Capítulo 4
4. ¿Fuiste tú quien me mató?
04.09.2023.
A través de la ventana del carruaje en movimiento, se divisaba el Palacio de la Princesa.
Ruth Fenrir, el ayudante de Herdin, comenzó a refunfuñar mientras observaba la edificación con ojos desaprobatorios.
—Su Majestad el Emperador es realmente descarado. ¿Cómo puede siquiera mencionar el matrimonio? Se bebió una copa de celebración cuando la fortuna de Delmarck decayó.
Hace diez años.
Tras perder a sus padres y luego a su tía, la Emperatriz, el joven Herdin quedó solo. La familia ducal de Delmarck era entonces tan precaria como una vela frente al viento.
Sin embargo, cuando Herdin alcanzó méritos extraordinarios en la guerra y fue venerado como un héroe, el emperador Ivan le propuso el matrimonio con su hermana.
Era una propuesta con la intención evidente de absorber sutilmente el prestigio de Herdin.
—Gracias a eso, Su Alteza la Princesa se ha sacado la lotería. Ha obtenido al soltero más codiciado del Imperio como esposo sin mover un dedo.
Ruth no tenía una buena opinión de Blair, con quien nunca había mantenido una conversación formal.
Si la princesa tenía una madre y un hermano así, era fácil imaginar cómo sería; seguramente eran tal para cual.
—Por eso se lo dije. Debería haber buscado a una dama adecuada y haberse casado cuanto antes.
Pero a diferencia de un irritado Ruth, Herdin permanecía en silencio, como si no sintiera emoción alguna ante la situación.
Esa actitud enfurecía aún más a Ruth.
—¿Acaso Su Excelencia no está molesto?
Ante la vehemencia de Ruth, Herdin, que había permanecido callado con los brazos cruzados, lo interrumpió llamándolo por su nombre.
Su mirada seguía fija en el exterior.
Al mismo tiempo, el carruaje en el que viajaban cruzó la puerta principal del Palacio de la Princesa.
—A partir de aquí, es el Palacio de la Princesa.
Era una voz desprovista de cualquier emoción, pero Ruth, que comprendía el significado implícito de esas palabras, calló.
Poco después, el carruaje se detuvo.
El mayordomo del palacio, que los esperaba, los guio hacia la sala de recepción.
Herdin entró solo, dejando a Ruth fuera.
—Su Alteza la Princesa llegará pronto.
Cuando el mayordomo se retiró, Herdin quedó solo en la vacía sala de recepción.
Justo cuando tomó la taza de té que le trajo una sirvienta para humedecer su garganta, escuchó el sonido de la puerta abriéndose a sus espaldas. Herdin se levantó y se giró para saludar a la princesa con las formalidades debidas.
Por la puerta abierta, entró una belleza frágil de constitución pequeña.
Blair Sonnet von Ardel.
La dueña de este palacio y, a menos que ocurriera algún imprevisto, la mujer con la que se casaría.
La mujer frente a él era tan hermosa que parecía una muñeca convertida en persona.
Ciertamente era la hija de la Emperatriz Viuda, conocida por poseer una belleza capaz de derrumbar reinos, pero para Herdin, era una hermosura que no despertaba ninguna emoción.
No, más bien…
«Sería más apropiado decir que es un rostro horroroso que me hace rememorar el pasado».
Herdin ocultó una sonrisa torcida y besó el dorso de la mano de Blair.
—Saludos, Su Alteza la Princesa.
En ese instante, las misteriosas pupilas púrpuras de Blair se contrajeron por un momento.
Era una expresión que, a primera vista, parecía triste.
Sin embargo, cuando Herdin volvió a levantar la cabeza, la emoción que llenaba los ojos de Blair había desaparecido.
—Gracias por hacerse un tiempo a pesar de estar tan ocupado, Duque Delmarck.
Blair se sentó con naturalidad en el asiento de honor.
Siguiendo sus movimientos elegantes, su suave cabello platino y los encajes del vestido ondeaban ligeramente.
El silencio reinó entre los dos mientras se sentaban frente a frente. Ambos se limitaron a beber de sus tazas de té, sin mediar palabra.
Normalmente, en una relación distante donde las personas no se conocen bien, el de menor rango suele romper el hielo con charlas triviales sobre la vida cotidiana.
Pero Herdin no parecía tener intención de hacerlo.
Al final, quien habló primero fue Blair, quien lo miraba fijamente mientras acariciaba el borde de su taza.
—Hablaré sin rodeos.
Blair continuó hablando mientras dejaba la taza.
