Capítulo 78
78. Una forma de cerrar la boca
17.11.2023.
—¿Por qué demonios ha hecho esto?
Fueron las primeras palabras que Ivan pronunció al visitar el palacio de Taehwanghu tras enterarse de los problemáticos rumores.
La mano de Katarina, que sostenía la taza de té, se detuvo bruscamente.
—Si se hubiera quedado quieta, yo me habría convertido en emperador de todos modos y usted habría sido la mujer más noble del imperio. Entonces, ¿por qué?
—¿Tanto ansiaba el puesto de emperatriz?
Su actitud era tajante, como si no hiciera falta siquiera escucharla, dando por sentado que Katarina era la responsable de aquel incidente.
Si hubiera sido cualquier otra persona, ella le habría arrojado el té a la cara. Se habría enfurecido, gritando cómo se atrevía a despreciarla basándose en simples rumores.
Pero el interlocutor no era otro que Ivan.
El hijo al que más amaba en el mundo. Su orgulloso emperador.
El niño que debía creer en ella y apoyarla, incluso si el mundo entero la señalaba.
Y ahora, el único ser en quien podía confiar y la persona que debía protegerla.
Ese mismo hijo acababa de sospechar de ella sin previo aviso.
Katarina se mordió los labios, que temblaban levemente, antes de preguntar:
—… ¿De verdad crees esos rumores?
«Porque la madre que yo conozco es perfectamente capaz de hacer algo así». Ivan apenas logró tragarse las palabras que subían por su garganta.
Para él, aquello no eran rumores, sino un hecho consumado desde hacía mucho tiempo. Desde que ocurrió aquel incidente hace diez años.
No tenía ninguna duda de que su codiciosa madre finalmente había matado a Esmeralda.
Su madre era una persona que no descansaba hasta obtener cualquier cosa que codiciara, y siempre había ansiado el puesto de emperatriz.
Sin embargo, nunca había mencionado ese tema frente a nadie. Mantenerse en silencio le resultaba mucho más beneficioso.
Y pensar que aquello ahora se convertiría en un obstáculo para él.
—Yo no maté a esa mujer. De verdad.
Katarina apeló a su hijo con un tono de profunda injusticia, pero Ivan ni siquiera fingió escucharla y pasó a la siguiente pregunta.
—¿Por qué intentó matar a Bleier?
—¡Ivan! ¿Por qué demonios me ves así? Esa niña es mi hija y tu hermana. Jamás intenté matarla.
—Entonces, ¿está admitiendo que la secuestró?
—¡Es por esos malditos rumores! El prestigio de la familia imperial y mi propio honor están a punto de quedar por los suelos, madre.
—Pensé que las cosas se habían calmado después de aquello, pero… ja…
Katarina se quedó mirando fijamente a Ivan, incapaz de decir nada más.
Parecía que para su hijo, el prestigio imperial y su propio honor eran más importantes que el bienestar de su madre.
Ivan miró a Katarina, quien parecía herida, y habló con una voz un poco más suave.
—Dígame toda la verdad sin ocultarme nada. Solo así podré ayudarla.
A primera vista parecían palabras para consolarla, pero en realidad eran casi una orden.
Katarina sintió autocompasión por su situación.
Desde que se encontró con Ivan, había estado diciendo la verdad que él exigía.
Que ella no mató a esa mujer.
Que tampoco intentó matar a Bleier.
Pero no importaba cuánto lo dijera, él no escuchaba ni creía. ¿Tenía algún sentido la verdad?
—… Si te lo digo, ¿me creerás?
La expresión de Katarina al decir aquello estaba tristemente distorsionada.
Ivan tragó la irritación que surgió al verla así.
Su madre, que siempre se mostraba segura ante los demás, se comportaba de la manera más lamentable y miserable frente a él. Lo hacía sabiendo que eso ablandaba el corazón de su hijo.
Estar frente a ella lo hacía sentir como un hijo ingrato, y eso le dejaba un sabor amargo.
Ivan soltó un suspiro y se levantó de su asiento.
—No haga nada más. Yo me encargaré de solucionar este asunto.
Salió de la sala de estar como si estuviera huyendo de ella.
No importaba si las palabras de Katarina eran verdad o mentira. Para proteger la autoridad imperial y su propio honor, este rumor debía quedar, literalmente, en un rumor.
Sin embargo, los Delmarck, que habían reclamado la injusticia de Esmeralda durante toda su vida, seguramente verían esto como una oportunidad.
«¿Cómo puedo hacer para que cierren la boca?».
Mientras caminaba por el pasillo con pasos tan rápidos como su ansiedad, Ivan se detuvo repentinamente. Fue porque recordó la imagen de Herdin que había visto alguna vez.
—Antes de ser la señora de Delmarck, la señora es la única hermana de Su Majestad y un miembro de la familia imperial que hereda el noble linaje imperial.
Recordó la imagen de Herdin instando a que se impusieran castigos severos a Wesley y Rachel.
La mirada de Ivan se volvió extraña al evocar aquel recuerdo.
«No sé si Bleier tiene tanto valor para ese tipo».
Aun así, era una posibilidad que valía la pena intentar.
Ivan le ordenó al mayordomo que esperaba a su lado.
—Ve donde el duque Delmarck y dile que quiero verlo mañana por la tarde.
Los rumores extendidos por toda la capital habían inquietado incluso a los vasallos de Delmarck.
