Capítulo 32: ¡Si pierdes, cómete el cenicero entero!
—¿Oyeron eso, todos? —gritó Xiaozhou al resto del equipo—. ¡El gran detective Song acaba de decir que si no encuentra ninguna pista en el cadáver, se comerá el cenicero entero! Por cierto, el cenicero es de vidrio.
Los policías que trabajaban en la escena se detuvieron y comenzaron a murmurar entre ellos, con los ojos clavados en mí.
—Eso fue muy valiente, amigo —dijo Dalí, cada vez más nervioso—. ¿Y si pierdes de verdad?
—Y si yo pierdo —añadió Xiaozhou con aire grandilocuente—, ¡Me comeré lo que hay dentro del cenicero!
Los presentes estallaron en carcajadas y vítores. Era evidente que la mayoría apoyaba a Xiaozhou. Después de todo, era su líder.
Yo confiaba plenamente en mis técnicas de autopsia, pero igual me fastidiaba que me provocaran y me retaran todo el tiempo. “Muy bien —pensé—, prepárate para el espectáculo.”
—Perfecto —dije—. Primero examinaré el cadáver. Les avisaré cuando empiece la inspección real.
—Está bien —aceptó Xiaozhou—. Pero no vayas a contar tus propias huellas como prueba.
—Tranquilo. No soy tan estúpido ni tan descarado como para hacer trampa solo para ganar…
Xiaozhou notó la burla en mi tono.
—Muy bien —respondió, con un dejo de rabia—. Estoy ansioso por ver tu show.
Cuando se alejó, Huang Xiaotao suspiró.
—Song Yang, es mi culpa…
—¿Tu culpa? ¿Por qué?
Me explicó que Xiaozhou era un oficial que había estudiado en el extranjero y que solía estar muy orgulloso por eso. Cuando terminó su análisis del cadáver y le entregó el informe, ella, sin pensar demasiado, comentó: “Bueno, no te preocupes, esperemos a que Song Yang lo examine. Seguro él encontrará algo”.
Ella no lo dijo para menospreciarlo, pero él se lo tomó muy mal.
Desde entonces, había estado insistiendo en saber cómo examinaba yo los cuerpos, qué métodos usaba y dónde los había aprendido. Al enterarse de que provenía de una familia de forenses tradicionales, Xiaozhou lo sintió como una ofensa. Desde el primer momento quiso demostrar que era superior a mí.
—Fui una mala líder —concluyó Huang, levantando las manos—. No supe leer la situación y abrí la boca de más.
—No fue tu culpa —respondí—. Creo que se trata más bien de su personalidad.
—Xiaotao —intervino Dalí—, ¿quién tiene mayor rango entre tú y ese tipo?
—Tenemos el mismo rango —explicó ella—. Pero yo fui ascendiendo desde abajo, mientras que él entró directamente como superintendente desde el primer día.
—¿Qué? ¡Eso no es justo! —gritó Dalí.
—Sus credenciales eran mejores que las mías —dijo ella con una sonrisa autocrítica—. Se graduó en una prestigiosa universidad de Estados Unidos con una especialización. Yo solo fui a la academia de policía. No hay comparación.
—Vaya… —comentó Dalí—. No sabía que hacía falta tener títulos universitarios para ser policía. Pero dijo que fue discípulo de Henry C. Lee, ¿no? Eso sí que es impresionante.
—Escuchaste mal, Dalí —le aclaré—. Dijo que asistió a una clase suya, no que fue su discípulo. Si lo fuera, no nos lo dejaría olvidar.
Durante mi formación, había leído todos los libros y artículos de Henry C. Lee, y prácticamente toda la biblioteca de ciencias forenses de la universidad. Esa base, combinada con lo que aprendí de Los casos recopilados de injusticias corregidas, me dio un conocimiento bastante sólido.
Ya lo dice el refrán: conociendo al enemigo y conociéndose a uno mismo, se puede ganar mil batallas.
—Song Yang —me dijo Huang Xiaotao—, acabo de oír a Xiaozhou decirle a otro forense que había algo extraño en el cadáver. Cree que el asesino hizo algo para borrar las huellas. Por eso está tan seguro. Si no estás convencido, puedo sacarte de aquí en secreto…
—No te preocupes —respondí—. A menos que el asesino haya sido un fantasma, alguna pista tuvo que dejar.
Saqué de mi mochila una varilla negra de madera, del tamaño de mi palma. Dalí, curioso, me preguntó para qué servía.
—Se llama varilla de ecolocalización. Está hecha de ciprés, una madera densa que transmite muy bien el sonido. Se utiliza para la técnica de Ecolocalización de órganos. La última vez olvidé traerla, por eso me viste pegando la oreja al cadáver.
Tras verificar que tenía todo listo, coloqué un extremo de la varilla en el pecho, abdomen y espalda de la víctima, mientras golpeaba suavemente con los dedos y escuchaba del otro extremo. Descubrí que la muerte había ocurrido hacía siete días. Me alegré de no haber olvidado la varilla esta vez: no me habría gustado acercar mi oído a un cadáver con una semana de descomposición.
