Capítulo 77
77. La forma de protegerte
2023.11.16.
El carruaje de la familia del duque Delmarque llegó a la residencia del conde Essel, la mansión donde se celebraba el banquete de hoy.
Herdin observó en silencio a Bleier, quien contemplaba con curiosidad los carruajes que ingresaban uno tras otro, y la llamó.
—Dígame inmediatamente si empieza a sentirse mal. No se lo guarde.
—Se lo repito, el objetivo del banquete de hoy es demostrar que usted se encuentra bien; que es como si nunca hubiera sido secuestrada. Por lo tanto, de nada sirve que resista hasta desmayarse.
Herdin se lo advirtió con firmeza.
Sabía que su esposa poseía un lado terco y que, aun si no se sentía bien, seguramente resistiría con uñas y dientes.
Bleier asintió y respondió brevemente, indicando que había comprendido sus palabras.
Al menos es diligente al responder.
Herdin soltó una pequeña risa mientras la miraba.
Desconocía el estado exacto de su salud, pero, quizás por haber salido después de mucho tiempo, parecía estar de buen humor. Al menos por la forma en que sus ojos brillaban.
Solo con eso, sintió que había tomado la decisión correcta al asistir al banquete.
Finalmente, el carruaje se detuvo frente a la mansión del conde.
Al bajar y entrar en la residencia, el conde Essel y su esposa, que recibían a los invitados, los divisaron y se acercaron rápidamente.
—¡Han venido, ambos!
—Gracias por hacernos el honor de visitarnos.
Al ser una de las familias vasallas de Delmark, los recibieron con más entusiasmo que a cualquier otro invitado.
Tras saludar al conde Essel y su esposa, ambos se integraron naturalmente en el banquete, intercambiando saludos con los nobles congregados.
Bleier se dirigió hacia las damas y las jóvenes nobles, mientras que Herdin se situó entre los caballeros.
Cuando Herdin se alejó del lado de Bleier, una de las damas se infiltró en el grupo.
Bleier reconoció su rostro al instante.
La vizcondesa Perteu.
Era una de las nobles que deseaba ganarse el favor de Katarina.
Ella observó la reacción de Bleier y sacó el tema con sutileza.
—Por cierto, duquesa, parece que ha adelgazado desde la última vez que la vi. ¿Ha sucedido algo?
Aunque fingía preocupación, era una pregunta destinada a sondearla discretamente.
Bleier le devolvió una sonrisa radiante.
—No me sentía muy bien. Gracias a su preocupación, ahora estoy mucho mejor.
—Ah, ya veo. El duque deberá cuidar mucho de usted, duquesa. Quizás recetarle algún medicamento que sea beneficioso para la salud.
—Es cierto. Que la nueva novia esté enferma es algo inaceptable.
Algunas damas se unieron a la conversación de la vizcondesa Perteu, y el primer intento de sondeo pasó sin llamar la atención.
Sin embargo, ella no se detuvo ahí y lanzó un segundo tema.
—Ah, por cierto. ¿Se enteraron de la noticia? Dicen que recientemente una de las villas en las afueras de la capital sufrió un gran incendio.
—Hace unos días me preguntaba de dónde venía aquel humo, así que era allí.
Cuando algunas damas mostraron interés, la vizcondesa Perteu dirigió la pregunta también a Bleier, quien no había reaccionado.
—El paisaje boscoso de esa villa era realmente hermoso, es una lástima. ¿Usted también escuchó la noticia, duquesa?
—Probablemente haya más personas que no lo sepan. Esa villa está en las afueras de la capital, así que si uno no acude deliberadamente, no suele enterarse. ¿Cómo lo sabe usted, vizcondesa?
Al evadir hábilmente la pregunta y señalar el punto débil, la expresión de la vizcondesa Perteu se distorsionó por la sorpresa.
La mayoría de las villas en esa zona eran utilizadas por los nobles para sus encuentros secretos. Saber de su existencia era prácticamente admitir que uno disfrutaba de tales citas.
La vizcondesa Perteu cubrió su expresión endurecida con el abanico y forzó una sonrisa.
—Es que… justo ese día tenía que pasar por allí y lo vi por casualidad.
El lugar donde estaba la villa era una zona de bosques y llanuras, situada en la dirección opuesta al territorio de la vizcondesa Perteu.
Esto significaba que era imposible que ella pasara por allí fortuitamente.
Sin embargo, Bleier decidió no señalarlo.
Pensó que, tras intentar sondearla dos veces y haber sido expuesta una vez, no lo intentaría una tercera. Además, si señalaba otro error, probablemente solo generaría resentimiento.
«No hay necesidad de crear enemigos innecesariamente».
Las damas, que ignoraban la guerra psicológica entre Bleier y la vizcondesa Perteu, cambiaron rápidamente de tema.
La atmósfera de la conversación social ordinaria, basada en noticias recientes y saludos, cambió cuando llegó la sirvienta de la vizcondesa Perteu.
—Parece que hay algo importante que discutir. Con permiso.
La vizcondesa Perteu se retiró de la conversación para escuchar el susurro de la sirvienta. Mientras lo hacía, su mirada se dirigía hacia Bleier.
