Capítulo 73
Fuera del armario
La mujer se sacó el cigarrillo de la boca y estalló en ira.
—Maldita sea… ¿A dónde se fue la princesa?
—¿Qué haces ahí parado admirando cosas como un idiota? ¡Es por tu culpa, imbécil!
—Ah, ya la encontraremos. ¿Qué tan lejos puede haber llegado una mujer tan pequeña? Además, está herida de la cabeza.
—¡No digas esas estupideces con tanta tranquilidad hasta que la hayas encontrado!
La mujer arrojó el cigarrillo a cualquier lado, propinó un golpe en la espalda al hombre y salió corriendo de la habitación. El hombre la siguió inmediatamente, soltando maldiciones.
En el lugar donde ambos desaparecieron ruidosamente, quedó el viento gélido del bosque que se filtraba por el ventanal.
Esa corriente alcanzó la brasa del cigarrillo que la mujer había arrojado descuidadamente cerca del cenicero sobre la mesa. La brasa, avivada por el viento, prendió el mantel.
Entonces, la pequeña chispa creció rápidamente, consumió el tejido y comenzó a arder con fuerza, devorando ahora la mesa y el sofá contiguo.
Como si se burlara de las voces del hombre y la mujer que resonaban en el bosque cercano.
El demonio del fuego, que se expandió velozmente, incineró los muebles de madera y generó humo.
Ese humo llenó la habitación volviéndola borrosa y se filtró en el armario situado en la esquina.
Bleier, quien se ocultaba allí.
Bleier frunció el ceño al percibir el olor acre y característico de algo quemándose.
Al principio pensó que sería producto de su imaginación, ya que se encontraba dentro del armario como aquel día del incendio, pero…
Sus pulmones, al inhalar el humo, soltaron una tos instintiva. Sus ojos y garganta empezaron a escocer rápidamente. Además, ahora podía sentir el calor.
No era su imaginación.
Tan solo pensar que había un incendio enorme cerca provocó que una sensación de terror extremo la invadiera, haciendo que su corazón latiera aceleradamente y su respiración se volviera agitada.
«Tengo que salir rápido».
Bleier retorció su cuerpo para intentar abandonar el armario.
En ese instante, junto con un dolor punzante en la cabeza, surgió un recuerdo borroso.
Aquella escena dentro del armario que había visto en las sesiones de hipnosis que intentó varias veces a lo largo de su vida pasada y la actual, pero de la cual nunca logró escapar.
«No, reacciona. Por favor…».
Bleier intentó no dejarse dominar por el miedo, pero su cuerpo y su mente no respondían a su voluntad. Ya no podía distinguir si su respiración, cada vez más agitada, se debía al humo o al trauma.
Fue entonces cuando su conciencia comenzaba a desvanecerse debido a la dificultad para respirar.
«Debes cerrar y abrir los ojos».
La voz de Herdin, que había escuchado alguna vez, resonó en sus oídos como una alucinación.
En medio de su conciencia aturdida, Bleier parpadeó lentamente, siguiendo instintivamente aquella voz.
«Respira lento también».
Guiada por la voz que siguió, inhaló y exhaló lentamente.
Tal como había practicado con él cada noche.
Siguiendo esas palabras, el terror disminuyó gradualmente y su respiración regresó a la normalidad.
Aunque sus manos temblaban al pensar en el fuego que seguramente la aguardaba tras la puerta, no podía quedarse encerrada allí para siempre.
Había llegado el momento de salir del armario.
Bleier recuperó el aliento con dificultad entre el humo acre y enderezó su postura. Entonces, pateó la puerta del armario.
La puerta se abrió y el humo acre que llenaba la habitación envolvió a Bleier. Era un humo tan denso que su visión se nubló instantáneamente y sintió que se asfixiaba.
Al abrir los ojos que había apretado con fuerza, contempló el panorama de la habitación totalmente envuelta en llamas.
Extrañamente, a pesar de que todo a su alrededor era un mar de fuego y de que el terror que amenazaba con consumirla seguía surgiendo, se sentía liberada, como si un peso se hubiera quitado de su pecho.
Como si hubiera roto unos grilletes que llevó puestos durante muchísimo tiempo.
Mientras observaba al demonio del fuego que ardía ferozmente como si quisiera devorarlo todo, Bleier cerró los ojos lentamente y luego los abrió inhalando aire.
El terror que volvía a subir para estrangularla disminuyó un nivel más.
Fue justo cuando Bleier levantó su pesado cuerpo para salir del armario.
Esta vez, apareció un dolor de cabeza mucho más fuerte que el anterior. Era un dolor tal que, por un momento, su visión se volvió borrosa.
En ese instante, en la visión de Bleier, quien soltaba jadeos dolorosos, empezaron a superponerse recuerdos de algún momento pasado.
Un fuego enorme que ardía con un brillo cegador, el humo que llenaba la habitación y…
Un candelabro manchado de sangre en su mano.
Mientras Bleier permanecía paralizada y temblando, sorprendida por el recuerdo que regresó repentinamente.
La puerta de la habitación se abrió y Herdin entró abruptamente.
Bleier lo miró atónita mientras él se acercaba a ella atravesando las llamas.
En medio de aquel caos envuelto en fuego, sus ojos, similares a lagos de hielo, se parecían a los de Esmeralda en sus recuerdos.
«Juguemos al escondite. No debes salir bajo ningún concepto hasta que yo te diga que salgas, Bleier».
Los recuerdos se desbordaron como si se hubiera roto un dique.
Los recuerdos de aquel día que había perdido.
Bleier, incapaz de soportar la inundación de recuerdos que la embargaba, se desplomó en el acto.
Bleier, que estaba dormida, sintió que su cuerpo flotaba en el aire y abrió sus pesados ojos. Lo primero que vio fue a Esmeralda.