Poco después de que se difundieran los rumores, los ancianos de algunas de las familias más poderosas entre los vasallos de Delmarck visitaron la mansión del duque Delmarck sin previo aviso.
Incapaz de rechazar en la puerta a leales sirvientes que habían servido desde la generación de su abuelo, los recibió en la sala de estar. Sus primeras palabras fueron…
—Aproveche esta oportunidad para divorciarse de la princesa.
Era exactamente lo que Herdin había previsto.
—Desde el principio, ella no era una pareja adecuada para Su Excelencia. Permitir que la hija del enemigo que mató a la anterior emperatriz entrara como la señora de Delmarck…
—Es cierto. Fue algo absurdo desde el comienzo. ¿Cuánta amargura sentirá la emperatriz que yace enterrada?
Hablaban partiendo de la premisa de que la muerte de Esmeralda fue obra de Katarina. Ya era así incluso antes de este incidente, pero los rumores habían sido como echar gasolina al fuego.
Cuando el volumen de sus voces comenzó a subir, Ruth, que escuchaba en silencio al lado, intervino cautelosamente.
—Disculpen que interrumpa la conversación, pero hay una parte que me gustaría que todos supieran.
Entonces, los ancianos, pensando que el leal Ruth se convertiría en su aliado, lo incluyeron en la charla.
—Exacto, tú también di algo.
—Así es, como asistente, tienes derecho a opinar.
Ruth dudó un momento antes de continuar.
—Estoy de acuerdo con las palabras de ustedes cuatro, pero la señora tiene una opinión diferente a la de la gran emperatriz. Está esforzándose por recuperar los recuerdos del incendio del palacio de la emperatriz de hace diez años. Esto no es un rumor, es un hecho.
Aunque mentalmente estaba de acuerdo con ellos, no se sentía cómodo porque sentía que esas palabras revelaban hostilidad hacia Bleier.
Sin embargo, cuando Ruth, de quien pensaban que naturalmente estaría de su lado, expresó una opinión diferente, los ancianos chasquearon la lengua con descontento.
—¡Eso es lo que cualquier persona agradecida debería hacer! Ella fue alguien que incluso quiso con cariño a la hija de un rival político. Si vas a decir cosas así, mejor retírate.
—En cualquier caso, es una suerte que no sea más tarde. ¿Qué habría pasado si ya hubiera concebido la sangre de Delmarck?
Herdin soltó una risita al escuchar sus palabras.
«¿De verdad es una suerte?».
Se preguntó aquello mientras cortaba y encendía un cigarro. Escuchó que uno de los ancianos, con vías respiratorias débiles, tosía al inhalar el humo, pero no le importó.
Ruth observó discretamente la reacción de Herdin.
Herdin escuchaba sin detener a los ancianos que hablaban a su antojo, pero Ruth lo sabía por sus años de experiencia.
Cuando Herdin permanecía callado de esa manera, usualmente era porque estaba preparando un comentario fulminante.
—Excelencia, use este incidente como pretexto para solicitar el divorcio a Su Majestad. Y esta vez, traiga a una mujer casta y virtuosa como señora para restaurar el prestigio de Delmarck.
Herdin dejó pasar las palabras de los ancianos por un oído y se dio cuenta una vez más.
No había nadie que estuviera del lado de Bleier.
Los allegados a la familia imperial clamaban que ella, cegada por un hombre, calumniaba a su madre y a su hermano, y los vasallos de Delmarck estaban ansiosos por echar a la hija del enemigo.
Quienquiera que hubiera iniciado los rumores, lo hizo apuntando a Bleier de manera precisa y astuta.
Ya fuera estando del lado de la familia imperial o del lado de Delmarck, al final, ella estaba destinada a ser el blanco de todos los insultos.
Solo entonces se dio cuenta.
«Esperaba que una niña de apenas once años soportara algo así. Esperaba que luchara convirtiendo a todos en sus enemigos».
«Incluso ahora que tienes veintiún años, sigues siendo tan pequeña y débil».
Ahora comprendía que el odio hacia ella en su infancia no fue más que una terquedad suya.
Y también que ese odio era, en realidad, hacia sí mismo, aquel yo impotente que no podía hacer nada.
—¡Excelencia! ¿Nos está escuchando?
Sus reflexiones terminaron debido a la voz de los ancianos que irrumpió en sus pensamientos.
Herdin apagó el cigarro presionándolo y habló con una voz teñida de tedio.
—Entonces, lo que dicen es que use a mi esposa solo hasta que se resuelva la injusticia de la anterior emperatriz y luego la devuelva a la familia imperial, ¿no es así?
—Es que no podemos permitir que la hija del enemigo sea la señora de la casa.
—¿Y que el trato que reciba de su familia después no es asunto suyo, ya que sus nietas deben convertirse en la señora de Delmarck?
La voz de Herdin era extremadamente seca, pero sus palabras, que golpeaban el punto exacto con sarcasmo, eran afiladas.
—Ejhem, si difama nuestra lealtad de esa manera…
—La lealtad, no lo sé. Pero el amor por sus nietas lo tengo muy claro.
Herdin se levantó de su asiento con una expresión de evidente aburrimiento.
—Pueden retirarse. Tengan en cuenta que, si vuelven a venir sin previo aviso de esta manera, los dejaré esperando afuera.
Mientras los ancianos se quedaban boquiabiertos sin saber qué decir, Herdin se dio la vuelta y salió de la sala de estar. En ese momento, se encontró con Bleier, que pasaba por el pasillo.