Capítulo 12
12. El armario de los recuerdos
12.09.2023
Al día siguiente, Blair acudió al despacho de Herdin tras recibir su llamado.
En el despacho esperaban Herdin y un hombre de mediana edad a quien ella veía por primera vez. No fue difícil adivinar quién era aquel sujeto.
En cuanto el hombre vio a Blair, realizó una reverencia formal.
—Me llamo Marcel, soy hipnotizador. Es un honor conocerla, Princesa. No, ahora debería llamarla Duquesa.
Mientras hablaba, alternaba la mirada entre la mano y los ojos de Blair.
Cuando se conocía a una mujer de la familia imperial o de la alta nobleza, era costumbre que los hombres besaran el dorso de su mano como señal de respeto y cortesía.
Para ella, que había vivido veinte años como princesa, aquello resultaba familiar y natural.
Blair lo percibió y le tendió la mano.
Sin embargo, en ese instante, Herdin, que permanecía apoyado descuidadamente en el escritorio, se levantó, se interpuso entre los dos y sentenció:
—Tengo otros compromisos, así que empezaremos de inmediato.
El hipnotizador, cuya mano quedó suspendida en el aire al ser bloqueado por Herdin, la bajó con torpeza y comenzó a preparar la sesión.
Sentada en una mecedora en un rincón del despacho, Blair observó a Herdin con ansiedad.
Él permanecía firme en su lugar, con la intención de supervisar el proceso de la hipnosis.
—Herdin. Si está ocupado, puede dejarme aquí e irse a atender sus asuntos.
—He oído que quienes despiertan recuerdos difíciles de evocar a veces sufren. Por lo tanto, como su esposo, es mi deber permanecer a su lado.
Al escuchar aquello, el hipnotizador presumió que el duque apreciaba profundamente a su esposa, pero Blair lo sabía.
Contrario a sus palabras de preocupación, sus ojos azules, que la escrutaban con frialdad, decían:
«¿Cómo podría confiar en usted?»
Blair cerró los ojos y los abrió lentamente, como intentando borrar aquella voz gélida de su mente.
—Estoy lista. Comience, Marcel.
Las luces que iluminaban la estancia sombría se apagaron y el péndulo que colgaba de la mano del hipnotizador comenzó a oscilar.
Los ojos de Blair parpadearon pausadamente siguiendo el movimiento del péndulo y, finalmente, se cerraron con suavidad.
En la habitación silenciosa, solo resonaba la voz queda del hipnotizador.
—Regresa al día en que hubo un incendio en el Palacio de la Emperatriz hace diez años. Probablemente tenías unos diez años. ¿Es correcto?
La respuesta de Blair fue un murmullo, un tiempo más lenta, como si se encontrara en un estado semidormido.
Herdin, con los brazos cruzados y apoyado junto a la ventana, observaba la escena.
—¿Qué estás haciendo?
—Voy… al Palacio de la Emperatriz. Sin que mi madre lo sepa. A ella no le gusta que vaya allí.
—Entonces debes darte prisa. Ya casi es hora de llegar. ¿Has llegado?
—Sí… Su Majestad la Emperatriz me da la bienvenida.
—¿Qué haces allí ahora?
—Tomamos chocolate caliente mientras hablamos. También juego a las cartas con las doncellas.
—¿Qué haces después?
—Creo que me he quedado dormida.
—Abre los ojos lentamente. ¿Qué ves?
Ante la pregunta del hipnotizador, la tenue sonrisa que había permanecido en el rostro de Blair se desvaneció.
—Parece que es una noche muy oscura. ¿No ves nada a tu alrededor?
—Nada. Solo el vestido…
—¿El vestido? ¿Dónde estás?
—… Creo que estoy dentro de un armario.
Ante las palabras de Blair, la mirada de Herdin se volvió aguda.
En el momento del accidente, Blair fue hallada desmayada en el pasillo del Palacio de la Emperatriz y rescatada por los caballeros que habían acudido a salvar a la soberana.
Y en la habitación de la emperatriz, Esmeralda y su doncella yacían muertas, colgadas del cuello.
Nadie sabía exactamente qué había sucedido allí aquel día.
Debido a que las doncellas que se alojaban en el Palacio de la Emperatriz habían bebido té con somníferos y se habían dormido, sucumbieron a un sueño eterno junto con el palacio envuelto en llamas.
La única sobreviviente de aquel accidente fue Blair.
El recuerdo de Blair terminaba cuando despertaba y se encontraba dentro del armario del Palacio de la Emperatriz. Eso era todo.
Carecía de recuerdos desde que salió del armario hasta que fue rescatada en el pasillo. Por lo tanto, la verdadera búsqueda de la memoria comenzaba ahora.
El hipnotizador también notó la situación y ajustó su postura.
—¿Qué haces allí?
—No lo sé. Simplemente desperté y estaba en el armario…
—Entonces, ¿intentamos salir ahora?
Cuando el hipnotizador sugirió aquello, Blair soltó un jadeo. Parecía aterrorizada.
—… No puedo salir.
—¿Por qué? ¿Está la puerta cerrada con llave? ¿O hay algún otro problema?
—No, no lo sé. No puedo salir. No… no debo salir.
El ceño de Herdin se frunció levemente al mirar a Blair. Más allá del armario que ella no podía ver, debía aguardar la verdad de aquel día.
—Hmm, entonces, ¿qué tal si miras solo un poco hacia afuera por la rendija de la puerta? Para ver qué está pasando afuera.
—No quiero mirar… No quiero verlo. Tengo miedo…
Blair sacudió la cabeza y sollozó, como si hubiera regresado a ser la niña de diez años de aquel entonces.
