! ¡Lo escuché de ese gordo Sun, el que vive en nuestro piso! ¿No te diste cuenta de lo turbio que es?
—No sabría decirte. No suelo hablar con gente así.
Cuando Dalí dijo “distrito rojo”, recordé una zona sin ley cerca de la ciudad de Nanjiang. Estaba cerca de una parada de ómnibus, y allí se mezclaban negocios legales e ilegales. Las peleas violentas eran frecuentes y a menudo terminaban con muertos. También había redes que engañaban a mujeres extranjeras prometiéndoles trabajos bien remunerados, pero acababan siendo explotadas como prostitutas. Y ahora estábamos justo en un lugar así.
El oficial fornido finalmente detuvo el coche. Apenas bajamos, vi a Huang Xiaotao corriendo hacia mí.
—¡Song Yang! ¡Gracias a Dios que ya llegaste! —dijo—. ¡Estamos completamente perdidos!
—¿Qué pasó? —pregunté.
—Un cliente del hotel encontró el cadáver de una mujer debajo de su cama —explicó—. Hay algo extraño en la forma en que murió.
Traducido por: Mel
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