—El matrimonio propuesto por mi hermano no pienso rechazarlo.
Hasta ahí, era algo que Herdin ya había previsto. Por mucho que fuera ella, sería difícil rechazar la orden del emperador.
Pero lo que siguió fue algo que no esperaba en absoluto.
Ante la propuesta inesperada que surgió abruptamente de los labios de Blair, Herdin la miró con una luz de duda en sus ojos.
—Mantenga el matrimonio conmigo solo durante un año.
—Cuando pase un año, me divorciaré de usted alegando mi propia culpa. No cambiaré de opinión para rogarle al Duque, ni lo molestaré por razones como el amor o cuestiones similares.
El refinado ceño de Herdin se frunció.
«Un matrimonio por contrato de un año, ¿qué estará tramando exactamente?».
Como si hubiera leído sus pensamientos, Blair lanzó una propuesta que él jamás podría rechazar.
—El incendio del Palacio de la Emperatriz hace diez años.
Ante el inesperado tema que surgió de su boca, la mirada de Herdin se volvió gélida.
—Si acepta mi propuesta, cooperaré al máximo para que descubra la verdad de aquel día.
Una risa fría escapó de los labios de Herdin.
Después de haber permanecido callada durante diez largos años, ¿con qué descaro mencionaba ese asunto ahora?
Herdin aún recordaba vívidamente las emociones de hace una década.
Cuando la Emperatriz fue señalada como la culpable del incendio, Herdin envió numerosas cartas a Blair, la única testigo, para limpiar el nombre de su tía.
Sin embargo, no obtuvo respuesta.
La respuesta de ella llegó el día en que se celebró el juicio por el incidente del palacio.
Herdin, que no pudo entrar en la sala del tribunal por ser demasiado joven, escuchó la voz de Blair a través de la puerta entreabierta.
«No… no recuerdo nada».
Mentira.
Eso de que no recuerdas nada, ¿es todo una mentira? Al final, tú también te pusiste del lado de tu madre, ¿verdad?
El recuerdo de aquel día, incluso diez años después, permanecía en Herdin como un sentimiento profundo de traición y rencor.
«Pero no es una mala propuesta».
De todos modos, no podía rechazar la orden del emperador. O más bien, no tenía intención de rechazarla.
El emperador había accedido a permitir el aumento de las tropas del ducado bajo la condición de que él se convirtiera en miembro de la familia imperial.
Actualmente, las fuerzas de Delmarck se habían reducido a la mitad en comparación con la generación anterior.
En ese proceso, influyó mucho la opinión pública de que el ducado podría provocar una rebelión, usando como pretexto el delito de traición de la Emperatriz Esmeralda.
Aun así, poseían un ejército formidable comparado con otras familias, pero era insuficiente para vigilar la frontera norte y exterminar a las bestias mágicas.
Aunque Herdin fuera un gran héroe de guerra y un espadachín mágico, no podía detenerlo todo él solo.
Aun sabiendo que era una trampa del emperador, el aumento de tropas era una oferta que no podía rechazar.
Y ahora, además, podría desenterrar la verdad de aquel día.
No sabía cuáles eran las intenciones de la princesa al proponer un matrimonio por contrato, pero si podía usarla de alguna manera para descubrir la verdad y luego divorciarse limpiamente, no habría un final mejor.
Él miró a Blair por un momento y preguntó:
—¿Por qué desea un matrimonio así?
—Porque el matrimonio es la única forma legal en que una princesa puede salir del palacio imperial.
—Si es por esa razón, ¿no sería mejor casarse con alguien que la aprecie y la ame, Alteza?
Por mucho que fuera de la realeza, la vida de una mujer divorciada no sería sencilla.
Habría muchísimas personas dispuestas a apreciar y amar a la hermana del emperador y la hija de la Emperatriz Viuda. Si no estaba satisfecha, podría elegir directamente a la persona que quisiera.
Herdin no comprendía la intención de Blair al elegirlo a él, teniendo tantas opciones.
Debería haber alternativas mucho mejores que un matrimonio con un final ya previsto y con alguien que es su rival político.
Blair no respondió de inmediato y miró fijamente a Herdin.
Cada vez que sus brillantes pupilas púrpuras, que reflejaban su imagen, parpadeaban lentamente, cruzaban emociones extrañas.
Eran ojos que parecían tristes y, al mismo tiempo, que resentían que él hiciera tal pregunta.
—No creo en esas cosas.
—Prefiero una relación donde el inicio y el final sean claros, en lugar de una que hable de una eternidad ilusoria. Una relación donde pueda obtener exactamente lo que doy.