Justo cuando Bleier sentía un presentimiento inquietante ante esa extraña mirada, Ruth se acercó a Herdin, quien conversaba con otros nobles.
—Excelencia. Tengo algo urgente que decirle.
Que Ruth interrumpiera un banquete significaba que se trataba de un asunto verdaderamente apremiante.
Herdin abandonó la conversación de inmediato.
—¿Qué sucede?
—Ahora mismo están circulando rumores desagradables.
—¿Qué rumores?
Ruth se cubrió la boca con la mano y habló en voz muy baja, para que solo Herdin pudiera oírla. Al escuchar aquellas palabras, la expresión de Herdin se endureció gradualmente.
Sus ojos, que se habían vuelto gélidos, buscaron a Bleier en el salón. Su esposa estaba en un sector del recinto conversando con las damas.
Para cumplir con su responsabilidad.
Forzando una sonrisa entre personas desagradables y en un lugar donde no deseaba estar.
Esa imagen se superpuso a la de él en el pasado.
A aquel entonces en que, por el prestigio de su familia y por Esmeralda, tuvo que soportar los susurros de los nobles fingiendo no escucharlos.
Herdin se acercó apresuradamente hacia Bleier. En ese instante, se escuchó la voz de la vizcondesa Perteu.
—Duquesa, es una pregunta muy delicada, pero… ¿qué opina usted sobre el incendio del palacio de la emperatriz de hace diez años? Después de todo, usted es la única sobreviviente de aquel incidente.
Las pupilas de Bleier temblaron ante la pregunta inesperada. La vizcondesa Perteu no dejó pasar la oportunidad y continuó hablando con una sonrisa.
—Es que, bueno, ahora circulan rumores extraños. Dicen que usted y el duque sospechan que Su Majestad la Emperatriz estuvo detrás del incidente de hace diez años.
Las sonrisas desaparecieron de los rostros de las damas y jóvenes nobles que observaban a las dos con expresión atónita.
El tema que la vizcondesa Perteu había mencionado era algo que la sociedad consideraba un tabú implícito.
—He oído que dicen que tampoco pueden revelar que la familia imperial está detrás de este reciente secuestro, pero eso no es cierto, ¿verdad?
Una de las damas del bando del emperador intervino para mediar en la atmósfera mientras observaba la reacción de ambas.
—¿C-cómo podría ser eso? Su Majestad la Emperatriz apreciaba mucho a la duquesa. No creo que sospeche de su propia madre.
Sin embargo, tanto las damas del bando del emperador como las esposas de las familias vasallas de Delmark aguardaban la respuesta de Bleier.
Mientras Bleier solo podía mover los labios bajo la presión de innumerables miradas que esperaban su respuesta, una mano grande envolvió sus hombros.
Acto seguido, una voz familiar resonó en su oído.
—Lamento interrumpir la conversación, pero como la salud de mi esposa apenas se ha recuperado, debemos retirarnos ya.
Sus palabras pedían comprensión, pero su mirada hacia los presentes era tan feroz que parecía capaz de matar a cualquiera.
Herdin sacó a Bleier del salón de inmediato. Bleier, que era arrastrada sin fuerzas, recobró el sentido y lo llamó.
Pero él no detuvo su paso. Bleier, jadeando, lo tomó de la mano.
—Herdin, nosotros… hablemos un momento.
Solo entonces Herdin se detuvo, aunque no soltó la mano que ella sostenía.
Bleier dijo mientras recuperaba el aliento:
—Si nos vamos así, todos pensarán que es extraño. Si volvemos—
—Si volvemos, ¿qué piensa decir?
La expresión con la que él se giró era tan gélida que Bleier retrocedió por un instante.
Herdin se burló al ver a Bleier mirándolo con ojos asustados.
—¿Va a admitir que esos rumores son ciertos? ¿O va a decir que todo es mentira?
—¿Cree que lo que ellos quieren es la verdad?
—No. Estarán ansiosos por despedazarla digan lo que digan. O estarán calculando a qué bando unirse.
—Pero… huir de esta manera es extraño.
Eso fue lo único que dijo Bleier tras dudar un largo rato. Que no quería huir.
Ante eso, Herdin soltó una risa sarcástica.
—Así que quiere volver allí por su propia cuenta para soportar todo tipo de especulaciones e insultos.
Y quiere que yo me quede mirando cómo lo hace.
Para él, aquel recuerdo ya no era una herida, ni siquiera una cicatriz, pero esta mujer frágil no podría soportarlo. No tenía la menor intención de lanzarla como presa a esos lobos.
—No seas tercamente inútil, Bleier.
—Eso no es sentido de la responsabilidad, es estupidez.
Ante sus palabras, que cayeron como dagas, la expresión de Bleier se distorsionó como si fuera a llorar. Sus labios apretados temblaban lastimosamente.
Sabía que sus palabras la herirían. Pero prefería ser él quien la derrumbara antes que verla desmoronarse por las heridas causadas por otros.
Con que fuera él quien la hiciera sufrir era suficiente.
Herdin observó en silencio a Bleier, soltó un suspiro bajo y la levantó en sus brazos. El pequeño cuerpo fue alzado sin resistencia, como si se hubiera resignado.