—¿Hwanghu Pyeha?
Al escuchar la voz de Bleier, Esmeralda se tensó. Su expresión parecía asustada a primera vista, pero no se veía bien debido a los objetos que obstruían su visión.
La niña, que aún no despertaba del todo, se dio cuenta un momento después de que lo que obstruía su visión era ropa y que se encontraba dentro de un armario.
Bleier preguntó frotándose los párpados pesados.
—¿Por qué entramos en el armario?
—Bleier, juguemos al escondite.
—Sí. No debes salir bajo ningún concepto hasta que yo te diga que salgas. No importa qué escuches, no importa qué pase, jamás. ¿Entendido?
Esmeralda insistió en ello mientras miraba repetidamente hacia el exterior del armario.
Bleier encontró extraño que le propusieran jugar al escondite de repente tras haber despertado, así como el aura inusual de Esmeralda, pero como no podía resistir el sueño que la invadía, asintió en silencio.
Más allá de sus párpados que caían pesadamente, pudo ver a Esmeralda esbozando una sonrisa que, por alguna razón, parecía triste.
«¿Qué ha entristecido a su Majestad?».
En circunstancias normales, le habría preguntado eso y la habría abrazado. Tal como Esmeralda siempre hacía con ella.
«Cuando despierte, se lo preguntaré sin falta. La abrazaré…».
Sin embargo, Bleier no pudo vencer el sueño que la arrastraba y se quedó dormida.
¿Cuánto tiempo habrá pasado desde entonces?
¡Clang!
Ante el sonido agudo de objetos cayendo y chocando contra el suelo, Bleier, que dormía, abrió los ojos de golpe, sorprendida.
«¿Qué es ese ruido?».
Además, el olor.
Un olor a quemado traspasó su nariz y penetró hasta lo más profundo de sus pulmones.
Su instinto le advertía que la muerte estaba cerca.
Bleier contuvo la respiración en silencio y observó el exterior a través de la rendija de la puerta del armario.
En la habitación había alguien vestido con uniforme de sirvienta. Como estaba de perfil, no se veía bien su rostro. Y frente a ella…
«¿Hwanghu Pyeha?».
Esmeralda estaba tendida. Pero no parecía estar dormida.
La Esmeralda que Bleier conocía era la persona más hermosa, elegante y distinguida del mundo. No había forma de que alguien así se tumbara en el suelo a dormir simplemente por tener sueño.
«¿Qué está haciendo?».
La visión a través de la estrecha rendija tenía un límite. No se veía con claridad qué estaba haciendo la sirvienta con la inconsciente Esmeralda. Bleier se acercó un poco más a la rendija y movió los ojos.
En ese instante, Bleier presenció una escena increíble.
La sirvienta estaba envolviendo una tela alrededor del cuello de Esmeralda para atarla al techo.
Incluso la pequeña princesa, que había crecido sin conocer el lado oscuro del mundo, se dio cuenta de lo que la sirvienta intentaba hacerle a Esmeralda.
La sirvienta intentaba matar a Esmeralda.
No era algo aprendido, sino un miedo a la muerte que poseía como un instinto desde el nacimiento.
Al presenciar aquella escena, las pupilas de Bleier temblaron violentamente. Las lágrimas brotaron sin que tuviera tiempo de procesarlo debido al terror abrumador.
Aunque no sabía por qué estaba ocurriendo esta situación, una cosa estaba clara.
Tenía que salvar a Esmeralda.
¿Qué puedo hacer si salgo ahora? ¿Podré vencer a esa sirvienta? ¿Y si no logro salvar a Hwanghu Pyeha y yo también muero…?
El humo empezó a llenar el espacio, asfixiándola. Bleier temblaba por todo el cuerpo mientras reprimía la tos que amenazaba con brotar.
Desearía que todo esto fuera un sueño.
Que fuera una visión nocturna que desaparecería al abrir los ojos aterrada, llorar y refugiarse en los brazos de Esmeralda, sintiendo el calor de sus manos. Desearía que alguien la rescatara de esta pesadilla…
Pero ahora tenía que aceptar una realidad cruel que no desaparecía por mucho que sacudiera la cabeza o llorara.
«Nadie puede salvarme».
Ahora, la única persona que puede salvarme soy yo misma.
Bleier apretó con fuerza sus manos temblorosas. Se limpió bruscamente las lágrimas y volvió a observar el exterior del armario.
La sirvienta, subida sobre la mesa de centro, tenía dificultades para terminar de colgar a Esmeralda.
Bleier desvió instintivamente la mirada de aquella escena espantosa y descubrió un candelabro entre los objetos que yacían tirados cerca del armario. El candelabro puntiagudo brillaba reflejando una luz rojiza.
Al descubrirlo, el corazón de Bleier empezó a latir con fuerza.
Solo hay una oportunidad.
Bleier abrió ligeramente el armario y se acercó al candelabro que estaba cerca.
Afortunadamente, la sirvienta parecía estar tan absorta en atar a Esmeralda que no se dio cuenta. Sentía que su corazón latía tan fuerte que iba a saltar de su pecho.
Bleier logró acercarse sigilosamente y agarrar el candelabro. A partir de ahí, no hubo vacilación ni tiempo para dudar.
Bleier apretó el candelabro con fuerza. Luego, corrió y lo blandió hacia las piernas de la sirvienta.
El golpe de la niña no causó una herida grave. Pero su sola aparición fue suficiente para sorprender a la sirvienta.
La sirvienta, que perdió el equilibrio por el ataque de Bleier, cayó debajo de la mesa. En ese instante, Bleier finalmente pudo verlo.
El rostro del culpable que había dañado a Esmeralda.