Blair habló con firmeza mientras observaba al hombre frente a ella.
Hubo un tiempo en que ella también, como muchas otras damas, se había sentido emocionada por la mirada de aquel hombre tan arrogante. Hubo un tiempo en que creyó en el amor y la eternidad.
Ahora, eso solo era tiempo pasado.
—Pensé que el Duque sería capaz de hacer eso.
Herdin no apartó la vista del rostro de Blair mientras ella hablaba. Sobre el rostro blanco de ella, se superpuso la imagen de la joven Blair del pasado.
«Cuando sea adulta, quiero salir del palacio imperial. ¡Dejaré la capital y viajaré por el mundo ancho!».
Al recordar ese rostro, su estado de ánimo se torció, pero Herdin respondió con gusto.
—Acepto esa propuesta.
—Si no tiene nada más que decir, me retiraré ahora.
Herdin consultó el reloj y, tan pronto como recibió el permiso de Blair, se levantó de su asiento.
Mientras observaba su espalda desapareciendo tras la puerta, en los ojos de Blair se reveló el rencor que había estado ocultando hacia él.
Hay una pregunta que no pudo hacer.
Una pregunta para la cual no puede obtener respuesta del hombre que es ahora.
Herdin.
¿Fuiste tú quien me mató?
Los preparativos de la boda avanzaron rápidamente.
Así el tiempo voló y, antes de que se dieran cuenta, llegó la víspera de la ceremonia.
Blair visitó el cementerio del palacio imperial.
[Esmeralda Delmarck]
En la lápida frente a ella estaba escrito el nombre de la anterior Emperatriz.
Su padre le había arrebatado el título de Emperatriz y el apellido imperial, pero en un acto de misericordia, le permitió ser enterrada en el cementerio del palacio.
No sabía si era realmente misericordia que su honor fuera pisoteado y que, además, no pudiera regresar a su tierra natal para ser enterrada allí.
Blair dejó una flor, que había cortado en el invernadero y envuelto cuidadosamente en papel, al pie de la lápida.
Katrina no veía con buenos ojos que Blair viniera a este lugar.
Desde su perspectiva, no bastaba con que fuera su rival política, sino que además visitaba la tumba de la mujer que intentó matar a su hija; era comprensible que se sintiera así.
Sin embargo, a Blair le resultaba difícil creer ese hecho.
Si aquel abrazo cálido que la acogía cuando ella siempre quedaba en segundo plano frente a su hermano Ivan hubiera sido una mentira, llegaría a darle miedo.
Cuando era niña, no se esforzó por recuperar sus recuerdos.
Simplemente tenía miedo.
Porque sin importar cuál fuera la verdad, perdería a una madre.
Pero aquel día, años después del incidente, cuando se encontró con Herdin en un banquete.
Blair decidió enfrentar la verdad que había evadido.
Para ello, trajo a un hipnotizador al Palacio de la Princesa y se sometió a hipnosis, pero el resultado fue contraproducente y terminó dañando su salud.
Luego, tras casarse con Herdin y enamorarse de él, volvió a sepultar esos recuerdos.
Tenía miedo de perderlo, sin importar cuál fuera la verdad oculta.
Sin embargo, cuando descubrió que la persona que amaba, en realidad, había odiado su indiferencia durante muchos años.
Cuando se dio cuenta de que él había fingido amor para desenterrar la verdad de ella.
Aun sabiendo que el amor de él era falso, Blair quería darle todo lo que él deseara. Quería aferrarse al amor de él, aunque fuera de esa manera.
Intentó recuperar sus recuerdos tardíamente, pero lo que obtuvo fue…
—Ja, ¿acaso ahora siente remordimientos después de haber ignorado todo durante diez años?
—No haga nada más. Solo, quédese quieta. Tal como lo ha hecho hasta ahora.
Ante la mirada fría de él, Blair se derrumbó por completo.
Si el crimen de Esmeralda fue una calumnia, Herdin despreciaría aún más su indiferencia; y si fuera cierto, no habría forma de que él la amara.
Por eso, Blair abandonó todo rastro de los recuerdos de aquel día. Tal como deseaba su amado esposo.
Así, en su vida pasada, fue un recuerdo que renunció a recuperar.
«Pero nada cambiará si solo sigo evadiendo. En esta vida, enfrentaré la verdad y seguiré adelante».
Sin importar cuál fuera la verdad en los recuerdos sepultados.
Mientras Blair organizaba sus planes futuros en su cabeza, escuchó unos pasos apresurados detrás de ella.