—Sea lo que sea que haya o lo que esté sucediendo, no habrá ningún problema para ti. Ahora, respira hondo.
—Fuego, fuego… El humo está entrando.
Blair comenzó a toser y a jadear, como si realmente estuviera inhalando humo.
—Entonces, salgamos ahora del armario. Abre la puerta.
—La puerta… la puerta no abre.
Blair jadeaba con voz aterrorizada. Entonces, el hipnotizador intentó tranquilizarla.
—Puedes abrir esa puerta. Se abrirá si tú quieres.
Aquel día, Blair fue encontrada en el pasillo. No se sabía si alguien la ayudó o si salió por su propia cuenta, pero de cualquier modo, la puerta del armario se abrió.
Era muy probable que el hecho de que Blair pensara que no podía salir fuera una barrera creada por su subconsciente.
Sin embargo, Blair seguía sin poder abrir la puerta.
—Ugh… No quiero. Odio esto… Sálvenme. Por favor, sálvenme. Me asfixio…
Finalmente, comenzó a llorar y a retorcerse. El color había desaparecido por completo de su rostro, ya de por sí pálido.
Fue entonces cuando Herdin comprendió por qué Blair había intentado que él se marchara antes de comenzar la hipnosis.
Pero el hipnotizador, como si no hubiera escuchado aquello, continuó presionando a Blair.
—Debes abrir la puerta. ¡Tienes que abrir esa puerta y salir!
La respiración de Blair se volvió cada vez más agitada. Parecía que realmente iba a morir asfixiada. La frágil mujer temblaba violentamente como una hoja. A este ritmo, sentía que realmente moriría.
Al ver aquello, el corazón de Herdin dio un vuelco.
Si aquello fuera una actuación, la mujer debería ser una actriz profesional, y no una aburrida duquesa.
Herdin se separó de la ventana y le ordenó al hipnotizador:
—Ya casi estamos llegando a la meta. Debemos superar este muro para despertar los recuerdos enterrados en el subconsciente.
El hipnotizador, absorto en su técnica, ignoró la orden de Herdin y siguió acosando a Blair.
—Vamos, abre la puerta. Tienes que abrir la puerta y salir para poder sobrevivir. Rápido—
Herdin agarró al hipnotizador por el cuello de la camisa y lo levantó.
—¡Basta, despiértala ahora mismo!
Al encontrarse con la mirada asesina de Herdin, el hipnotizador se congeló, dándose cuenta finalmente de que había provocado su ira.
—L-lo siento mucho, Excelencia.
Herdin lo soltó como si lo arrojara y se acercó a Blair.
—Despierta, Blair.
Sostuvo y levantó a Blair, quien aún jadeaba como si le faltara el aire.
Entonces, Blair, que sollozaba y se retorcía de dolor, abrió los ojos de golpe. Al mismo tiempo, las lágrimas acumuladas en sus párpados rodaron por sus mejillas.
Sin embargo, incluso después de despertar de la hipnosis, seguía sin poder respirar, como alguien atrapado en medio de un incendio. Sus pupilas, aunque estaban abiertas, carecían de foco.
Herdin acarició la espalda de la mujer, que temblaba como si estuviera sufriendo un ataque, y susurró suavemente:
—Respira. Lentamente.
Siguiendo el ritmo pausado de su mano acariciando su espalda, la respiración de Blair comenzó a estabilizarse. Sus ojos perdidos recuperaron gradualmente el brillo con cada parpadeo.
Finalmente, cuando su reflejo quedó plenamente plasmado en aquellas pupilas púrpuras empañadas, Herdin dejó escapar un leve suspiro.
Dejando atrás al aterrorizado hipnotizador, llevó a Blair en brazos hasta su dormitorio.
Tras sentar a Blair en la cama, Herdin la examinó una vez más, verificando si su imagen estaba reflejada en esos ojos.
Una vez confirmado, se puso de pie.
Cuando estaba a punto de darse la vuelta, una voz débil y urgente lo detuvo.
—Hace un momento, en el recuerdo, escuché una voz vagamente. Alguien hablaba fuera del armario. El sonido era muy bajo, así que no pude oír qué decía, pero…
Herdin, que la miró un momento preguntándose de qué hablaba justo después de recobrar la conciencia, soltó una risa irónica.
La mujer estaba hablando sobre el recuerdo que había visto mediante la hipnosis.
A pesar de que, por querer escapar de aquel recuerdo, terminó eligiendo morir dentro del armario.
—Tal vez en la próxima sesión de hipnosis… pueda salir del armario. La voz que escuché hoy es una voz que no había oído hasta ahora.
Una súbita chispa de ira surgió en él ante aquella voz pausada que hablaba del futuro.
Hace un momento lloraba como si fuera a morir y jadeaba por aire. Resultaba increíble que, con los ojos aún rojos y las lágrimas sin secar, lo primero que sacara a colación fuera ese tema.
—¿Cree que eso es lo importante ahora?
Era una voz que reprimía las emociones al máximo, pero la frialdad en sus ojos era evidente.
Entonces, ¿qué era lo más importante?
Blair parpadeó, confundida ante la reacción airada de él.
—El propósito de llamar al hipnotizador era despertar los recuerdos.
Blair reflexionó por un momento sobre la razón de su enojo y pronto llegó a una conclusión.
Pensó que él estaba molesto porque, justo cuando estaban cerca de acceder a la verdad de aquel día, ella no pudo resistir y despertó.
—La próxima vez intentaré aguantar un poco más. No habrá problemas con el contrato, así que no se preocupe demasiado.
Habló con calma, pero sus pequeñas manos apoyadas sobre la manta aún temblaban. Tanto que él podía verlo.