Siete días…
Coincidía con la creencia popular de que el alma regresa a casa al séptimo día. ¿No dijeron los que hallaron el cuerpo que la cama se movió? ¿Y si fue por eso?
Claro, yo no era experto en asuntos espirituales. Mi deber como forense tradicional era encontrar pruebas y atrapar al asesino. Lo demás… no era de mi competencia.
Volviendo al cadáver, la víctima había perdido tal cantidad de sangre que su cuerpo se había deshidratado. Además, estuvo en un compartimento casi sellado, con mínima exposición al exterior, lo que explicaba que se conservara relativamente bien a pesar de los siete días transcurridos.
En realidad, no se le drenó toda la sangre: a través de la varilla, detecté coágulos residuales en la cavidad torácica. Con una pérdida del 30% de sangre, el cuerpo entra en estado de shock; con un 50%, el sistema circulatorio colapsa; con un 70%, la muerte es inminente.
Por los síntomas del cadáver, estimé que perdió al menos un 70% de su volumen sanguíneo —¡suficiente para llenar un par de botellas grandes de Coca-Cola! Pensando en eso, miré instintivamente los dos orificios en su cuello.
¿Y si de verdad murió por culpa de un vampiro?
Le pedí unas tijeras a Dalí y corté su ropa interior.
—¡Eh! —exclamó Dalí, escandalizado—. ¡No podrías esperar a que Xiaotao se fuera primero?
—¡Cállate! —le espeté.
Huang Xiaotao observaba con los brazos cruzados, sin inmutarse. Estaba más que acostumbrada a esas escenas. El único que hacía un escándalo era Dalí.
A mis ojos, el género del cuerpo no tenía importancia: era solo eso, un cuerpo.
—¿Cómo vas a examinarla, Song Yang? —preguntó Huang—. ¿Vas a usar vapor de vinagre como la vez pasada?
Negué con la cabeza. Aunque lo consideré, no creí que funcionara. El Paraguas Forense tampoco era una opción: ya pasaba la medianoche.
Los métodos forenses deben adaptarse a las condiciones del momento. Así que opté por algo distinto.
Le pedí a Dalí que trajera mi mochila. Saqué un rollo de papel de Xuan de buena calidad y una botellita de aceite de camelia. Dalí me preguntó para qué eran.
—Para detectar huellas de manos —respondí.
No hablé de huellas dactilares porque sospechaba que sería imposible encontrarlas en este cadáver.
Xiaozhou nos oyó y vino directo hacia nosotros.
—¡Ajá! ¡El gran detective Song va a comenzar su autopsia! ¡Esto será un buen espectáculo!
—Entonces no pestañees —le advertí.
Pedí a Dalí que volteara el cuerpo. Por las marcas de mordida, deduje que el asesino la sostuvo boca abajo mientras le drenaba la sangre. Así que si había huellas, estarían en la espalda.
Además, tanto el papel Xuan como el aceite de camelia eran carísimos, así que no pensaba desperdiciarlos en todo el cuerpo. Un trozo de 10×10 cm de ese papel costaba 20 yuanes, y el aceite 100 yuanes por gramo. ¡Esta prueba de papel aceitado era el método forense más caro que nos dejó Song Ci!
Puse una hoja sobre la espalda de la víctima y dejé caer el aceite con mucho cuidado. El papel se volvió translúcido poco a poco, dejando ver la piel debajo. Coloqué una segunda hoja encima y repetí el proceso.
—¡Eh! ¡No deberías usar aceite en el cuerpo! Ahora tendremos que limpi— —Xiaozhou se interrumpió de golpe, con los ojos como platos.
—¡Mira! —exclamó Huang Xiaotao—. ¡Está apareciendo algo!
—¿Dónde? ¡No veo nada! —preguntó Dalí, entrecerrando los ojos. Siempre se negaba a usar gafas aunque era más ciego que un topo.
En el papel aceitado comenzaron a delinearse formas de manos. Eran tenues, apenas más oscuras que la piel. Pero yo las veía con total claridad.
Estaban justo donde imaginaba.
Coloqué una tercera hoja encima, apliqué aceite. Luego la cuarta. Y la quinta…
En cierto punto, el aceite ya no hacía que el papel se volviera transparente. La capa superior permanecía opaca… salvo en ciertos lugares.
Poco a poco, apareció la silueta clara de dos huellas de manos. ¡Perfectas!
—¡Santa madre, qué brutal! —gritó Dalí.
—¿Cómo hiciste eso, Song Yang? —preguntó Huang, maravillada.
—¡E-e-eso es imposible! —balbuceó Xiaozhou—. ¡Ya sé! ¡Eres un farsante! ¡Tramaste algo con el papel! ¡Es un truco barato!
Traducido por: Mel
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